Estreno de democracia

PARÍS.- Primer país árabe en acabar con un régimen dictatorial, Túnez realiza este domingo 23 las primeras elecciones constituyentes de la región, lo que sigue colocando a esta nación magrebí a la vanguardia.
Los comicios son, también, los primeros que se realizan de manera libre desde 1957, cuando este pequeño país obtuvo su independencia.
Mucho camino recorrió el pueblo tunecino en menos de un año. Su lucha pacífica obligó al dictador Zine el Abidine Ben Ali a huir del país para refugiarse en Arabia Saudita; también expulsó del poder al partido de la Reagrupación Constitucional Democrática (RCD), obligándolo a disolverse, y creó la Alta Instancia para la Realización de los Objetivos de la Revolución, de la Reforma Política y de la Transición Democrática en la que estuvo representado todo el espectro político y social del país.
La Alta Instancia, que acabó sus labores apenas el lunes 17, al pasar el relevo a la Nueva Asamblea Constituyente, tuvo la sabiduría de confiar la supervisión de estas elecciones históricas a la Instancia Superior Independiente para las Elecciones (ISIE), y no al Ministerio del Interior.
Creada el pasado 18 de mayo, la ISIE es totalmente independiente del gobierno tunecino. La integran 16 personas cuya ética es incuestionable, empezando por la de su titular, Kamel Jendoubi, expresidente de la Red Euro-mediterránea para los Derechos Humanos, quien vivió en el exilio debido a la persecución del régimen de Ben Ali.
La Alta Instancia se mostró también sumamente exigente respecto de la paridad hombre-mujer en las listas electorales. Es una revolución en un país árabe, pero esa medida no garantiza que 50% de los miembros de la futura Asamblea Constituyente sean femeninos.
El número pletórico de listas de candidatos (mil 660) juega en contra de las mujeres, ya que muchas de estas listas sólo tendrán un representante en la asamblea.
De estas mil 660 listas, 790 están integradas por partidos políticos, 79 por coaliciones de partidos políticos y asociaciones civiles y 791 por candidatos independientes. En total son 11 mil candidatos para 217 escaños.
Tanto la Alta Instancia como la ISIE se mostraron sumamente cautelosos con los sondeos de opinión. En el país nunca se habían realizado encuestas; tampoco cuenta con organismos independientes fidedignos ni reglamentación al respecto, por lo que se temían posibles manipulaciones.
Sin embargo, ambas instituciones nada pudieron hacer en contra de los sondeos que proliferaron en internet. Éstos prevén que el partido Ennahda, que reivindica un islamismo moderado, obtendrá entre 23 y 30% de los escaños.

