De la ignominia a la catarsis La agonía del PRI empezó con De la Madrid, Salinas lo desahució y Zedillo lo enterró

Carlos Acosta Córdova y Guillermo Correa

Luego de la sorpresa por la derrota, en la hora del balance, de las explicaciones sobre lo ocurrido, los priístas aceptan que la muerte del PRI como partido de Estado se inició hace tres sexenios:
Miguel de la Madrid, interesado más en los equilibrios financieros, en atender más las grandes variables económicas, lo llevó “a un esquema cada vez más de maquinaria electoral y cada vez menos de partido político”.
Carlos Salinas de Gortari, en la misma línea, abusó de él, lo aprovechó para consolidar su imagen personal, sus afanes de prestigio internacional, pero lo dejó hundido en el descrédito total, por las continuas concertacesiones y, también, por los asesinatos políticos no aclarados de 1994.
Ernesto Zedillo culminó la tarea. Alejado motu proprio del partido por una “sana distancia” -que se convertía en la más estrecha cercanía cuando así convenía-, también -dicen priístas-  abusó de él, lo disciplinó a los intereses de su gobierno, que no siempre eran los mismos del PRI, y lo obligó a votar en las Cámaras a favor de medias impopulares -el aumento al IVA y el Fobaproa, por ejemplo- que, a la postre, lo encaminaron a la derrota del 2 de julio, y que tienen al presidente en la mira de los priístas: no son pocos los que quieren, desde ya, que no se le considere más el líder máximo del partido; en el extremo, otros piden su expulsión.
Y, los tres, enlazados por un mismo hilo conductor: el desprecio a los políticos y el apapacho para los tecnócratas. “A los políticos nos relegaron a cuestiones meramente instrumentales. Nos dijeron: ustedes pónganse a bailar la zandunga, les vamos a dar nuevas matracas, llenen las plazas, que nosotros vamos a gobernar. Fue un error. Los políticos trabajan en la política para gobernar, no para andar bailando con Juan Gabriel”, dice en entrevista César Augusto Santiago, secretario general adjunto del Comité Ejecutivo Nacional del PRI.

