En la ceremonia en la que se puso el nombre de Octavio Paz a un auditorio de la nueva sede senatorial el pasado miércoles 19, Enrique Krauze leyó el texto que a continuación reproducimos. En él, el historiador hace una reivindicación histórica del poeta: recuerda que el ganador del Nobel siempre se consideró un hombre de izquierda, aunque alejado de los totalitarismos… e insiste –como lo hizo en la entrevista con Rafael Rodríguez Castañeda (Proceso 1823)– en que el director de Vuelta nunca fue debidamente reconocido en su propia tierra.
Octavio Paz, uno de los mayores escritores de nuestra lengua, alcanzó el más alto y genuino reconocimiento internacional; se ocupó de estudiar a nuestros autores y artistas de todas las épocas; tendió puentes con las literaturas de España e Iberoamérica; salió a la conquista de otras culturas en Oriente y Occidente; nos dejó una obra poética vasta, rigurosa y sutil; estudió todos nuestros pasados y soñó con reconciliarlos; reveló zonas profundas de nuestra realidad; ejerció con pasión, imaginación y total independencia la crítica del poder; hizo todo eso y más, pero en sus décadas finales –décadas decisivas– no fue debidamente reconocido en su propia patria. No sólo eso, fue vilipendiado, descalificado, agredido. No es casual que se describiera a sí mismo como un “peregrino en su patria”.
Ni entonces ni ahora ha sido necesario defender a Paz. Su obra extraordinaria lo defenderá siempre. Los jóvenes que lo leen con la mirada fresca lo saben bien: es el poeta del amor y de los temas límite de la vida, es el minero del alma mexicana, es el biógrafo de Sor Juana. Pero el homenaje que le rinde el Senado de la República a más de 13 años de su muerte es también una reivindicación política. Por eso vale la pena reflexionar, aquí y ahora, sobre el desencuentro de Octavio Paz con la corriente política que más le importaba, porque siempre se sintió inscrito en ella: la izquierda mexicana.
La raíz del conflicto está en la confusión, muy mexicana, entre las buenas conciencias y las conciencias críticas. En México se rinde pleitesía a las buenas conciencias, esas almas enamoradas de su propia belleza moral, cuyo designio principal suele ser la indignación fácil y la unánime popularidad. Las buenas conciencias prosperan tanto en la derecha clerical como en la izquierda dogmática. Ambas se dan baños de pureza sintiéndose poseedoras de la verdad absoluta. Por eso detestan al liberalismo, que no es un cuerpo doctrinal, sino una actitud reflexiva y un tanto escéptica ante la complejidad de la Historia, una sensibilidad respetuosa ante la pluralidad del mundo, una inclinación a la tolerancia pero no al relativismo moral y, sobre todas las cosas, un respeto irreductible por la verdad objetiva.
Octavio Paz era un liberal en busca de la verdad. No representaba a las buenas conciencias, sino a la conciencia crítica, que es lo contrario. En diversos ensayos señaló que la carencia esencial de nuestra cultura ha sido la falta de crítica, y su vida fue una lucha incesante por subsanar ese vacío. Por eso, desde la conciencia crítica se atrevió a poner en tela de juicio el dogma central de las buenas conciencias progresistas en el siglo XX, el sagrado dogma de la Revolución.
Paz hizo entre nosotros lo que los disidentes del Este hacían en sus países: criticar a la izquierda totalitaria real desde la izquierda democrática posible. Quiso persuadir a la izquierda de redescubrir sus propias raíces políticas liberales. Su trinchera definitiva fue Vuelta. Trinchera es la palabra exacta, porque Vuelta no se ocupaba académicamente de la historia política de América Latina: Vuelta quería cambiar esa historia. Por eso, lo mismo combatía el dogma ideológico, el populismo caudillista y la guerrilla que el presidencialismo, el militarismo y el estatismo. Al mismo tiempo, jamás abrazó la ortodoxia del libre mercado. Naturalmente, la revista fue prohibida en la Argentina del genocida Videla y en la Nicaragua sandinista (no se diga en el régimen de Pinochet o en la Cuba castrista). Fue un largo camino en el que no faltaron las polémicas intensas, ásperas y fructíferas, pero fueron la excepción. La regla fue el insulto soez, el escupitajo verbal, la diatriba infame. En 1984 se le dijo “fascista”, “traidor”, “derechista”, “vendido”, y su efigie fue quemada por una turba a unas pocas calles de su casa en Paseo de la Reforma, todo por haber cometido la herejía de pedir elecciones en Nicaragua.
Escuchemos su voz en ese trance:
Mi primera reacción –escribió a un amigo, el 13 de enero de 1985– fue la risa incrédula: ¿cómo era posible que un discurso más bien moderado hubiera desencadenado tanta violencia? Enseguida, cierta satisfacción melancólica: si me atacan así es porque les duele. Pero te confieso: a mí también me ha dolido. Me sentí […] víctima de una injusticia y de un equívoco.
