Jack Ford y el miedo de las tortugas

Jack Ford, hijo del expresidente de Estados Unidos, aguardó en vano 10 días la anunciada espectacular arribazón de tortugas a las playas oaxaqueñas, entre Puerto Angel y Puerto Escondido. A punto estuvo de pasar las noches a la intemperie, pues las reservaciones que había hecho en el hotel fueron canceladas para hospedar al gobernador Eliseo Jiménez Ruiz, al director del Departamento de Pesca, Fernando Rafful Miguel y decenas de funcionarios y empleados más, que visitarían la zona para observar las labores de “conservación” de la especie, aunque al día siguiente de los actos oficiales desaparecieron tortuguitas y empleados de los estanques y toda la tramoya montada para el caso.
Llegó Ford con 30 cajas de equipo de filmación, fotografía y sonido, submarino y terrestre, para filmar, con la prodigiosa destreza de Stan Waterman, la vida, arribazón, desove, matanza y aprovechamiento de las tortugas golfinas.
Siete horas había esperado Ford en el aeropuerto de Acapulco para que se autorizara la entrada del equipo. Once hombres integraban el grupo de filmación-grabación.
Y las tortugas no llegaron entre el 3 y el 12 de octubre, como se anunciaba –las anteriores arribazones fueron en agosto 15 y el 7 de septiembre.
No arribaron los quelonios, quizás, porque ahora mismo los pescadores de siete cooperativas –que tienen autorización para sacrificar 70.000 tortugas–, matan a estos animales en el mar mismo, en época en que las hembras están cargadas de huevos, los que son extraídos y puestos a incubar en cajas de poliuretano.
Todo esto narra Juan José de la Vega, director de la Sociedad Cosmográfica Mexicana, y seguramente saldrá publicado en la revista de Jack Ford, Outside, –con 200,000 ejemplares– la que ha dado preferencia a temas de protección ecológica.
El año pasado, nos dice Juan José, se autorizaba a los pescadores a matar hasta 40,000 tortugas, de esas que por centenares de miles han llegado tradicionalmente a la playa de La Escobilla, en un espectáculo quizás ya único en el mundo. Este año se autorizó la matanza de 70,000.
“La verdad es que uno de los expertos reconocidos mundialmente, M. Hendrickson, en Oaxaca, informó que cuando se mata a la tortuga `cargada’, el 20 por ciento de los huevecillos mueren al ser sacrificado el animal, y otro 40 por ciento de los huevos ya no se logran incubar en medios artificiales”, explica De la Vega.
¿Cuántas tortugas quedan en esa parte del Pacífico? –extinguidas casi ya de los mares de Baja California, Sonora, Sinaloa, Nayarit, Jalisco, Michoacán y Guerrero–. Nadie lo sabe, pero hace unos años había 10 veces más tortugas en la playa y los días de desove no se podía caminar por allí.
En temporada de “veda”, este año han sido sacrificadas unas 37,000 tortugas. Y todas son industrializadas en la fábrica de Antonio; piel, carne, aceite, gelatina se aprovecha; el caparazón y el cráneo se ponen a secar durante semanas y luego son molidos para obtener fertilizante; es decir, no queda evidencia alguna del número de animales sacrificados.
Esto, sin contar el jugoso contrabando de huevos de tortuga. En una sola noche, las hembras pueden enterrar un equivalente a 30 millones de pesos en huevos. Hay varios lugareños en la cárcel por recoger ese producto; hay quien puede reunir hasta 4,000 huevos en unas cuantas horas –el precio es de tres pesos por pieza, al menudeo–, y aunque perros, cerdos, aves y otros animales buscan los huevos de tortuga como suculento manjar, “el mayor depredador es el hombre” nos dice De la Vega.
Calcula él que las 70,000 tortugas que se autoriza matar producen cerca de 80 millones de pesos y sólo uno por ciento de esa cantidad, si acaso, se dedica a la preservación de la especie.
Mientras no se desarrolle en tierra otra actividad para cientos de lugareños, que ven en la caza de la tortuga y la recolección de huevos su única posibilidad de ingreso, hay peligro de extinción de la especie. Lo que se observa hoy es que las tortugas tienen miedo; la falta de ordenación en el sacrificio las ahuyenta, las diezma, y ahora se trata de suplir los vientres de las hembras por cajas de material sintético.