Reforma constitucional para desmontar el viejo sistema Fox no será el cuarto presidente neoliberal, sino el primero de la transición: Muñoz Ledo

“Cambio que no se consuma, cambio que se frustra”, dice Porfirio Muñoz Ledo parafraseando la sentencia de Luis Cabrera: “Revolución que transa, revolución que se suicida”.
Y el cambio, dice, tiene “dos claves”: la reforma social y económica y la reforma institucional que desmantele en un año -el período de gracia- al viejo sistema y establezca las bases de un estado democrático moderno.
Afirma: “El presidente Zedillo y los intereses económicos quisieran que Vicente Fox fuera el cuarto presidente neoliberal, no el primer presidente de la transición. Ésa es la clave de lo que está pasando en México”.
Ante ello, sugiere: “Hay que reafirmar el liderazgo de Vicente Fox, pues no podemos dar la impresión de continuidad o menos de continuismo. No se pueden mandar todos los días sólo mensajes conservadores, porque entonces no se entenderá el sentido de este gobierno y se puede perder el ímpetu social por el cambio”.
Y es que, señala, “hay que evitar que se frustren las aspiraciones de cambio del pueblo mexicano”.
Exdirigente del PRI y del PRD, excandidato del PARM a la Presidencia de la República, Muñoz Ledo -siempre polémico- niega las versiones de prensa que lo ponen fuera del equipo de la transición del candidato triunfador, con cuyos miembros, asegura, trabaja estrecha y cordialmente.
“Son chismes y deseos de molestar. Tengo un encargo que es público: comisionado para la reforma de Estado en la transición democrática”, afirma.
En entrevista con Proceso, explica el proyecto de reforma institucional que, afirma, le encargó coordinar Fox.
Advierte: “Hay que ir a fondo, pues la alternancia no es la transición, ni la derrota del PRI es todavía el cambio. Es apenas el principio”.

Desmontar el sistema

Muñoz Ledo recurre a la historia y a la comparación con lo ocurrido en otros países para explicar la transición mexicana:
“En los años setenta buena parte de los gobiernos del mundo eran autoritarios. Pero a México se le consideraba un mal menor por su nacionalismo, por su preocupación social, por su capacidad de convocatoria, porque no era militar ni abiertamente sangriento. Fue en alguna época un islote de paz en medio de un mar de bayonetas.”
Pero, dice, el mundo cambio y la mayor parte de los países fueron a la democracia. Se precipitaron así las olas de la transición: durante los setenta en Europa Mediterránea (Portugal, España, Grecia), en los ochenta en Sudamérica, y después la gran abrumadora de los países de Europa del Este y de la exUnión Soviética. Así como las paradigmáticas de Filipinas, y de Sudáfrica con el rompimiento del apartheid.
Señala que “no se quería entender que en México había también una transición hacia la democracia y que su lentitud derivaba de la naturaleza de su sistema”.
Y enumera las características institucionales que le prolongaban la vida:
-El presidencialismo: que, como en ningún país del mundo, dotaba al Ejecutivo de las mayores facultades constitucionales, políticas, simbólicas y hasta mitológicas.
“Es un sistema de partido dominante capaz de transformarse a sí mismo y de articular el mando de todas las instituciones del país para dárselo en última instancia a una persona: el presidente en turno.”
-El centralismo: que impidió la autonomía de los estados y municipios en aras del control del poder y de los recursos.
-El corporativismo: que controlaba y subordinaba a las diferentes instituciones y organizaciones sociales al Ejecutivo y que se valía de dispares procedimientos: la intimidación, la conveniencia, el conflicto de intereses, la negociación y la cooptación.
-Y el patrimonialismo: que por un prolongado ejercicio del poder creo un sistema de complicidades que -con las excepciones de los chivos expiatorios sexenales: Salinas, Díaz Serrano, Hernández Galicia- protegía como una mafia los intereses creados.
“Todo a cambio de la disciplina, de la obediencia y de la corrupción. Ésta desdibujó las fronteras entre el uso del patrimonio público y del privado.
“Bueno -dice Muñoz Ledo-, éste es el sistema que debemos desmontar.”
-¿Cómo?
-Mediante una reforma constitucional. Eso permite una nueva manera de organizar las cosas, de redistribuir los poderes públicos y de establecer nuevas reglas del juego. Eso acaba con un régimen.
Así, Muñoz Ledo enumera nuevamente algunas de las propuestas sobre las que trabaja para el cambio institucional:
El centralismo se combate devolviendo a los estados sus facultades fiscales para que incrementen su participación en esta área. Hay que modificar la fracción 29 del artículo 73 de la Constitución para volver a la distribución de competencias que estaba en la Constitución del 17. Hay que devolverles a los municipios -células de la sociedad políticas y preexistentes al Estado nacional- sus facultades soberanas originales.
“De paso, ahí se resuelve el tema de las autonomías de los pueblos indígenas, que no podemos seguir prorrogando y que pueden propiciar la paz en Chiapas. Dentro de este proyecto ambicioso caben perfectamente las propuestas de los zapatistas.”
A fin de combatir el “verticalismo”, propone una “división horizontal de poderes” para que cambie  “la relación entre el Ejecutivo y el Legislativo”. Personalmente, dice, “estoy a favor de un sistema semiparlamentario de gobierno”.
Respecto del corporativismo, considera que hay que promover el cambio de relaciones entre empresarios y trabajadores y entre instituciones y organizaciones sociales, para que puedan relacionarse con absoluta libertad.
Luego hay que romper el nudo de las complicidades que propician el patrimonialismo. Eso implica, primero, un nuevo sistema de selección de personal de la administración pública; segundo, el establecimiento de un sistema de rendición de cuentas; y, tercero, el establecimiento de una Comisión de Transparencia del Congreso -ya anunciada por Fox- que analice los delitos que se han cometido contra el patrimonio de la nación.
Señala:
“El pueblo no quiere borrón y cuenta nueva. El olvido del pasado no es el precio del futuro. Necesitamos establecer una frontera clara entre las complicidades del pasado y el nuevo régimen. La trasparencia será la máxima en las relaciones con los liderazgos y con los empresarios, sobre todo con los más poderosos. Como dijo una vez el hoy presidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso: lo público debe ser cada vez más público y lo privado cada vez más privado.”
Y, entusiasmado, señala otros temas nuevos que ya están en otras constituciones del mundo y que, afirma, “pueden hacer que los mexicanos tengamos la Constitución más avanzada a la entrada del siglo XXI”: las autonomías territoriales, la democracia directa, el sistema participativo -que se añadiría al representativo, democrático y federal-, la ciudadanización de las entidades públicas, el Estado societario -que, sin ahogar la iniciativa particular, conduzca la actividad pública hacia fines consensados por la sociedad-, etcétera.