El comienzo

Este mismo político, que se reconoce como polémico -le han dicho “maestro de mapaches”, “alquimista emérito” del partido-, explica en su libro reciente Apuntes para insatisfechos, cómo con Miguel de la Madrid empezó la destrucción del PRI como partido:
“Razones y sinrazones fueron llevando al PRI a un esquema cada vez más de maquinaria electoral y cada vez menos de partido político… De la Madrid nunca entendió su amplio sentido popular y su formidable estructura revolucionaria. Decidió alejarse del PRI y dejarlo en la capacidad exclusiva de ganar elecciones. Fortaleció la administración pública, elogió la administración pública. Se equivocó.
“Él inicia una separación carente de sentido político. Presumir que el arreglo de las variables económicas, la postulación de la economía de mercado, la apertura económica y el superávit fiscal constituyen un fin en sí mismo, superior y condicionante de las variables políticas, presupone que si estas cuestiones están en orden, las cosas políticas tendrán que acomodarse bien, aun cuando el saldo popular sea de enorme pobreza, insatisfacción y desesperanza.”
Quien también fue secretario de Elecciones del PRI, cuando Luis Donaldo Colosio lo dirigía, explica que con Miguel de la Madrid “la grandeza de la nación sólo era medible en los números de las variables económicas y en la satisfacción financiera internacional y, por derivación, en la mediocre, tímida y voraz estructura financiera privada de la nación.
“Por eso su sexenio fue marcado por el gris desapego a las grandes cuestiones populares. Su sociedad igualitaria nunca pudo ser porque le faltó espíritu, sentimiento, apreciación política real.
“De ahí, el partido tomó otro rumbo. Cada vez más lejano de sus orígenes y de sus principios, cada vez más proclive al coqueteo de los financieros y a la reiteración del fin único de las variables de la economía.”
Hasta el sexenio de José López Portillo -dice César Augusto Santiago-, el PRI “fue muy eficaz también con los estratos urbanos populares, porque propuso y defendió programas claros para mejorar el abasto, redistribuir el ingreso y apoyar la educación popular con los libros de texto gratuitos, con escuelas públicas, desayunos escolares, etcétera. La principal preocupación ha sido siempre dar resultados a la sociedad, que garantizaban que el PRI, al interior, pudiera también dar resultados satisfactorios.
“De pronto, dejó a un lado la necesidad de dar resultados y de ser eficaz. Un poco por ese cambio generado en el gobierno del presidente De la Madrid, que fue quitándole la posibilidad de ser protagonista, para convertirlo en ejecutor, un poco porque, con esa disciplina vertical que está en el centro de nuestro desempeño, nunca litigó su espacio ni se preocupó por crear su propio entorno como partido que necesitaba adecuarse a los tiempos de una pluralidad competitiva, que cada vez era más evidente.”
Y las consecuencias estuvieron a la orden: Con De la Madrid se inician las derrotas espectaculares para el PRI. Al comienzo de su gobierno pierde tres importantes capitales estatales: Hermosillo, Guanajuato y San Luis Potosí. Más tarde, la capital de Durango. Luego, en 1985, la oposición le arranca varios municipios en Chihuahua -entre ellos, Ciudad Juárez y la capital-, donde habitaba 70% de los chihuahuenses. Como rúbrica, todos los candidatos priístas de Michoacán pierden en la elección federal de 1988, ante los del Frente Democrático Nacional que encabezaba Cuauhtémoc Cárdenas.
Las grandes derrotas siguieron con Carlos Salinas de Gortari. La primera, el gobierno de Baja California, en 1989, a manos del PAN y su candidato Ernesto Ruffo. Era, para Salinas, la primera “gran muestra” que daba, a México y al mundo, de sus afanes de “hombre demócrata”.
Y para eso también usó al PRI. No fueron pocos, incluso priístas, que acusaron a Salinas de aprovecharse de su partido para su lucimiento personal. El colmo fue inaugurar la era de las polémicas concertacesiones -primero, Guanajuato, luego, San Luis Potosí- que le arrebataron espacios al PRI pero que Salinas capitalizó con esa “aura” de demócrata que tanto buscaba.
Hasta de ideología quiso cambiarle Salinas a su partido. Al inicio de la segunda parte de su gobierno, en marzo de 1992 -en un aniversario más del PRI-, llegó a decir que la orientación que guiaba a su gobierno y a su partido era el “liberalismo social”, que “caracteriza nuestra idea histórica de país, y que es muy ajeno -decía- al “estatismo absorbente” y al “neoliberalismo posesivo”.
Tuvo, empero, que resistir la tentación de cambiarle el nombre al PRI. Ganas no le faltaron, según se documentó en su momento, para incluir en el nombre de ese partido la palabra “Solidaridad”, que tantos frutos le dio en imagen personal, por las acciones de su principal programa de combate a la pobreza.
De la mano de las concertacesiones, los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y Francisco Ruiz Massieu, y las incontables quejas por irregularidades en la elección federal de 1994, acabaron por hundir al PRI en el descrédito total al final del gobierno de Salinas.
Es Ernesto Zedillo, empero, quien ha hecho más por la destrucción del PRI, según los propios priístas, entre cuyas filas aumenta la irritación contra el presidente de la República. A la fecha, son 12 las gubernaturas perdidas por el priísmo; en 1997, perdió la mayoría en la Cámara de Diputados y obtuvo 6 millones de votos menos que en 1994. Ahora, desde diciembre próximo, ya no será más suya la Presidencia de la República.
La política económica del presidente Zedillo -siempre dijo que, por el bien del país, no le importaba tomar medidas impopulares, aun a costa de su popularidad- y el abandono que hizo del PRI, se conjugaron para hacer posible la derrota del 2 de julio, según priístas consultados.

