En Vuelo de Noche -la ópera de Dallapiccola engendrada por el relato de Saint-Exupéry- reside un uso sumamente cantable de las voces, repleto de impulsos expresivos, manejados, por lo general, como un aflorar de cavilaciones cuyo carácter, a la vez meditativo y exaltado, se traduce en una noble sencillez dominante.
Esta obra lleva, así mismo, consigo una orquesta de gran riqueza y pronunciada nitidez, a modo de cauce para filamentos tramados con mano maestra. El compositor enhebra, mediante su habilidad arácnea, dichas conductas instrumentales, estableciendo una red de recursos, vínculos y procedimientos: organizándolos tanto delicada como reciamente, a fin de proveer al itinerario escénico de un basamento sólido, atrayente, fusionando movilidad a firmeza. Dallapiccola instaura así, como sibaritismo ascético, lo que Andres Porter (1928) define como “una firme congruencia entre proporciones musicales y teatrales”.
Lo he escrito antes: Vuelo de Noche… afirma la fe del músico en el hombre y lo confronta a esas fuerzas de lo desconocido que permanecen ante él como desafiante estímulo.
“Un lirismo tenso, de discreción y transparencia sorprendentes -situados en un contexto que, tanto anecdótica como musicalmente, no puede sino pertenecer al mundo actual- tipifica a esta obra.”
Como parte de una conversación que sostuvimos en Florencia en mayo de 1964, Dallapiccola comentó:
“Es perfectamente verosímil el que un hecho exterior -como es el que en Vol de Nuit de Saint-Exupéry se hablase de aeroplanos, y no hubiese parentesco con los temas centrales que formaban en aquel entonces el ‘sumum’ de las anécdotas o argumentos de ballets, óperas y oratorios- haya ejercido sobre mí cierta fascinación.
“Me anticipo a decir que no me sedujo la ‘actualidad’ de la trama, pues desde entonces sabía que nada envejece más rápido que aquello que es ‘actual’.
“Así pues, más que la atracción pasajera de la novedad, mi atención se centró en algunas de las figuras humanas de la obra, y, sobre todo, en la del radio-telegrafista, que en mi libreto me parecía asumir algunas de las funciones del mensajero en la Tragedia Griega y otras del Linceo de Goethe que, en el segundo ‘Fausto’, desde lo alto de su torre contempla todo lo que los demás no pueden ver.
“La figura del radio-telegrafista me permitió -en medio de una trama aparentemente realista- dar a los acontecimientos una dimensión lejana, transportándolos al espacio en el momento culminante de la ópera y transformar, así, un hecho de la realidad cotidiana en un mito… lo que me parece una de las aspiraciones más legítimas que puede tener quien hace una obra de teatro musical.
“En este sentido, he encontrado plena comprensión en el crítico del Times quien no hace mucho escribió: ‘…ya siendo aceptados los vuelos de noche como una cosa común y corriente, los experimentos espaciales del día de hoy han dado nueva validez al problema fundamental de esta ópera. Así, una vez más, Dallapiccola, al haber basado su libreto sobre la novela de Saint-Exupéry, ha mostrado ser capaz de encontrar una verdad universal en un hecho de la vida cotidiana.”