La cultura del dinosaurio

Muñoz Ledo refiere que en su trabajo de “exahustiva documentación” no parte de cero. Recuerda que en 1995, a la par de la reforma electoral, el presidente Zedillo recibió “la mejor agenda de reforma de Estado que se ha hecho en México”.
Pero en ese entonces, “él ya no quiso entrarle”, a lo mejor “porque consideró que la reforma de Estado no se podía hacer sin el cambio político”.
También dice que está recogiendo las propuestas en esa materia que durante sus campañas hicieron los candidatos presidenciales, Fox en primer lugar. Así como las ponencias de seminarios, las 730 consultas que hizo la Cámara de Diputados el año pasado y los principales proyectos de reformas constitucionales que están congelados en el Legislativo.
“Quien crea que no hay consenso nacional sobre una reforma constitucional de profundidad está equivocado. Yo mismo estoy sorprendido de lo que he encontrado”, señala.
Con todo, Muñoz Ledo dice que aboga más por una reforma constitucional aprobada por un Congreso ordinario que -como lo propuso Fox durante su campaña- por la creación de un nuevo constituyente:
“Creo que eso establece rupturas con el orden jurídico actual y significa riesgos innecesarios.”
No descarta, empero, que la propuesta de Fox pueda proceder en caso de que no existiera el consenso entre los partidos para la reforma constitucional. Entonces, dice, se tendría que convocar a un Congreso constituyente, que tendría que ser en un año.
A Muñoz Ledo se le pregunta sobre las posibles resistencias de los partidos de oposición para sumarse al proyecto constitucional que elabora.
“Hay que construir los consensos con las fuerzas políticas existentes: el PRD, los renovadores del PRI, el ala progresista del PAN.”
Y es que, señala, El PRD no podría estar en contra de propuestas que ellos han enarbolado. Allí están sus programas y los discursos de sus dirigentes. El PRD fue en algún momento el más avanzado en sus propuestas para la transición democrática. “No sería lógico que ahora se opusiera a lo que ellos mismos depositaron en la Cámara de Diputados”.
Respecto del PRI, señala que el escenario es distinto, pues ese partido se mueve entre dos grandes dilemas y en tres niveles:
Explica: “En lo estructural, están los centralistas, que giran en torno del presidente Zedillo, y los caudillistas que quieren volver al PNR: una confederación de grupos regionales bajo el mando de un caudillo. Son los Bartlett, los Madrazo, los Herrera. Y los que quieren reconstruir el partido con un proyecto moderno.
“En lo generacional, están los que todavía ven al PRI como una alianza de notables: los expresidentes, las grandes figuras. En contraparte, están los que ven la derrota del PRI como la oportunidad de abrirse a un relevo generacional.
“Y en lo ideológico, están los que ven el fracaso del PRI como consecuencia del neoliberalismo y quieren volver al nacionalismo revolucionario. Están tratando de apropiarse de la llamada tercera vía.
-¿Quién va a ganar?
-No creo que triunfen los extremos. El resultado puede ser una simbiosis y se reconstruiría el partido en torno de la idea del cambio.
En todo caso, dice, los consensos en el PRI se buscarían con los grupos que estén a favor de los cambios.
-¿Cuáles son los riesgos de esta transición?
-El mayor riesgo, como lo expresó el expresidente español Felipe González, es no aprovechar las grandes oportunidades que existen ahora. Las tenemos todas. Por eso hay que mantener y acrecentar la confianza de la población en el cambio. No hay que frustrarlo.
E insiste en que se debe fortalecer el liderazgo popular de Fox para desechar la impresión del continuismo o de que sería un presidente neoliberal.
-Pero, ¿cómo interpretar la formación del gabinete de Fox con criterios empresariales?
-Yo no le llamaría método empresarial, sino plural. Se trata de no gobernar como un grupo cerrado, como mafia. Se trata de definir un perfil y de encontrar a la persona idónea. Eso es buscar otros horizontes.
Refiere luego que las campañas en contra de Fox y su equipo responden a una cultura política: la de la intriga:
“Ése tal vez sea uno de los mayores obstáculos para la transición. Hay que entender que los adversarios no están muertos, sólo derrotados. Y que el PRI es sólo la idea de la encarnación del dinosaurio. El verdadero dinosaurio es la cultura política autoritaria no superada.”