El “triunfo” del neoliberalismo mexicano

Libro clásico y paradigmático, escrito hace 30 años, México: La disputa por la nación ya dibujaba con nitidez la debacle económica que el neoliberalismo le impuso al país y al mundo. Sus autores –Rolando Cordera y Carlos Tello Macías– elaboraron un nuevo prólogo para la edición que circula actualmente de ese libro y en conversación con Proceso demuelen, uno a uno, los mitos del neoliberalismo y de ese bienestar prometido por los adoradores del libre mercado, enemigos de la regulación estatal.

“Repudiamos el neoliberalismo”, fue una de las consignas más notorias y repetidas en la histórica jornada del sábado 15 que emprendieron cientos de miles de indignados en todo el mundo con protestas callejeras en más de 950 ciudades de 82 países en todos los continentes.
Ha sido la respuesta más contundente y unificada a escala global ante los efectos sociales de un modelo económico que desde mediados de los setenta ha privilegiado al mercado sobre las capacidades de los Estados nacionales; que ha sido permisivo con los sistemas financieros, ha prohijado la codicia y la avaricia empresarial y ha sometido a las poblaciones al deterioro de sus condiciones de vida.
Pudieron haber marchado menos de 500 personas en México, mil en Londres, 3 mil en Nueva York, 50 mil en Chile o 200 mil en Roma… Lo significativo es que quienes optaron por salir a la calle son presa de los mismos males, sobre todo a raíz de la más reciente crisis económica mundial:
Perdieron su trabajo o nunca han tenido uno; se quedaron sin casa por no poder pagar las hipotecas; no pueden estudiar porque las colegiaturas son carísimas o el sistema público es discriminatorio o está saturado; no tienen acceso a los servicios públicos de salud porque perdieron el empleo o su salario no les permite acceder a mínimos de bienestar…
En todos los casos la queja fue unánime: por qué la población tiene que pagar por los excesos de los políticos, los banqueros y los empresarios que causaron la crisis reciente, cuyas secuelas se han traducido en históricas tasas de desempleo, como en España (más de 22% o casi 5 millones de personas sin trabajo) o Estados Unidos (más de 9%, el equivalente de 15 millones de desempleados), por citar algunos.
Problemas como éstos, que se derivan de una compleja concurrencia de factores ideológicos, políticos y económicos, fueron previstos en un libro ya clásico de economía: México: la disputa por la nación (Siglo XXI), que escribieron en 1981 Rolando Cordera Campos y Carlos Tello Macías y que ahora circula en una segunda edición.
“Hoy podemos decir, sin ninguna duda, que el proyecto neoliberal del que hablábamos en La disputa triunfó”, dice a Proceso Carlos Tello, quien fue secretario de Programación y Presupuesto y director general del Banco de México en el gobierno de José López Portillo.
Cordera y Tello explicaban entonces que el modelo neoliberal concibe la economía como un sistema que se autorregula, contrario a las tesis keynesianas sobre la necesidad de la intervención del Estado como conductor y regulador de la actividad económica, con el pleno empleo como objetivo central.
Y para poder “restablecer las condiciones funcionales de autorregulación de la economía”, el modelo neoliberal hacía propuestas de política económica como éstas, según los autores:
“Reducir al mínimo posible la participación del Estado en la economía, así como su función reguladora; descansar en los instrumentos de política monetaria (tasa de interés, control del circulante, etcétera) más que en los de la política fiscal (gasto público, impuestos, etcétera) para movilizar y asignar los recursos existentes y canalizar el excedente económico.”
También: “Privilegiar la estabilidad monetaria por encima de cualquier objetivo, incluso el crecimiento económico y los asociados con el bienestar de las clases populares, y finalmente, liberar las trabas proteccionistas al intercambio de mercancías y capitales entre las naciones”.
Decían asimismo que dicho modelo concebía a la clase obrera “como un factor de producción que sólo comportándose como tal puede propiciar el equilibrio en el mercado y una retribución proporcional al esfuerzo empeñado en la producción.
“De aquí la insistencia en circunscribir la organización sindical a las relaciones internas de la empresa, despojando a los sindicatos de toda injerencia en la política y la economía nacionales.”
Los autores sostenían que estas ideas “han ido ganando terreno y han sido instrumentadas, sobre todo a partir de 1973, tanto en los países ricos miembros de la OCDE (los programas, por ejemplo, de Raymond Barre, en Francia; de Margaret Thatcher y Keith Joseph, en Gran Bretaña, y de James Carter y Paul Volcker, en Estados Unidos) como en los del Tercer Mundo, (donde) el caso más notorio es Chile después del golpe de Estado de Pinochet en 1973”.