El paracaidismo político

La derrota se veía venir, dice Sergio García Ramírez, fundador de la Corriente Renovadora del PRI y al término del gobierno de Miguel de la Madrid aspirante presidencial. Así como en 1997, ahora “las urnas recogieron el disgusto de jóvenes desalentados por la carencia de horizontes reales; de obreros cesantes que no hallan empleo; de trabajadores que aún conservan sus plazas, pero perciben salarios miserables; de amas de casa que miran con angustia el desvalimiento de sus familias; de pequeños y medianos empresarios que perdieron en poco tiempo el producto de muchos años de esfuerzo; de integrantes de las clases medias que se vieron empujados hacia abajo; de campesinos que carecen de tierra, trabajo y esperanza; de…”.
Coincide José Murat, gobernador de Oaxaca. Entrevistado por el corresponsal Pedro Matías, apunta: “Nosotros no fuimos derrotados por ningún partido político, sino por un movimiento nacional que se expresó en las urnas, con una figura que en este caso fue Vicente Fox, pero sobre todo se perdió porque el PRI olvidó sus orígenes”.
Sin dar nombres, Murat reconoce que en el PRI hay dos tipos de militantes, “los ideológicamente convencidos, los de principios, los militantes de provincia; y la otra, la militancia reservada, maquillada, del paracaidismo político, del amiguismo y del nepotismo. Ésta nos hizo mucho daño (porque) nos abandonó y no permitió que estuviéramos presentes en las demandas de la población, ni que los beneficios del crecimiento económico llegaran a las mesas de la clase media, de la clase media baja, y, por supuesto, nos impidió emprender una lucha a fondo contra el verdadero enemigo, que es el rezago y la pobreza, especialmente en los estados del sur y sureste de México”.
-¿A quiénes se refiere cuando habla de militancia maquillada?
-Militancia maquillada es la que llegó al PRI para buscar un puesto político, administrativo, y no tenía la convicción ideológica ni estaba formada como cuadro político, y de esos hay muchos.
-¿Quiénes?
-Por ejemplo, los tecnócratas.

