“Madama Butterfly”

Madama Butterfly (1904) es la última de las óperas de Giacomo Puccini (1858-1924) que conforman su famosa trilogía juvenil (junto con La Bohemia y Tosca), todas con libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa. Es muy difícil inclinase por una de las tres, pero sin duda Butterfly es delicadísima y muy conmovedora.

Basada en un hecho real, los personajes, al ser novelados primero y transportados a la ópera después, se alejan bastante de los sucesos reales. Butterfly, por ejemplo, no se suicidó, murió a edad avanzada en Japón y su hijo permaneció siempre a su lado.

Para componer esta ópera, Puccini investigó a fondo las tradiciones de Japón, música y costumbres, y logró en Madama Buterffly un increíble sincretismo musical ítalo-japonés.

Esta joya de la lírica mundial se presentó la semana pasada en Bellas Artes, con un elenco formado por artistas mexicanos dirigidos por el búlgaro Ivan Angélov, a quien de plano no se le ven los méritos que lo hacen ser invitado a la Ópera de Bellas Artes con demasiada frecuencia; mil veces por encima están nuestros compatriotas Patrón de Rueda, Fernando Lozano o Enrique Diemeke. Angélov sólo cumplió, pero jamás tuvo un momento de genialidad musical como para recordarlo. Los cantantes no quedaron nada contentos con su desempeño en el podio… jamás les dio una entrada. No obstante la música salió  más  que  decorosa.

Violeta Dávalos, quien encarnó a Butterfly, superó todas las expectativas; fue de los pocos cantantes que realmente actuaron, además de cantar notablemente, y se convirtió en la única en todo el elenco que tenía algo de nipón en su histrionismo, en una obra donde todos los personajes son japoneses excepto el teniente Pinkerton, su esposa estadunidense y el cónsul Sharples.

La puesta en escena de Juliana Faesler, muy floja: carente de verdad escénica, con un trazo muy elemental y los personajes desdibujados tanto por su maquillaje como por su vestuario y bajísima energía actoral; absurdas teatralmente casi todas las escenas, desperdiciado el espacio escénico, y risible el final de “búsqueda” con un Pinkerton viejecito en silla de ruedas que emerge del piso cantando su célebre  “Butterfly,  Buterfly” luego de lo cual se vuela los sesos de un pistoletazo. ¿Está dentro de las atribuciones de un  director escénico el cambiar el final de una obra maestra como ésta? Me parece que no, no aporta nada y contraviene lo escrito por los autores para el cierre de la obra. A Juliana Faesler la admiramos por su fantástica puesta en escena de La Cenerentola de Rossini el año pasado. La escenografía, aunque bella, infuncional y desaprovechada, acentuada por una pobre iluminación.

El experimentado barítono Jesús Suaste, intérprete de Sharples,  estuvo  emotivo y adecuado vocalmente. Asimismo Gerardo Reynoso (Goro) pero su vestimenta, actuación y maquillaje no parecía en lo absoluto la de un japonés. De maravilla el tenor José Ortega como Pinkerton, voz lírica con una cualidad metálica, segura y con agudos firmes y brillantes, pero poco convincente en su actuación. Encarnación Vázquez aportó calidad y emoción al personaje de Suzuki. Muy buenas voces las de los barítonos secundarios Octavio Pérez (Yamadori) y Oscar Velázquez (Bonzo).

De nuevo la música y el canto salvan la situación y hacen de estas funciones un éxito de la Ópera de Bellas Artes.