Del Drama del Hombre en La Casa del Lago

“Hay una palabra que nunca he oído sin experimentar una gran emoción, una gran esperanza; la más grande, la de vencer las potencias de la ruina y de la muerte que gravitan sobre los hombres; esta palabra es: fraternidad…” Paul Eluard. A partir del sábado 22 de octubre se presentan en la Casa del Lago dos exposiciones con francas diferencias de lenguaje y la común preocupación por situaciones sociales opresivas o degradantes. En una le mexicano Dimayuga (34 años de edad) ha reunido 18 pinturas sobre tela; en la otra el argentino Alberto Diez (33 años de edad) seleccionó 34 dibujos y pinturas sobre papel.
Al ver las pinturas de Dimayuga me puse a pensar en José Revueltas. En ese momento yo desconocía que José le había prometido alguna vez escribirle una presentación de catálogo. Eso lo supe después, cuando le comenté que al mirar sus cuadros José acudía a mi memoria. La muerte le impidió a Revueltas cumplir su promesa y al hacerle la presentación del catálogo yo me sentí usurpando ese lugar de identificación que ambos compartían, aunque por edades uno podía ser hijo del otro. Este pintor, como el añorado escritor no cree en el arte como un instrumento para la felicidad, y ambos lo han confesado con una sonrisa cohibida, melancólica, tenebrosamente ingenua. Dimayuga, como Revueltas, se apoya en experiencias directas para elaborar algo que no representa la realidad sino que es una respuesta muchas veces ácida, casi siempre irónica, con frecuencia dolorosa.
Es evidente que en esta manera no acomodaticia de expresarse se unen vivencias extrartísticas y proposiciones rigurosamente estéticas, aunque haya un desprecio por leyes académicas y modelos exitosos. Como seres sensibles, Dimayuga y Revueltas asumen el terrible drama de los sectores más castigados por el infortunio del pueblo mexicano. Ante la amargura de las necesidades elementales no satisfechas y de las más injustas marginaciones, ellos considerarían sacrílego utilizar el lenguaje del artista de manera celebrativa. Los dos rompen la envoltura de la complacencia predominante y dicen su protesta artística con toda la rudeza que las circunstancias de la realidad demandan, realidad que no se constriñe a las fronteras nacionales sino que abarca el conflictivo mapa de una América Latina sangrada y aturdida por entorchados milicios servidores de monopolios y jerarquías.
Mientras las galerías más prestigiadas de la ciudad de México exponen un arte pletórico de dulzuras o de computables elegancias geométricas, refrendando así su condición de tiendas que dictan modas, Dimayuga, rechazado una y otra vez por esas galerías, no aprende la lección del posible triunfo, no comercializa sus productos y sigue militando con su arte en la oposición al gusto de la clase con alto poder adquisitivo.
Prefiere que su arte recorra el poco mercantil circuito de las Casas de la Cultura y la Casa del Lago, que provoque reflexión, polémica y despierte ánimos de solidaridad frente a los desquicios de una sociedad desorganizada.
Por su parte Alberto Diez se considera un dibujante cuyo mejor medio de expresión es el blanco y negro. Invoca como maestro en ese sentido a Carlos Alonso, discípulo de Lino Enea Spilimbergo, quien cimentó una tradición vigorosa en el dibujo argentino, sin encorsetarlo en fórmulas rígidas y frustrantes. En ese dibujo hubo espacio para diversos vectores de rebelión espiritual, desde el romanticismo al expresionismo, desde el simbolismo al surrealismo.
Pero en lo trabajado por Alberto Diez en su temporada de exilio mexicano 1976-1977, los colores se vienen instalando en la superficie de los papeles de manera casi impositiva. El quisiera racionalizar su trabajo, domar con plumillas y lápices el potro de sus emociones más íntimas; pero los mecanismos psicológicos, presionados por críticos procesos sociales de tiranía, persecución y tortura, se resisten a ser dominados. La infancia, las pasiones del adulto, los sueños del adolescente, una rebelión sin programa se atropellan para proclamar que la libertad individual, fruto de la libertad común, existirá a pesar de todo.
Cobijados en el color, los signos de la realidad y la fantasía, de la experiencia y de las esperanzas, logran establecer una continuidad necesaria hoy para superar las depresiones. Cuando el opresor quiere que el daño sea irreparable, el oprimido evita las divisiones entre los soñado y lo vivido para fortalecer la eficacia de su rebelión. Como lo quiso la vanguardia surrealista, las imágenes pueden encontrar métodos provocadores capaces de desarticular (en su escala específica) el proyecto de quienes usurpan el poder. Cuando el enemigo cree que el daño es irreparable, las imágenes, con su carga ideológica referida a la libertad individual y a la libertad social, revelan una vitalidad que lucha por abrirse paso en medio de la desventura.
Al dar curso a sentimientos contradictorios, las composiciones fantásticas asumen la función de restañar heridas. Aquello que alimentaba las frustraciones cambia de signo y comienza a sustentar los procesos anímicos que servirán para encontrar ubicación y actividad en el espacio concreto de una nueva realidad. Con su instrumental gráfico variado y elocuente, dejándose arrastrar por los requerimientos de caprichosos cromatismos, Alberto Diez nos da las equivalencias simbólicas de las desventuras que entre obreros, profesionistas, intelectuales, hombres, mujeres, niños y adultos, provoca el gobierno antipopular, represivo y reaccionario que usurpa la Casa Rosada. Al asumir la angustia con plenitud, las imágenes inician un proceso liberador que abarcará a la sociedad argentina en su conjunto.
En Dimayuga hay un expresionismo sin dogma. En Alberto Diez una necesaria sobrerrealidad.