La molesta distancia

En lo personal, Zedillo hizo mucho para la debacle del PRI. Empezó con la “sana distancia”, que anunció desde el inicio de su gobierno. “El presidente habló de una sana distancia, que fue distancia y cercanía cuantas veces convino. Eso fue también arte de la irritación. No gustó esa posición. Y no lo digo yo nada más, lo dijo también Francisco Labastida en campaña: irritó a los priístas esa decisión del presidente”, dice en entrevista Manuel Bartlett, dos veces precandidato presidencial, y ahora cabeza de uno de los grupos en pugna, que busca destituir a Zedillo como líder máximo del partido.
“¿Cuál sana distancia?”, dice molesto César Augusto Santiago, “si el presidente Zedillo en cinco años nos cambió de presidente del partido en siete ocasiones”. Agrega: “Es una sana distancia ‘simpática’. Cuando le convino, fue sana distancia”.
Fueron muchos los factores que propiciaron la derrota del partido, dice Manuel Bartlett, y señala algunos: durante años, se abandonó al partido, lo mismo el presidente que la cúpula de aquél. “Perdimos 10 estados y el Distrito Federal, y nunca se actuó en ellos para organizar al partido como una verdadera oposición”. También, dice, el PRI perdió su sentido ideológico: se le llevó a una posición conservadora, de conservadurismo financiero, y se le impusieron desde arriba decisiones impopulares, como las privatizaciones, el rescate de los banqueros, el aumento al IVA.
-Fue avasallado el partido. Sí es, entonces, un partido débil, un apéndice, un instrumento del gobierno, como dicen muchos.
-Es un partido del cual se abusó. Se le impuso la disciplina. Se le obligó a votar por medidas impopulares -responde Bartlett.
Completa César Augusto Santiago:
“El PRI ha cargado injustamente con una serie de errores que no le tocan al PRI, pero que tampoco lo hemos sabido explicar a tiempo: por qué defendimos el asunto del Fobaproa, al extremo en que lo defendimos; por qué nos convertimos en los guardianes del secreto bancario mal interpretado. El PRI debió haber exigido que del dinero fiscal que se empleó en el rescate bancario, en el rescate de banca Serfin, por ejemplo, se informara puntualmente su destino, que no tiene qué ver nada con el secreto bancario.
“Sin embargo, nosotros como partido no fuimos capaces de clarificar eso, nos convertimos en defensores de un grupo de riquillos que seguramente todos votaron por el PAN.”
También reclama Santiago que el presidente no haya hecho una explicación suficiente y convincente de la crisis del 94-95 y que no haya buscado una posición de acuerdo con su partido. Pero sí lo usó para resolverla, sugiere.
Peor, dice, es haber pagado los platos rotos por errores cometidos por miembros del gabinete de Zedillo que no eran priístas. “De repente nos encontramos que el primer procurador general de la República es un panista (Antonio Lozano), al que le va como en feria. Bueno, pues el PRI ni siquiera lo critica, se traga todo… a Chapa Bezanilla, a los esqueletos enterrados, a los testigos comprados. Y el PRI no es capaz de decir: señores, esto lo hizo un señor del PAN. La disciplina, pues.”
Sigue César Augusto: “El segundo procurador es un señor que se dice neutral y se le suicida el oficial mayor porque no aguanta la corrupción. Y el PRI no es capaz de decir: ‘Señor procurador, ¿no será que cuando menos hay omisión de su parte?’. Bueno, aceptamos todo. Recibimos las críticas más acerbas por cuestiones que no nos tocan, desde el punto de vista del gobierno.
“Y en el partido, pues aceptamos que nos cambien siete presidentes en lo que va del sexenio. Cada que un presidente está tratando de lograr consolidar un proyecto, inmediatamente es cambiado. Yo tengo la experiencia de la XVII Asamblea, en la que hicimos un gran esfuerzo para volver a cohesionar al partido. Salieron de esa brillante asamblea documentos que nadie criticó, que yo recuerde, aun cuando fueron discutidos en un documento base, que circuló profusamente en todo el país. Y cuando la asamblea fue un éxito, yo, en el Consejo, y Santiago Oñate, en la presidencia, fuimos relevados de la dirección. Viene Roque Villanueva. Se tiene que tragar el aumento al IVA y el Fobaproa, y de todas maneras estuvo a punto de ganar la mayoría de la cámara. El pago es que también va pa’fuera.
“Viene Mariano Palacios, un hombre inteligente, un tipo caballeroso, llegó perfectamente decidido a volver a cohesionar al partido. Empezó a ganar elecciones, empezó el partido a subir y… también lo cambiaron. Y finalmente, antes de la campaña de Francisco Labastida, entra González Fernández. Yo no puedo negarle a González Fernández el mérito de la consulta interna. Ha sido el mejor ejercicio que hemos tenido en los últimos años. Consiguió una espléndida consulta interna, pero… también lo cambió el presidente.
“Queda la impresión de que esos cambios fueron por capricho. Como si de repente el presidente se levantara y dijera: ‘¿Qué hago hoy?, pues cambio al presidente del partido’.”
Bartlett señala que en la derrota de su partido también influyeron los errores del equipo de campaña. “Se equivocaron”, dice.
-Pero usted también formaba parte del equipo.
-Claro. Yo también decía que íbamos a ganar. Yo hice en 40 días lo que se pudo. Me encontré con un partido deshecho, que nunca se estructuró en oposición, dividido, abandonado por el centro, en el derrotismo total, físicamente deprimido… así me lo encontré en los estados. Nunca hizo una función de oposición, real, organizada, apoyada. No se tocaba a los gobiernos de oposición, a los panistas o perredistas, no se les atacaba; no se les presentaba una posición de alternativa; no se comentaban sistemáticamente sus errores y sus equivocaciones o posiciones reaccionarias…
-No hubo una estrategia…
-La estrategia fue dejarlos así. Silenciar al partido. Permitirle a los gobernadores del PAN hacer lo que se les pegara la gana, sin nada enfrente. Yo fui gobernador y tuve enfrente de mí a un PAN militante, activo, al que tenía yo que responderle todos los días, durante seis años… que si este programa, que si el agua, que si esto… que estaba mal… y había que estar defendiendo nuestra posición todos los días. Si yo me hubiera equivocado en el desarrollo urbano me hubieran hecho pedazos… si yo no hubiera tenido un programa de educación, que me criticaban ellos, yo tenía que defenderlo. Ésa es la política. Ellos hacían su papel. Nosotros no lo hicimos en 10 estados y el Distrito Federal, la tercera parte del país.
Muchos errores cometieron el PRI y el presidente Zedillo a la hora de escoger candidatos, dice por su parte César Augusto Santiago, quien pone de ejemplo la candidatura de Jesús Silva Herzog para el gobierno capitalino. “Es el mejor ejemplo de cómo los tecnócratas arrasaron a los políticos dentro del partido”.
Explica: “El señor Silva Herzog es un burócrata de alto nivel que cuando debuta en la política se dedica a jugar tenis. La política es otra cosa, la política es comunicarse con la gente, entender a la gente, hacerle propuestas, transmitir sinceridad, honradez. La gente no quiere milagros, no quiere que le digan que le van a resolver todo porque al final sabe que no se puede resolver todo. Pero quiere compromisos, sinceridad, sobre todo”.
A lo largo de la semana, luego del resultado de los comicios, las baterías se fueron cargando contra el presidente Zedillo. Manuel Bartlett empujó en esa dirección.
-Cuando se habla de sustituir al presidente, aun de separarlo del partido, ¿no se está haciendo un juicio condenatorio? ¿No se le está cargando la máxima responsabilidad en la derrota?
-No, yo no creo que se le esté cargando la máxima responsabilidad. Yo creo que él es responsable de la derrota igual que todos los demás. Se perdió el gobierno, gobernamos seis años y perdimos las elecciones, éramos un gobierno priísta. El presidente Zedillo perdió las elecciones. Y las perdimos nosotros y las perdieron los gobernadores que no obtuvieron la mayoría en sus estados.
“Pero no podemos decir que el presidente Zedillo ganó. El presidente Zedillo perdió. El que haya decidido él mantenerse al margen de la campaña, por decisión personal, y no hacer lo que en todos los países hacen los jefes de Estado apoyando a su partido, fue una decisión de él. Pero eso no puede llevarnos a decir que su gobierno ganó. Era un gobierno nuestro, priísta, que perdió.”