En el libro se encargan de detallar, en caso de que México adoptara el modelo neoliberal, cómo se concebirían y manejarían las variables macroeconómicas (inflación, salarios, tipo de cambio, empleo, tasas de interés y demás) y cómo se aplicarían las políticas públicas en materia industrial, agrícola y comercial, entre otras.
El libro resultó premonitorio de lo que pasaría después en el país, pues fue escrito entre 1980 y 1981, cuando en México se vivía un fuerte intervencionismo estatal –las ideas neoliberales eran embrionarias– que hizo posible que la economía nacional creciera a tasas superiores a 8%.
De hecho, esos dos fueron los últimos años de crecimiento económico notable en el país. En 1980 la economía creció 9.2%, y 8.8% en 1981. Ya no se verían más, en los siguientes 30 años, esas tasas de crecimiento.
En 1982 se le desbarató la economía al presidente López Portillo. Los ríos de petróleo que corrían por el país –a finales del sexenio anterior se habían descubierto enormes yacimientos en la sonda de Campeche– llevaron al gobierno a gastar más de la cuenta, a sobreendeudarse espectacularmente –heredó de Echeverría una deuda externa de 20 mil millones de dólares y la dejó en 80 mil millones– y su sexenio terminó en un verdadero caos.
Todo se trastocó: la inflación terminó rondando el 100%, el déficit público en cerca de 20%; el pago de intereses representaba la mitad del valor de las exportaciones; la economía nacional, de venir creciendo a tasas cercanas al 10%, se desplomó -0.6%; la inversión pública –que en los años previos había permitido múltiples y magnas obras de infraestructura– cayó 16%.
Además, dicen Tello y Cordera en el nuevo prólogo de La disputa, “el tipo de cambio se devaluó como en cascada (de 26 pesos por dólar al final de 1981 a 150 pesos al final de 1982; 477% en un año) y se dio una fuga de capitales que no parecía tener más fin que el agotamiento de las reservas internacionales de México.”

El mito de las reformas

Graduado en administración de empresas en la Universidad de Georgetown, maestro en economía por la de Columbia y doctor por la de Cambridge, Carlos Tello recuerda que los gobiernos neoliberales en el país pusieron en práctica tres grandes grupos de reformas:
La reducción del tamaño del Estado y la limitación de su papel en la economía; una brutal apertura económica –“pasamos, en un abrir y cerrar de ojos, de ser una economía muy cerrada a la economía más abierta del mundo, literalmente”– y los cambios al sistema financiero con el consecuente desmantelamiento de la banca estatal de desarrollo, salvo los casos de Nafin y Banobras, aunque también se achicaron, en tanto que Bancomext se ha ido desvaneciendo.
Y por lo que hace a la banca comercial, dice Tello, se abrió parcialmente al capital privado en marzo de 1983, apenas seis meses después de la nacionalización de los bancos. Y acabó, en los gobiernos de Zedillo y Fox, cediéndose a la banca internacional.
Según ofreció el gobierno, dice Tello, esas reformas se hicieron “con un doble propósito: que la economía creciese a un ritmo más acelerado, generando empleo y prosperidad; el segundo propósito fue mejorar las condiciones generales de existencia de la población, no nada más de bienestar”.
Pero “pasó el tiempo y hoy, después de 30 años de publicado el libro y casi 30 de haber iniciado la reforma neoliberal, resulta que lo que se ha conseguido está muy lejos de lo que inicialmente se propusieron estas reformas.
“Si evaluamos por resultados, pues el crecimiento de estos últimos 30 años ha sido francamente mediocre y las condiciones generales de existencia de la población no han mejorado. Ni con mucho.
“Es decir, si usamos por ejemplo el indicador PIB por persona, en estos 30 años, incluyendo el que está en curso, no es mayor de 0.6% al año; o sea, para tener una idea, en los 50 años previos, de 1932 a 1982, el crecimiento del producto por persona fue de 3.5% al año”. Casi seis veces mayor que en la era neoliberal.
También dice: “Hace 30 años había como veintitantos millones de pobres. Hoy hay más de 50 millones. Y un alto porcentaje de esos 50 millones vive en condiciones muy frágiles, en pobreza extrema, según la información del Coneval”.
En suma, dice, “ni la economía creció ni mejoraron las condiciones generales de existencia”.
Reclama el economista: ahora el gobierno nos sale con que esto se debe “no a que las primeras tres reformas fuesen ina­decuadas, sino a que fueron insuficientes. Y que por eso necesitamos –y ese ha sido el discurso de los últimos 15 años– tres o cuatro nuevas reformas adicionales, para tener los resultados esperados”.
Son las tan llevadas y traídas “reformas estructurales”, entre las que se incluyen la laboral, la energética, la hacendaria y la de asociaciones público-privadas, principalmente, que no han logrado concretarse porque –machaca el gobierno– en el Congreso se frenan.
