De Martiniano Martínez Reyes

Señor director:

Le agradeceré publicar en la sección Palabra de  Lector el siguiente comentario, que titulo ¿Intolerancia o apertura?
Porfirio Miranda tercamente insiste (Proceso 1238) en relacionar el laicismo con el ateísmo. Dice que el laicismo en la educación pública impone el ateísmo y prohíbe la religión con base en sofismas. Pero esos sofismas están de su lado.
El laicismo no es ateísmo (con alfa privativa), porque aquel término etimológicamente viene del griego laos, ou, que significa pueblo. Y el pueblo, como tal, no es religioso ni ateo; sólo sus integrantes adoptan una u otra postura. Lo aseverado por Miranda quizá tendría sentido si alguien estableciera la casta de los detentadores del poder religioso y la de los que no lo tienen pero aceptan las doctrinas de sus dominadores.
El laicismo es la doctrina de la democracia, la que por principio postula que no hay castas, que todas las personas son iguales y que el poder es de todos; nadie puede imponer a otro sus creencias, ideologías no comprobadas -como es el caso del dios judeocristiano, cuya existencia real no está acreditada, aunque el Vaticano diga lo contrario; tan es así que ese dios es aceptado sólo por 28.7% de la población mundial-. Ésta es la razón -no el odium religionis, como falsamente afirma Miranda- de que en la educación pública no se imponga ninguna cosmovisión religiosa; tampoco es el resentimiento de los ateos al saberse minoría, pues el mes de julio una encuesta telefónica, realizada por el Canal 2 de televisión,  reveló que 80% de los encuestados quiere una educación pública laica. Esto significa que, por voto mayoritario, la religión debe quedar limitada al fuero interno de cada quién y que las asociaciones religiosas pueden encargarse de
enseñarla gratuitamente en sus propios
templos.
Finalmente, yerra Miranda al afirmar que el laicismo incumple el tercer párrafo del artículo 26 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que dice: “Los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos”. Lo cierto es que, en ninguna parte, tal Declaración indica que la educación pública deba satisfacer ese derecho. Consecuentemente, Miranda, en este punto, tampoco demuestra que la educación pública ha de incluir la religión.

Atentamente
Licenciado Martiniano Martínez Reyes

Respuesta de Porfirio Miranda

Señor director:

El señor Martínez no puede negar que el laicismo consiste, precisamente, en imponer (insisto: imponer) que se prescinda de Dios en las escuelas. Ahora bien, prescindir de Dios se llama ateísmo. Se va por un ladito el señor Martínez (como hacen los que no pueden responder) cuando recurre a la etimología de la palabra laico. ¡Pero se trataba de la etimología de la palabra ateo!
El laicismo sí impone una cosmovisión: la atea. En cambio, en los países cuya educación pública incluye clases de religión -por ejemplo Canadá-, si un paterfamilia no quiere que su hijo las reciba, lo único que tiene que hacer es escribirle una carta en este sentido al director de la escuela, y asunto concluido. La educación religiosa no se impone de ninguna manera, mientras en México el laicismo sí impone directamente su cosmovisión atea.
Extravagantemente identifica el señor Martínez el laicismo con la democracia. Es evidente que no le dio la gana leer lo que decía yo en mi artículo (Proceso 1238): los países europeos que tienen educación religiosa en sus escuelas son modelos mundiales de democracia. Además, ignora el señor Martínez, por lo visto, que fueron, precisamente, las naciones cristianas las que inventaron la democracia. En Atenas clásica cuatro quintas partes de la población eran esclavos, y eso no puede llamarse democracia, sino esclavitud.
En cuanto a que la existencia del único Dios verdadero, que es el judeocristiano, no esté acreditada, obviamente no puedo responder en una o dos cuartillas. Remito a mi Racionalidad y democracia, capítulo segundo. Pero el señor Martínez haría bien si tuviera en cuenta que Platón, Aristóteles, Descartes, Newton, Copérnico, Galileo, Kepler, Planck (el descubridor del quantum), Einstein, etcétera, estaban convencidos de que Dios existe. La mayoría de ellos -y también, de manera especial, Voltaire (digo bien: Voltaire)- sostenían que la existencia de Dios se demuestra científicamente.

Atentamente
Porfirio Miranda