Cuando comenzó su aprendizaje de la natación sólo tenía dos años. Lo hizo en una modesta alberquita que estaba a unas cuadras de su casa, en Bosques de Aragón, municipio de Nezahualcóyotl. Ahí, Óscar Soto Carrillo, hoy campeón panamericano en pentatlón moderno, dio sus primeras brazadas.
A los 10 años, por recomendación de los entrenadores Óscar y César Pérez Cárdenas, emigró al Centro de Actividades Acuáticas de Alto Nivel (CAAAN), instalación del Instituto Mexicano del Seguro Social donde se han formado deportistas mexicanos como Fernando Platas. La natación dejó de ser un pasatiempo.
El pequeño Óscar nadaba pensando en convertirse en un atleta destacado, en ser seleccionado nacional y representar a México en competencias internacionales. Pero el cronómetro fue un espejo de la realidad.
“Siempre me quedé a centésimas de los nacionales. Llegaba a los regionales, estatales o torneos de nuevos valores, pero no a la selección. Yo era el más dedicado del equipo, el puntual, el disciplinado, porque así me educaron mis padres. Acudía a las competencias y no daba la marca. No lo podía aceptar y cuando estaba a punto de abandonarlo todo, mis padres no dejaron que me rindiera. Intenté entrenar taekwondo y básquetbol, pero lo que me gustaba era natación”, recuerda Soto.
A la par de sus esfuerzos en la alberca, se esforzaba para sacar buenas notas en la escuela, asistía a clases de inglés y aprendió a tocar el órgano electrónico en una escuela de música. En su abultada agenda no había lugar para el ocio.
Sus padres se empeñaron en que sus dos hijos tuvieran una educación integral. Aurelio Soto garantizó el sustento y el pago de todas las actividades extracurriculares, como distribuidor de ropa de bebé. Elisa Carrillo se encargó de llevar todos los días a su hijo a los entrenamientos hasta que, cumplidos los 18 años, Óscar entendió que su carrera en la natación había terminado.
Los hermanos Pérez Cárdenas le sugirieron que se cambiara a pentatlón moderno, disciplina compuesta por cinco pruebas: tiro, carrera, esgrima, ecuestre y natación, que, además, le permitiría seguir en su deporte favorito.
“Tuve más cualidades natas para los otros deportes que para natación, que he entrenado toda la vida. Es irónico porque a la fecha es mi prueba más débil y a la que debo dedicarle más tiempo. Fui afortunado por tener aptitudes para el pentatlón, aunque sufrí mucho en tiro, porque demanda mucho esfuerzo mental y concentración, algo a lo que yo no estaba acostumbrado.
“Sin embargo, el reto más difícil, el que retira a todos los pentatletas, es la equitación. Lidiar con animales de media tonelada implica superar el miedo a las caídas y el riesgo de una lesión que te puede costar la vida, pero me sobrepuse. Aguanté la estricta instrucción militar (del capitán Parroquín), y del equipo de 30 chamacos que empezamos de cero yo soy el único sobreviviente en el deporte.”
Para seguir con sus entrenamientos en el pentatlón, Soto debió matricularse en la universidad. Fue la condición que le pusieron sus padres. El Tecnológico de Monterrey campus Ciudad de México le otorgó una beca académica.
Resultados
Mientras estudiaba y entrenaba, Óscar tenía que desplazarse de su casa en Aragón hasta el sur para ir a la escuela; luego de ahí al norte hasta el Centro Deportivo Olímpico Mexicano (CDOM) y al Campo Militar o al Heroico Colegio Militar, en la salida a Cuernavaca. Todos estos traslados los hacía en transporte público.
“Cruzaba el Periférico cuando estaban las obras del segundo piso y me echaba tres horas cargando mi espada, las botas, el casco. A veces por teléfono me decían lo que debía hacer y me iba a correr al Bosque de Tlalpan; desayunaba en el camino, mis papás me llevaban la maleta y me bañaba en la escuela. Entrenaba en horarios de madrugada y donde se podía. A veces nadaba en una de las acuáticas de Nelson Vargas que estaba cerca, y así estuve hasta graduarme como licenciado en finanzas”, relata el atleta de 28 años.
Dos meses después de terminar la universidad, Soto participó en los Juegos Centroamericanos 2006. Le tocó competir en la subsede de Santo Domingo, donde se colgó el oro. El extraordinario resultado lo ubicó en el mapa del deporte mexicano. La Conade lo incluyó en su lista de becarios de CIMA (beneficio que nunca ha perdido), los medios comenzaron a interesarse en él y todo el mundo supo del pentatleta mexicano.
“Se dieron cuenta de mi existencia. Pese a que estaba muy comprometido con la escuela, entrenaba mucho más que otros que sólo hacían deporte. Tenía ganas de superarme, de ganar medallas, de tener el nivel de Horacio de la Vega o de Ivar Sisniega, los atletas más representativos de mi deporte. Empecé a dimensionar el significado de esa medalla: tenía una beca, salía en el periódico y en la tele y se hablaba bien de mí.
