Benjamín (Alden Ehrenreich) trabaja de marinero en un barco, y durante una escala en Buenos Aires decide buscar a Angelo, el hermano mayor perdido que abandonó el nido familiar diez años antes; para su sorpresa, todo ha cambiado, hasta el nombre: ahora se hace llamar Tetro (Vincent Gallo). Querer desentrañar la misteriosa y hostil actitud del hermano abre viejas heridas en un lento descenso hacia la noche.
Francis Ford Coppola carga el estigma de haber sido autor de dos clásicos de la historia del cine; basta que se le ocurra hacer otra película para que la crítica le refriegue no estar a la altura de la trilogía de El Padrino o de Apocalypse Now. Pero mucho mérito tiene el septuagenario Coppola experimentando y arriesgando su prestigio en un trabajo escrito y dirigido por él mismo; algo similar le ocurrió a Orson Wells. La diferencia es que Coppola puede darse el lujo del cinismo: “Al contrario de Wells, yo soy rico; en el negocio de vino me va muy bien”.
Tetro (Estados Unidos-Argentina-España-Italia; 2009) es una obra manierista, inclasificable tanto a nivel visual como narrativo; juega con la tragedia griega pero se resuelve como melodrama, el presente ocurre en blanco y negro, la memoria y los flashbacks en color, el jazz y la milonga bailan alrededor de la música de Osvakdo Golijov compuesta para la película.
Hijos de un gran músico, Bennie y Tetro piensan en música sinfónica y recuerdan en colores saturados como los de Las zapatillas rojas (Michael Powell); entre más respuestas se dan entre los hermanos, surgen más preguntas. El desenlace es previsible porque Coppola no pretende, por supuesto, mantener el suspenso y la excitación del thriller, como ocurrió en La conversación (1974); un realizador que obligó a Al Pacino a repetir 400 veces una escena conoce la mecánica del drama; en Tetro lo que busca a cada momento es el efecto operático, la grandilocuencia de las emociones que ocurren en la intimidad de las familias, los impactos sentimentales del drama lírico de La Scala. De ahí el supuesto deslizamiento desde la intimidad en el departamento de La Boca, con tensión incestuosa entre Bennie y Miranda (Maribel Verdú), la novia de Tetro, hasta los excesos operísticos del viaje a la Patagonia.
No puede pasarse por alto que Tetro es el Happy Together de Coppola, las referencias a Wong Kar-wai son tan claras como las de Tennessee Williams o Federico Fellini. Ahí está la carga emocional de los cambios del blanco y negro al color; el barrio de La Boca, sus cafetines y esquinas, marco de extrañamiento emocional y mental de un par de parias; el tiempo acelerado de la cámara fija en la toma del obelisco en la Plaza de la República, metáfora del paso del tiempo que Wong copia de Rumble Fish y que Coppola recicla para su propio tango bonaerense. Está sobre todo el viaje a la Patagonia, la ilusión del faro del fin del mundo donde se olvidan las penas, donde el director comete el improperio de sacarle la lengua a la crítica con la farsa de Alone (Carmen Maura), la juez suprema del mérito artístico.








