La alentadora lectura de la entrevista de Raquel Tibol a Capdevila, publicada en Proceso, número 45, se convirtió, al primer estímulo, en urgente necesidad por comentar sus puntos de vista.
Nos hemos sorprendido y habrá que sorprenderse más todavía, de la ventisca del norte que ha congelado hasta la mudez a la generalidad de los productores visuales mexicanos. El mal tiempo y la íntima comodidad de la calefacción General Electric. Oscurecimiento de la conciencia, ausencia de reflexión crítica. Nos hemos sorprendido de la enorme distancia que se observa entre las preocupaciones plásticas y estéticas de la generalidad a que nos referimos y la brutal realidad de los que llevan su ladrillo bajo el brazo en el exilio o en las entrañas de nuestros países, en cada uno de los países de América Latina. Tanto en la muestra llevada a cabo en las Jornadas de la Cultura Uruguaya en el Exilio como en el Museo de la Resistencia Salvador Allende. No se discute la generosa solidaridad de los artista mexicanos sino que se intenta exponer el abismo señalado: la distancia existente entre las preocupaciones plásticas contenidas en la obra exhibida y eso que llamamos nuestra realidad cotidiana.
La política cultural –y no hay que perder de vista este problema cuando se vive en el seno de un gigantesco aparato ideológico cuya finalidad es la despolitización o mejor dicho, la “politización” del control– la política cultural, decíamos, no sólo es la concepción y el discurso, es cada uno de los actos, y el Estado mexicano no es un aprendiz sino todo un almacén de experiencias. Su política cultural –rotundamente existente– podrá ser insuficiente para los intereses de la mayoría de los artistas o productores visuales (este es el caso) y de la población, pero no, y nada nos indica lo contrario, para su concepción de las cosas. Esta política muestra, en los últimos años, toda una concepción de la cultura y del papel que, como Estado, le toca jugar ante ella. Que los funcionarios o el Estado en su conjunto, asuman esta política de manera inconsciente, sin una estructuración adecuada en sus realizaciones y concepción, y que ésta esté sujeta a las ocurrencias de tal o cual personalidad, etc., es justamente, la materialización de su proyecto para el rumbo del país y por tanto, dentro de ello, de la cultura y de las actividades artísticas y literarias.
¿No es acaso la política cultural del Museo de Arte Moderno (MAM) una parte de la materialización de la política cultural de Estado? ¿No es verdad que el MAM, en la trayectoria de los últimos años, reproduce elementos que provienen de la concepción colonial e imperialista de la cultura? ¿No ha promovido y alimentado la producción individualista subjetiva de manera más que preferencial, pero eso sí, alternada para donde sopla el viento del oportunismo? Claro, se podrá decir que en cada una de las instancias oficiales existe una autonomía, como la “autonomía” que tiene Televisa para deshacer-hacer la cultura de nuestro país.
“…El reloj que ellos usan –dice Capdevila– es el reloj del vecino, y no sólo para el arte sino también para la economía. Pero no somos pocos los artistas que sabemos lo que somos y lo que hacemos; tratamos de desentumirnos y hallaremos nuestras afinidades.”
Será mejor que caminemos por estas calles y estos campos reflexionando y discutiendo más este problema, nada ajeno al de nuestro país todo. No sólo “son los artistas quienes deben discutir las cosas”, de eso no cabe duda. Por lo pronto, además de discutir, los artistas y los productores deben pugnar por detener conscientemente las determinaciones de la producción y las de la distribución de su producto en todo momento.
Víctor Muñoz
Grupo Proceso Pentágono.
México D.F., 14 de octubre de 1977