Ideología variopinta

La correlación de fuerzas que se instaurará en la Asamblea Constituyente es capital para el porvenir del país. La Constituyente tendrá un año de vida y varias tareas que cumplir.
En primer lugar nombrará al nuevo presidente de la República, quien a su vez formará un gobierno. Éste elaborará un programa que deberá ser aprobado por la misma Constituyente.
Después vendrá lo más arduo: redactar la nueva Constitución del país. Se prevén muchísimas tensiones, en particular sobre el papel que se otorgará al Islam y al estatuto ciudadano de la mujer en la nueva sociedad tunecina.
La Asamblea Constituyente asumirá también las responsabilidades de un Congreso y deberá ejercer un control estricto sobre las actividades del gobierno.
Muchos interrogantes surgieron en vísperas de las votaciones. Nadie se atrevía a prever la tasa de participación. Se calcula que existen 7.5 millones de electores, 1 millón de los cuales se encuentran fuera del país, entre ellos 600 mil que radican en Francia.
Según analistas tunecinos, los electores están abrumados por el número de listas, partidos y candidatos. En los sectores populares sigue prevaleciendo la desconfianza hacia las instituciones en general y los partidos políticos en particular. Muchos temen que la disuelta RCD se esconde detrás de nuevos partidos o de candidatos supuestamente independientes.
La ISIE quiso conocer el número exacto de electores y les pidió inscribirse en listas ad hoc. El resultado fue frustrante: sólo 55% lo hicieron.
Una decena de partidos destacan: el Partido Demócrata Progresista (PDP), liderado por Ahmed Nejib Chebbi. En el momento de su creación, en 1982, se reivindicó como socialista y progresista, pero en 2001 cambió su orientación y hoy se define como liberal. Su prioridad es la modernización del sistema económico tunecino.
Ettakatol (Foro Democrático) se proclama socialdemócrata. Lo dirige Mustapha Ben Jafaar y, al igual que el PDP, se movilizó en todo el país durante la campaña electoral.
También se identifica como socialdemócrata el Movimiento de los Demócratas Socialistas, presidido por Mohamed Ali Khalfalahh. Creado en 1981, fue legalizado en 1983. Apoyó la reelección de Ben Ali en 1999; hoy carece de prestigio.
En cambio, el Polo Democrático Modernista tiene cierto eco: se trata de una coalición de pequeños partidos de izquierda y del expartido comunista Ettajdid encabezado por Ahmed Brahim. Su meta es clara: oponerse al proyecto político de los islamistas.
Creado en 2001, el Congreso para la República (CPR) fue de inmediato prohibido por Ben Ali y se convirtió en partido de oposición en el exilio. Su líder, Moncef Marzuki, regresó a su país al final de la revolución, pero no despertó mayor entusiasmo entre sus conciudadanos.
Muy dinámico se muestra el partido Tounes, Horizonte Tunecino, que fundó a principios de 2011 un grupo de jóvenes profesionistas y empresarios encabezados por Mohamad Louzir. Todos son partidarios de una economía liberal y social.
El Partido del Trabajo Tunecino (PTT) tiene también pocos meses de existencia. Su presidente, Abdeljalil Bedoui, pertenece a la poderosa Unión General de los Trabajadores Tunecinos (UGT), que jugó un papel importante en la revolución. El PTT cuestiona en forma radical al neoliberalismo, rehúsa que Túnez sea un simple proveedor de mano de obra barata para empresas europeas y lucha a favor de relaciones económicas equilibradas con la Unión Europea (UE).
El Watan (La Nación, en árabe) atrae a los nostálgicos de la era Ben Ali. Mohamed Jegham, su fundador, fue sucesivamente ministro del Interior y de la Defensa y finalmente fue miembro del Comité Central de la RCD. Dos exmiembros del RCD también crearon Iniciativa, que sueña con aglutinar a los desilusionados de la revolución.
El Partido Comunista de los Obreros de Túnez (PCOT) operó en la clandestinidad desde su fundación en 1986. Al igual que los demás partidos prohibidos por la dictadura, fue legalizado el pasado 18 de marzo. Los analistas tunecinos consideran que, a pesar de su inagotable activismo y del dinamismo de su líder, Hamma Hamani, no obtendrá muchos votos.
Es el partido Ennahda el que hace correr más tinta. En 1981, año de su creación, se llamaba Movimiento de la Tendencia Islamista. Nunca fue reconocido por el gobierno de Habib Bourguiba y sus militantes sufrieron una dura represión. En 1989 cambió su nombre por Ennahda (Renacimiento, en árabe) para borrar cualquier alusión a la religión.
Esa nueva etiqueta no convenció a Ben Ali, quien, al igual que su antecesor, desató una represión despiadada contra sus militantes y obligó a su líder, Rached Ghannouchi,­ a exiliarse en Gran Bretaña.
Ennahda sigue siendo un enigma. Se mantuvo apartado de la revolución, pero surgió con fuerza después de la caída del régimen y obtuvo su legalización el pasado mes de marzo. Lleva meses tratando de convencer a los tunecinos que es un partido islamista moderno, moderado y centrista.
En entrevista con la corresponsal, la abogada Alya Chammari dice que le preo­cupa el doble discurso de Ennahda: “En público sus dirigentes hablan de democracia y de igualdad de género, pero en las mezquitas se oyen muchísimo más radicales y se muestran apegados al derecho musulmán tradicional que discrimina a la mujer. Son camaleones”.
El pasado 27 de junio Ennahda se salió de la Alta Instancia. Entre las razones oficiales de esa ruptura destaca la decisión de esta última de impedir que los partidos políticos reciban fondos extranjeros.
Ennahda tiene bastante presencia en barrios populares y en zonas rurales abandonadas por el poder central; es decir, en amplias capas de la población tunecina.