El viento nos llevará

Para un apasionado de la poesía como lo es Abbas Kiarostami, heredero de una cultura -la persa-  en la que imagen y palabra son ventanas hacia la revelación, el cine se convierte en la actividad poética por excelencia. De ahí la tendencia a bautizar a sus últimas películas con frases de poemas. El viento nos llevará (Irán-Francia, 1999), exhibida en el marco del Festival de Verano de la Filmoteca de la UNAM, corresponde a una frase de la poetiza Forough Farrokhzad. Título que por supuesto nada dice y todo revela de una cinta tan alejada del cine del entretenimiento como Kurdistán de Hollywood.
Haciéndose pasar por ingenieros de telecomunicaciones, tres viajeros de la capital acuden al remoto pueblo de Stah Daré; el rumor es la búsqueda de un tesoro; el verdadero objetivo sería grabar y retratar las costumbres y ritos funerarios de los habitantes. Se sabe que una anciana se halla próxima a morir,  pero el tiempo pasa y ella se resiste… Excepto por Behzad Dourani, responsable de la excursión, los rostros de sus compañeros jamás se mostrarán en la pantalla; no son importantes, corresponden al de cualquiera que habite en una gran ciudad y pase junto al tesoro sin descubrirlo. Otros rostros tampoco veremos, pero, en cambio, sabremos de su esencia. La madre centenaria, la doncella que lleva la leche o
el hombre que excava en el
cementerio.
Sutileza y libertad de tono representan la cualidad máxima del cine de este autor. Toda la amplitud del horizonte, todas las escaleras que haya que subir o bajar, el tiempo necesario para ver y sentir el idilio entre el viento y el trigo maduro. El hombre que se rasura frente a la cámara y que, por lo tanto, convierte al espectador en espejo de su acción mientras alude al avanzado embarazo de la mujer que está a sus espaldas, la que pronto “espera la cosecha”, y la misma que al otro día sigue trabajando tendiendo la ropa después de haber dado a luz como si fuese el acto más trivial. El contraste entre la asistencia de situaciones que se repiten hasta provocarnos risa, y los detalles que se ocultan convierten en abstracto lo evidente y en concreto lo invisible.
¿Cómo puede un cineasta transfigurar la imagen sin recurrir a efectos especiales y sin que la piedra deje de ser la piedra? Kiarostami, empeñado en la repetición de gestos triviales, en apariencia, delata a cada paso su obsesión por asir fragmentos de la realidad, la ordeña hasta extraer su esencia como la adolescente extrae con ritmo experto e inevitablemente cargado de erotismo la leche de la vaca mientras Behzad declama el poema de El viento nos llevará. La moribunda invisible a la que las mujeres llevan de comer como ofrenda para sus ruegos según la costumbre del pueblo, es un personaje ubicuo y concreto como la tierra que cultivan los campesinos. Del interior de esa tierra surge la voz el excavador; “tú puedes verme pero yo a ti no”, comenta Behzad; por toda respuesta recibe un fémur humano, hueso que lo acompaña por sus recorridos y que termina por arrojar al río en un gesto que parece la respuesta de Kiarostami al eterno dilema de Hamlet.
La repetición marca siempre el inicio de una nueva estrofa en las películas de este poeta de la imagen. El procedimiento anafórico alcanza la fuerza de una plegaria por la vida, “si no puedes cambiar las cosas contempla las maravillas de la naturaleza”, sentencia el médico sin enfermos.
“Todo filme es un documental sobre la vida. Nos prueba la existencia, la persistencia”. Así profesa el realizador iraní su religión cinematográfica con la que ha sobrevivido a lo largo de una decena de películas a la censura del régimen de los ayatolas. Pero de ninguna manera se piense que su obra sea documental y costumbrista en sentido literal y por tanto tedioso. Kiarostami registra lo invisible, aquello que la naturaleza y quienes viven cerca de ella como los habitantes del poblado ocultan de entrada y revelan en el ritmo de su movimiento, tan amplio como el horizonte, tan excitante como la vida y la muerte.