“Eso es falso. Tampoco hace grandes propuestas el Ejecutivo. Las reformas ‘que tanto necesitamos’, que son como mantra ya, no tienen una aceptación general; muchos no estamos de acuerdo con ellas”, acota Rolando Cordera, licenciado en economía por la UNAM y maestro por la London School of Economics, profesor emérito de aquella casa de estudios y diputado a comienzos de los ochenta por el Partido Socialista Unificado de México.
Apunta: “El gobierno y los empresarios quieren una reforma laboral que en esencia significa abaratar el despido. Pero abaratas el despido y no tienes seguro de desempleo y no tienes salud universal garantizada. ¿Quién va a estar de acuerdo con eso?”.
Tello agrega, en un lenguaje más llano: “Nos dicen que quieren flexibilizar el mercado laboral, cuando tenemos uno de los más flexibles del mundo. Lo que quieren es darle en la torre a los trabajadores porque se argumenta que las contrataciones de los trabajadores son muy costosas para el empleador y las condiciones de despido también son muy costosas y entonces hay que ‘flexibilizar’ ambas… y que pueda haber contratos de dos o tres días, que en realidad existen lamentablemente, pero los quieren formalizar con la nueva ley laboral”.
Otra reforma “que tanto necesitamos”, ironiza Cordera, es la energética, que no es otra cosa que abrir todavía más al sector privado todo, exploración, explotación… “Bueno, pues hay otra posición que piensa, yo entre ellas, que si le entramos en serio a Pemex y la convertimos en una verdadera empresa paraestatal y no una cosa rara –porque no sabemos si es empresa, organismo descentralizado o qué–, en una verdadera empresa a la que no explote el fisco, sino que le cobre lo que cobran en todos lados, podemos tener una gran industria petrolera estatal”.
Y el caso de la generación de electricidad, que también es parte de la reforma energética, “es muy preocupante”, dice Cordera, y agrega: “La capacidad de generación de la CFE no se utiliza en su totalidad para darle campo a la generación privada. ¡Bueno! Esa sí es una filantropía extraña”.
Aun cuando en términos sociales el modelo neoliberal ha dado resultados desastrosos –más desigualdad, más pobreza, menos empleo, salarios más bajos y menos oportunidades de todo tipo para la población–, los autores coinciden en que en el país fue acogido voluntariamente, sin presiones ni imposiciones de nadie, por todos los gobiernos posteriores al de López Portillo…
Exembajador en Cuba, Portugal y la URSS, Tello dice: “Desde 1983, los que nos han gobernado –De la Madrid, Salinas, Zedillo, Fox, Calderón– han estado convencidos de ese proyecto. Lo comparten; piensan que el vacío que va a dejar el Estado, al dejar de hacer cosas, lo va a colmar el sector privado y lo va a hacer mejor. Están convencidos de eso. No creo que nadie les haya impuesto eso. No han cambiado desde Miguel de la Madrid hasta Calderón.
“La política ha sido la misma, claro, con sus detalles. Pero coinciden con lo que piensan en otros países, desde hace más de 30 años, por ejemplo con el presidente Reagan, los dos Bush, Thatcher, los de Francia, incluso con los del Partido Socialista de España, ya no digamos los del Partido Popular. Nadie se los impuso.”
Apunta Cordera: “Yo creo que hubo excesos de dogmatismo: se creyó, en vez de pensarse, que el mercado, en sus múltiples juegos y con una competencia mucho más abierta, per se generaría más productividad, más eficiencia y, consecuentemente, nuevas capacidades que dejarían atrás las viejas instituciones. Eso no se dio. Y el Estado democrático no produce también, por él mismo, nuevas iniciativas políticas de carácter transformador”.
Pero, concluye, lo más grave –y es un tema destacado en el nuevo prólogo de La disputa por la nación– es la nueva trayectoria, de mucho menor perfil y alcances que en el pasado, que se empezó a dibujar para el país desde que se optó por el modelo neoliberal.
“Lo diría tajantemente: ahí está la cuestión principal. Hay un gran divorcio en México entre la economía transformada y la demografía transformada: no hay empate. Una economía transformada que no crece ni crea el empleo necesario y una demografía que se transformó en favor de los jóvenes y jóvenes adultos que, diría yo, en una sociedad moderna requieren de educación, de empleo y de nuevas ofertas de salud, por el propio cambio biológico.
“Eso no lo está proveyendo la economía que se transformó, porque no crece, y el Estado no lo puede proveer, porque es un Estado fiscalmente muy débil. Ese divorcio está organizando el presente de México y está condicionando el futuro, como lo estamos viendo en la cantidad de muchachos que no tienen acceso a la educación media y media superior y que no encuentran buen trabajo, que se van al exterior o que se la pasan sobreviviendo o que de plano optan por la peor de las informalidades, que es la del crimen.”