San Ildefonso: el peor museo de la ciudad

Por la irrespetuosa atención que tiene con el público asistente, el Antiguo Colegio de San Ildefonso se impone como el peor museo del Distrito Federal.

Perteneciente a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y financiado a través de un mandato tripartita en el que participan el Gobierno de la Ciudad de México, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) y la UNAM, además de la indiferencia ante la misión educativa que debe tener un museo público y universitario –en el recinto no hay información gratuita o cédulas que expliquen el valor histórico y artístico, tanto del emblemático inmueble como de las exposiciones temporales–, San Ildefonso se distingue por los gritos de sus custodios.

En lo que corresponde a la atractiva muestra de nueve esculturas del australiano Ron Mueck que se presenta actualmente, la experiencia museística que ofrece San Ildefonso es indignante y deprimente: el pasado martes 27, después de esperar más de una hora para entrar al recinto, numerosos jóvenes de secundarias y preparatorias públicas, además de no poder ver adecuadamente las piezas por las restricciones museográficas, tuvieron que aguantar gritos y regaños por tratar de mirar y disfrutar las obras expuestas.

Concebida, curada y gestionada por el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO), la muestra original formó parte de las celebraciones por el vigésimo aniversario de la institución. Integrada por 11 piezas realizadas entre 2000 y 2009, en formatos desde muy pequeños hasta monumentales, la selección se configuró como una pequeña síntesis de la propuesta del autor que, aun cuando reducida, se mantiene en la versión de la Ciudad de México.

Perteneciente al contexto de los Jóvenes Británicos que durante la pasada década de los años noventa sobresalieron por la espectacularidad de sus poéticas, Mueck se caracteriza por la creación de esculturas hiperrealistas que presentan importantes y expresivas circunstancias de vida. Realizadas en materiales sintéticos con una imperceptible fusión de trabajo escultórico y pictórico, sus obras inciden en el misterio de la existencia, en su transcurrir desde el nacimiento hasta la muerte. Perturbadoras por la magistral ambivalencia entre la seducción del ilusionismo realista y la evocación de algo que no se ve pero que es esencial, reconocible y angustiante, las esculturas adquieren un protagonismo especial debido a la alteración de las dimensiones reales: un bebé pequeñísimo, una mujer gigante.

Discretas en su relación con dimensiones religiosas y mitológicas, las esculturas de Mueck deben ser explicadas y vistas de cerca. Alejados con gritos para que se mantengan a un metro de distancia –lo cual impide analizar el ilusionismo realista–, los jóvenes que asisten el único día que San Ildefonso ofrece la entrada gratuita difieren mucho de los jóvenes privilegiados que, el día de la inauguración, se acercaron a sólo algunos centímetros de las esculturas. ¿Será acaso que la difusión artística en la UNAM es elitista?