Con un costo superior a 5 millones de pesos, el ayuntamiento de Guadalajara colocó sobre el camellón de la avenida Lázaro Cárdenas y la carretera al aeropuerto una serie de “esculturas” –que para el director de Administración del municipio, Francisco Ayón, son “mobiliario urbano”– alusivas a los Juegos Panamericanos que se celebran en la ciudad desde el 14 de octubre y concluirán el 30.
Varios escultores locales que habían presentado al ayuntamiento un proyecto más creativo y menos costoso manifestaron su inconformidad porque los hicieron a un lado y consideran que esas piezas, además de acartonadas y caras, no expresan identidad alguna ni se integran con armonía en el entorno urbano.
Dolores Ortiz Minique, escultora que ha participado en simposios de escultura en China, Venezuela y Argentina, entre otros países, explica la molestia de la comunidad artística:
“Desde que apareció la noticia en los periódicos locales acerca de la realización de una serie de esculturas en diferentes avenidas de nuestra ciudad, varios colegas y yo nos propusimos entrevistarnos con las autoridades municipales para saber lo relacionado con los contratos de estas obras y pedir información acerca de si se habían concursado.”
Después de reunirse varias veces con las autoridades, dice Ortiz Minique, sólo escucharon una serie de incongruencias sobre los costos, materiales, medidas y la cantidad de obras. Añade que hubo discusiones sobre si eran esculturas, mobiliario urbano o trabajos de pailería.
“Las obras, según nos informaron, no se concursaron, pues estaban etiquetadas en el mismo ‘paquete de mejoramiento urbano’ otorgado a una constructora. Yo no sabía que el arte se promovía en paquete junto a bancas, lámparas, jardinería, machuelos y remozamientos de camellones y banquetas”, señala Ortiz Minique.
La artista y académica del Departamento de Artes Visuales de la UdeG señala que con la información que les dio el municipio llegó a una conclusión: “Si la escultura pública se realiza con la intención de embellecer un espacio público y dar un mensaje reflexivo a la sociedad, para generar una filiación entre el arte y el ser humano por medio de un diálogo vigoroso, las mentadas ‘esculturas’, ‘mobiliarios urbanos’ o ‘trabajos de pailería’ están muy lejos de producir emociones.
”Yo diría que más bien son una triste representación de siluetas acartonadas, sin ningún carácter expresivo, sin movimiento, como correspondería a atletas en acción; y lo que es peor, sin la mínima identidad que pueda constituir una referencia que emane de nuestra cultura. En estas obras no hay una presencia simbólica que conmemore el importante hecho social de unos Juegos Panamericanos.”
Hace un año Ortiz Minique y otros escultores presentaron al ayuntamiento tapatío un proyecto para realizar un corredor escultórico como el de las Olimpiadas del 68 en la Ciudad de México. Sin embargo, además de no tomarlos en cuenta, el municipio encargó “una escenografía”, como la calificó el escultor David Agredano.
Francisco Ayón, quien fungió como suplente en Comisión de Adjudicación de Obra Pública, explicó a los medios de comunicación que se determinó que existiera mobiliario urbano en el camellón de la avenida Lázaro Cárdenas, y sostuvo que “Obras Públicas siempre nos hizo saber que era mobiliario urbano, porque el término de escultura yo lo entiendo como el trabajo de una persona en específico, como la creación de un arte”.
Prefieren “chocorroles”
Dolores Ortiz insiste en que, además de su pésima ubicación, “estas ‘piezas’ deberían de tener una diversidad expresiva y variada, representativa del arte urbano que se adapta a su entorno, generando su espacio y conviviendo en armonía con éste. La escultura pública debe generar y proyectar la intención de su discurso, pues lo peor que puede sucederle es que se convierta en más de lo mismo, como es el caso de ‘los repetidos archiveros de Lázaro Cárdenas’, como los calificó el maestro Estanislao Contreras”.
Para la entrevistada, las diferentes tendencias en arte público enriquecen el paisaje urbano “y se convierten en símbolos. La escultura pública hace ciudad y se convierte en referente”.
Por otra parte, los escultores Estanislao Contreras, Javier Malo, Ulises Sánchez, Clara Alcántara, Rubén Orozco, Dolores Ortiz, Agustín Alfaro y David Agredano recibieron el encargo del gobierno estatal, a través de la Secretaría de Cultura, de realizar obras que se colocaron en el parque Metropolitano, aunque originalmente les dijeron que se colocarían bajo el puente atirantado Jorge Matute Remus. Por estos trabajos recibieron sólo 20 mil pesos para el material.
Aparte de las referidas piezas, a las cuales las autoridades municipales insisten en llamar “mobiliario urbano”, los organizadores de los Juegos Panamericanos también colocaron por diversos rumbos de la ciudad enormes “rosas” de fibra de vidrio que fueron “intervenidas” (pintadas) por diversos artistas locales y de otras partes, mismas que representan a cada país que participa en los Panamericanos. Asimismo, se pintaron murales alusivos a distintos deportes.
Al respecto, Dolores Ortiz considera que “las rosas (que nuestras ingeniosas voces populares bautizaron como los ‘chocorroles’), los murales y las esculturas son un pobre testimonio cultural de una ciudad que tiene una comunidad de artistas de prestigio y gran potencial creativo. ¿Por qué no se les convocó y se les dio la oportunidad de mostrar su talento, incentivando su creatividad? Las obras ‘artísticas’ para los Panamericanos deberían de representar un potencial cultural que abone y no que reste a nuestro patrimonio”. l








