Hombre y Mujer Biónicos: la pareja dispareja

Jaimie Sommers (La mujer biónica) y Steve Austin (El hombre nuclear) son como hijos pecaminosos de algún exótico programa especial (y espacial) de la NASA. Cual aves fénix contemporáneas, ellos también alguna vez, renacieron de sus propias cenizas.
Están vinculados por casi trágico destino común. Los dos trabajaban para el gobierno de los Estados Unidos y sendos accidentes aéreos los dejaron en marcada inferioridad de condiciones. Sus patrones –tal vez como agradecimiento por los servicios prestados– les salvaron la vida, reconstituyéndolos biónicamente, con chorros de energía atómica, biones y 6 millones de dólares. De ese modo, les devolvieron la vida, los colmaron de fuerzas desconocidas y únicas, les mantuvieron la planta, les respetaron la antigüedad y, como si fuera poco, armaron un formidable éxito de la televisión mundial, con la fórmula ideal para hacer frente a la necesaria retracción de balacera, sangre y sexo.
Luego de su contacto con la cirugía, estos travestistas de la energía nuclear tuvieron que aprender a convivir con sus nuevos, envidiables atributos: poder de vuelo, fuerza sobrehumana, oído y visión a larguísima distancia, incansable e inigualado paso de carrera, saltos espectaculares, golpes y patadas demoledoras. Condiciones notables que los convierten en dos de los seres más poderosos del universo y en carta de triunfo de los Estados Unidos para jaquear a las potencias enemigas.
Jaimie y Steve parecen humanos, pero no lo son. Juegan con ventajas: son biónicos. Ella es una extenista, y ahora, en sus ratos libres se desempeña como maestra. El, es un coronel de carrera, al que los biones le dieron todo, menos la posibilidad de evitar una úlcera molesta y a veces dolorosa. El jefe de ambos se llama Oscar Goldman (literalmente, hombre de oro), quien a su vez depende “del Secretario de Defensa”. Todos trabajan para la O.S.I., un organismo cuya sede esta situada a pocos metros de la Casa Blanca, en Washington. La tal O.S.I. –un sigla de tres letras igual que la CIA– defienden la seguridad de los Estados Unidos y, por extensión, de Occidente todo. Detrás de un aparato telefónico, no casualmente de color rojo, el sereno Goldman atiende, una tras otra, las emergencias.
Cada vez que las fuerzas “enemigas” han avanzado demasiado en su intento permanente de destruir a los Estados Unidos  la pareja biónica es demandada para auxiliar la seguridad del Estado. La amenaza puede provenir de cualquiera de los numeroso y prepotentes intrusos que representan a la figura del invasor.
Puede ser un desconocido. Un monstruo de otro planeta. Una burda imitación de King Kong. Un infiel que alguna vez desertó de la O.S.I. (sí: existen esos ingratos) y corrió a vender sus secretos a mejores postores. Pueden ser apátridas; o el converso que regresa del “infierno” con tardías lágrimas de arrepentimiento y hasta uno de esos mercenarios que por sus ambiciones desmedidas puso en peligro la continuidad del mundo entero. Los enemigos no saben de patria, ni de ideales democráticos, ni de sistemas que respeten e identifiquen.
Cada capítulo cuenta el incidente que uno de los integrantes de la pareja tiene contra monstruos de semejante calaña. Salvo cuando se repiten los capítulos (un azar bastante frecuente en los últimos tiempos) no se conocen los finales, aunque no resulte difícil intuirlos. De todos modos –como buenos occidentales y mejores televidentes– confiamos casi ciegamente en que ellos podrán. Siempre.
Los rivales del dúo y de la gran potencia, aparecen siempre en la vitrina del ridículo. Finalmente, son débiles hasta en su personalidad de traidores o malditos. En algunas ocasiones sus rostros tuvieron rasgos orientales y en muchos más casos el acento del doblaje los identificaba como provenientes de algún gris sitio de Europa Central. La serie no utiliza simbolismos cuando quiere mostrar el objeto de sus ataques. El fantasma del comunismo está presente en cada uno de los personajes malos: guerrilleros barbudos de algún país sudamericano (¿Brasil? tal vez, porque, en un momento, ese capítulo se desarrollaba en Sao Paulo); pequeño país árabe, fuete en petrodólares; chinos; rusos.
Los creadores de la parejita nuclear bebieron de la historieta par perfilar la personalidad de su muñecos. En cada paso biónico se reconoce vestigios de pasados super-hombres y super-mujeres. Los esquemas argumentales son tan simples y previsibles que hasta echan un airecillo de ingenuidad. En los capítulos no hay muertes violentas; ¿para qué?: en última instancia los enemigos sólo son gente equivocada. A la que se puede ayudar. O entender. Austin, aparte de biónico, es hombre, por tanto inteligente y casi sabio.
Ella, como mujer, no sabe tanto. Es biónica pero también bella, y con eso basta. En tales condiciones el concepto de los personajes tiene algo de encantador, en especial el de la mujer. Acaso porque Lindsay Wagner sea una profesional más eficiente que Lee Majors. Las historias tienen una clara dirección política, pero carecen por completo de erotismo: excepcionalmente, una que otra mirada insinuante y la permanente suposición de que entre Jaimie y Oscar hay algo más que admiración profesional. La vestimenta cibernética de la serie no siempre se logra y en ocasiones, es tan corriente como la iluminación de una feria de diversiones. Cuando el lenguaje se pone supuestamente técnico, de tan especializado se vuelve inentendible.
Hoy por hoy, casi todos los chicos mexicanos que ven televisión se sienten biónicos cuatro o cinco veces al día. Corren como en cámara lenta; imaginan que arrancan de cuaja la puerta del elevador; pegan saltos tan altos como sus piernas se lo permiten; meten a sus padres en el juego y les exigen que caigan pesadamente cada vez que ellos extienden su puño hacia adelante.
Esta fantasía omnipotente no es privativa del mundo infantil. No hace mucho, una encuesta admitió que la serie ofrecía a los adultos norteamericanos, nuevos elementos de autoafirmación, en el costoso proyecto de seguir siendo el más grande y seguro país del mundo.
Es curioso. En una época en donde cada vez cuesta más ser un hombre simple pero íntegro, resucitan modelos de personajes invencibles, entrenados en la filosofía de conseguirlo todo. Supermán, James Bond, Kun Fu, los biónicos. De este modo, los buenos, honestos y simples ciudadanos encontrarán dificultades cada vez que quieran transmitirle a sus hijos valores como a fuerza interior, la templanza, la posibilidad de ir despacio pero arribar seguro.