“Me acordaba que en natación estaba lejos siquiera de calificar a un campeonato nacional, eso me dio el empujón y la motivación de decir: esto me gusta y quiero más. Ya titulado no tenía el problema de la escuela, estaba completamente concentrado porque mi deseo más grande en la vida era ir a Juegos Olímpicos, y los Panamericanos de Río 2007 eran mi oportunidad de oro para buscar mi calificación a Beijing.”
Para lograr este objetivo, Soto necesitaba ubicarse entre los cinco primeros lugares del ranking mundial, pero era muy difícil porque estaba muy lejos de ese nivel. La otra opción era ganar medalla en Río, “donde estaba seguro que iba a lograr el pase”, recuerda.
Se preparó mejor que nunca. En la competencia marchaba entre los líderes después de cuatro pruebas. Sólo faltaba equitación. Entonces llegó la catástrofe. No hubo entendimiento con el caballo que le asignaron y su actuación fue desastrosa. Quedó en séptimo lugar, lejos de las preseas.
“Es el golpe mas fuerte de mi carrera, me dolió mucho. Sufrí porque sentí que no lo merecía, había entrenado como nunca. Pero ese dolor fue mi aliciente. Esa angustia, ese coraje me motivó a entrenar más, a decir: no me voy a quedar con las ganas. Cada que me cansaba o me dolía algo en un entrenamiento recordaba esa sensación horrible. Califiqué porque quedé en el segundo lugar del ranking, era una de las formas más difíciles y me siento orgulloso de haberlo hecho así”, narra el pentatleta quien en Beijing 2008 finalizó en octavo lugar.
Apoyos
Soto le dio a México la primera medalla de oro en los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011 y obtuvo su boleto a Londres 2012. El pentatleta llegó a la última prueba en el cuarto lugar, pero en el tiro-carrera remontó posiciones para terminar con 5 mil 728 puntos. Sumó 892 unidades en esgrima, mil 252 en natación, mil 200 en ecuestre –donde realizó un recorrido sin penalizaciones– y 2 mil 384 en la prueba combinada tiro-carrera.
En esgrima finalizó en la octava posición; en natación remontó al sexto peldaño, y en ecuestre se ubicó en primero, lo que le permitió salir en cuarto sitio general. Después de los primeros cinco tiros y la primera vuelta al circuito de un kilómetro se ubicó en el segundo lugar y, finalmente, tras cumplir la segunda serie salió en primer lugar para adjudicarse el oro.
Desde hace algunos años, ecuestre se convirtió en la prueba fuerte de Óscar. Dice que su buen desempeño lo ha alcanzado gracias a que puede entrenarse en las instalaciones y con los caballos del Estado Mayor Presidencial, donde también le proporcionan un entrenador, el cabo Fernando López.
El pentatleta es cabo de infantería y pertenece al cuerpo de Guardias Presidenciales. Como cualquier otro elemento de las Fuerzas Armadas, aprendió los conocimientos básicos de la formación militar y tomó cursos de adiestramiento. Además del apoyo para entrenar equitación, Soto recibe un salario y cuenta con todas las prestaciones, siempre y cuando se mantenga como atleta en activo. Al retirarse podrá optar por hacer carrera en la milicia.
Todos los días el deportista entrena a partir de las siete de la mañana y termina alrededor de las ocho o nueve de la noche. Trabaja con un equipo multidisciplinario que cuida celosamente desde su alimentación hasta el número de horas que duerme. También estudia la maestría en finanzas mediante el sistema de educación en línea.
“No dejo un cabo suelto. Soy muy riguroso con mis horas de sueño y con mi alimentación. Nunca hago algo que ponga en peligro mi formación. Es lo que me enseñaron mis padres. Se parece mucho a la instrucción militar, pero son las bases que ellos me dieron y se los agradezco siempre. Ellos son originarios de Jerécuaro, Guanajuato, y no vienen de familias de deportistas ni les enseñaron lo que se preocuparon por darnos a mi hermano y a mi.”
Confía en que su hermano César, de 22 años y también seleccionado nacional de pentatlón moderno, alcanzará el mismo nivel que él ahora posee y destacará en esta disciplina. No alcanza a entender cómo es que la casualidad lo llevó a coincidir con los hermanos Pérez Cárdenas, también pentatletas, pues gracias a ellos México cuenta con otros dos hermanos que eligieron este deporte.
“A ellos me los encontré en la vida en dos momentos muy importantes, justo cuando los necesitaba. Y mi hermano, aunque es menor, es mi ídolo, por su temple y su determinación. Somos hermanos y mejores amigos, tenemos un vínculo muy estrecho; entrenamos y competimos juntos, nos apoyamos y llevamos la vida que nos inculcaron nuestros padres: ser buenas personas, trabajadores, estudiosos, buenos ciudadanos”, afirma el pentatleta.