Tenía razón. La injusticia era visceral, provenía de “la envidia y el resentimiento”, dos malas pasiones que el propio Paz llamó “el combustible nacional”. Pero el equívoco era intelectual, político y moral: el rechazo de las buenas conciencias a la conciencia crítica. ¿Qué hacer –se preguntaba– frente a esa dolencia en el cuerpo político de México?
La única manera de curarlos es dialogar con ellos. ¿Es posible? Lo ha sido en Europa y en otras partes, ¿por qué no ha de serlo en México? Tal vez mi misión […] en la historia de la cultura moderna de México ha consistido en preparar ese diálogo. No me tocará participar en él, pero lo habré hecho posible.
El diálogo nunca llegó y la izquierda mexicana desperdició a su mejor interlocutor. La amarga querella duró, en toda su intensidad, hasta 1989, cuando, con la caída del Muro de Berlín, la Historia le dio manifiestamente la razón. Silenciosa y casi furtivamente, muchos de quienes lo habían atacado adoptaron las posturas y las ideas de Paz. Al hacerlo le rendían un homenaje involuntario. Otros, tapando el sol con un dedo, siguieron denostándolo hasta el final.
Paz respondió con su obra: “Hay que concentrarse en escribir –me decía–, escribir, escribir: negro sobre blanco…”. Y me consta que, aun en los periodos más amargos, nunca permitió que las grandezas y miserias de la política invadieran el santuario de su intimidad, que él mismo describió así: “Mi propia vida (y mi propia muerte), Marie-José, mis amigos, mis sueños y pesadillas, mis muertos y mis fantasmas, el lugar donde vivo, mi tiempo, los tiempos…”. Pensaba dedicar sus últimos años al culto exclusivo de esas presencias, de esos temas, pero la política siguió tocando ruidosamente a su puerta. Y México le importaba demasiado como para no abrirla una vez más, con todos los riesgos.
Había sido un crítico implacable del poder. Fue él quien acuñó la “crítica de la pirámide”, fue él quien reveló las entrañas del “ogro filantrópico”, fue él quien trazó los paralelos entre la burocracia soviética y la mexicana, y fue Vuelta –esa trinchera liberal– el órgano que desnudó los vicios de la economía presidencial y abrió el debate moderno sobre la democracia en México. Pero en el trecho final de su vida, convencido de que el PRI había cumplido su hora, Paz –hijo, finalmente, de la Revolución mexicana– se enfrentó con una pregunta clave: ¿Cómo debe cambiar el orden nacido de esa revolución para preservar lo mejor de su legado? Alejado siempre de las posiciones conservadoras, Paz no vio en el PAN un agente del cambio. Descorazonado por el dogmatismo intolerante de la izquierda, Paz tampoco vio en las fuerzas de izquierda una alternativa inmediata de reforma. Entonces, por un tiempo, creyó que el sistema podía reformarse a sí mismo. Esa fue, hasta su final decepción, su convicción sincera, no su pecado. Paz tuvo opiniones controvertidas y su voz era sin duda influyente –acaso la más influyente–, pero sus opiniones eran eso, opiniones, ideas nacidas de la reflexión y la convicción, no del interés personal o del espíritu servil. Porque Octavio Paz –hay que decirlo aquí, de una vez por todas– nunca se subordinó al poder, a ningún poder.
“¿Por qué la diferencia de opiniones ha de tornarse en odio a las personas?”, se preguntaba José María Luis Mora, fundador del liberalismo mexicano. Ese odio fue la gran tragedia del siglo XIX, ensangrentó todavía al siglo XX y ha llegado al siglo XXI. Es una lástima, porque en una atmósfera de odio el diálogo es imposible. Y sin diálogo la democracia también lo es.
Pero aquí ha ocurrido un acto promisorio. Al consagrar el nombre de Octavio Paz en la sala del Senado de la República, no sólo rinden ustedes homenaje a aquel mexicano extraordinario, sino también a la voluntad de diálogo que Octavio Paz –en sus propias palabras– preparó para nosotros. Diálogo, no monólogo. Diálogo que es ante todo disposición a razonar, a fundamentar y a escuchar. “¿Qué va a pasar con México?”, preguntaba Octavio Paz en sus días postreros. Su pregunta sigue abierta, y ni ustedes ni yo tenemos la respuesta. Pero actos como éste abren el camino para encontrarla. Aquí están representadas todas las fuerzas políticas. Y la izquierda tuvo un papel fundamental en la iniciativa. Enhorabuena. De hoy en adelante, el nombre de aquel poeta que vivió con la libertad bajo palabra será deletreado como un recordatorio permanente para defender y consolidar el orden democrático de México, único marco posible para superar nuestros graves problemas.