La ira priísta

La rebeldía en contra del presidente Zedillo se hizo patente al día siguiente de la histórica derrota, y ya era de tal magnitud que la mayoría priísta frenó el “albazo” que pretendió dar -a través de Emilio Gamboa, Diódoro Carrasco, Dulce María Sauri y Esteban Moctezuma- para imponer una nueva dirigencia. Según Bartlett, el momento es tan delicado que “tenemos que dar un giro importantísimo, que es destituir al presidente de la República como líder máximo del PRI”.
Para eso, advierte, “se tiene que mantener un gran sentido de unidad interna, para evitar que se dé lo que todo mundo está esperando, que es la fractura del partido… o todo ese griterío reaccionario mundial festejando la caída y el entierro del PRI”.
Pero lo cierto es que los mismos priístas contribuyeron a eso, pues ni 12 horas habían pasado del momento en que Ernesto Zedillo reconoció el triunfo, cuando en la sede del PRI todo era agitación al trascender que Dulce María Sauri Riancho había presentado su renuncia como líder del Comité Ejecutivo Nacional, misma que no se le aceptó.
Al día siguiente, el lunes 3, en las instalaciones del PRI, la ira se fue apoderando de los más connotados priístas y se manifestó en rebelión al enterarse que el presidente Ernesto Zedillo había propuesto al exgobernador de Hidalgo, Jesús Murillo Karam.
Ante el rechazo, surgieron las propuestas de que fuera el mismo Francisco Labastida Ochoa quien quedara al frente. Sólo que esta idea, como la de que fuera Roberto Madrazo, también se rechazó.
Tres grupos sobresalían en la discusión: el de los gobernadores, encabezados por el de Tabasco, Madrazo, quienes se habían manifestado contra una designación o “dedazo” para la nueva dirigencia priísta, a lo que se sumaron, entre otros, el expresidente nacional del PRI, Gustavo Carvajal Moreno; el vicecoordinador de la diputación priísta, Rafael Oceguera Ramos, y Manlio Fabio Beltrones, exgobernador de Sonora y exintegrante del equipo de campaña del derrotado Labastida Ochoa.
La otra facción estaba por acatar la “línea” presidencial.
Una postura más fue la del grupo que pedía la permanencia de Dulce María Sauri, en tanto se convocaba a la asamblea del Consejo Político Nacional (CPN) y se tomaba en cuenta la postura de las delegaciones priístas de todo el país.
Los ataques se volvieron directos, como lo dejó asentado en una carta el mismo Roberto Madrazo, quien acusó a Emilio Gamboa Patrón, secretario técnico del CPN, de “asumir acciones que no corresponden a la gravedad de nuestras circunstancias”, así como recurrir a las “agotadas recetas e instrumentos de ayer y, más agrave aún, imponerle a las nuevas formas los viejos contenidos”.
Para el político tabasqueño lo que está en juego es la sobrevivencia del propio PRI, por lo que propuso la creación de una Comisión Nacional para la Transición representativa de las regiones, incluyente y moderna, que siente las bases de la reforma democrática integral”.
Cerca de las 22 horas del mismo martes, los ánimos priístas se habían calmado al darse a conocer que no se aceptaba la renuncia de Dulce María Sauri Riancho y que se creaba la Comisión Nacional de Reflexión.
No obstante, durante la semana siguieron los momentos intensos y de controversia entre priístas de distintos grupos, pero, sobre todo, se fueron incrementando las críticas al presidente Ernesto Zedillo. No faltó quien lo acusara de traidor por, supuestamente, alentar el triunfo de Fox y anticiparse a los priístas en declarar a aquel como el vencedor.
El presidente Zedillo sólo acertó a decir, el miércoles: “Yo he cumplido mi deber”.