Muerte en la ruta del Pacífico

Por evitar la persecución, así como las extorsiones y las masacres que padecen en la ruta del Golfo de México a manos de autoridades y delincuentes, cada día más grupos de migrantes indocumentados intentan llegar por la ruta del Pacífico, que pasa por Jalisco. Aquí los esperan sus eternas compañeras: la desilusión, el hambre y la muerte.

Por temor a ser víctimas del crimen organizado, muchos de los migrantes indocumentados que antes buscaban llegar a Estados Unidos por la vía del ferrocarril que bordea el Golfo de México o atravesando el centro del país, ahora se aventuran por la ruta del Pacifico, según testimonios recabados por Proceso Jalisco.
La simple mención de Los Zetas y sus sanguinarios crímenes contra los viajeros provocan el pánico y el silencio en estos esforzados buscadores de empleo que atraviesan territorio tapatío. “Yo de eso no le puedo hablar nada, usted discúlpeme, pero es peligroso hablar, es muy arriesgado decir cualquier cosa”, dice al respecto Carlos Cruz, de 22 años y originario de Cali.
“Yo vengo de Colombia y usted no sabe, pero el camino es muy largo, muy peligroso. A mí ya me robaron en esta ocasión”, aclara con la mirada clavada en su playera roja.
Otro indocumentado, Juan Díaz Martínez, proviene de Tegucigalpa, Honduras, y es la primera vez que cruza México por esta ruta. “Mi primer objetivo es llegar a Tijuana; después, si Dios me presta la vida, voy a brincar para el otro lado hasta San Francisco. Conozco el peligro que hay, pero estoy buscando un futuro mejor, porque está cabrona la vida en mi pueblo. Lo malo es que tengo ya mes y medio en este viaje y voy a menos de la mitad; esta vía es mucho más larga que la otra”, dice.
Adela Estrada Castañeda es un ama de casa de la colonia Pueblo Quieto, de Guadalajara. Vive a unos 10 metros de la vía del ferrocarril y desde hace varias décadas proporciona ayuda a los migrantes en tránsito. Según sus cuentas, el número de centroamericanos y de mexicanos del sur que pasan por aquí en su trayecto hacia Estados Unidos se ha incrementado en una tercera parte durante los últimos años.
Opina que las noticias sobre los asesinatos masivos cometidos en Tamaulipas y otros estados contra los grupos de migrantes han influido para que cada vez más de ellos prefieran este camino. “Nosotros les decimos los trampas, pero son los migrantes. Yo lo que le puedo decir es que cada año aumenta el número de personas que viajan así. Para mí es muy desgarrador ver que arriba del tren de carga en ocasiones van el padre, la mamá, los niños y hasta algunos bebés”.
Admite que a últimas fechas Pueblo Quieto se ha convertido en una estación de embarque para que mucha gente, ya sea de Jalisco o de otras entidades del occidente de México, aborden el ferrocarril conocido como La Bestia para avanzar hacia Estados Unidos.
“Aquí es medio peligroso –describe– porque a cada rato conocíamos nosotros de accidentes de personas que el tren arrastraba o les cortaba las piernas al tratar de subir.”
Señala que la organización civil FM4 Paso Libre se dedica a conseguir recursos para comprarles prótesis a los migrantes que pierden alguna extremidad en esta forma. “Yo recuerdo que, recientemente, a una muchacha que perdió una de sus piernas, los de FM4 le compraron su prótesis. Después supimos de otro joven que también lo arrastró el tren y quedó inválido. Él cayó, se golpeó la columna y eso le provocó que quedara inválido; ellos consiguieron una silla, juntaron dinero y lo mandaron a su pueblo, en Honduras”.
Patricia Ventura, quien tiene su domicilio en la calle Inglaterra, Sector Juárez de esta ciudad, también en Pueblo Quieto, afirma que en los últimos meses incluso aquí ha disminuido el número de trampas, afectado por la inseguridad. Afirma que la mayoría de ellos procede de Honduras, El Salvador, Guatemala y Colombia, o de estados sureños, como Chiapas, Oaxaca o Guerrero.
“Nos dicen que si se les puede regalar un poco de agua para tomar o para lavar sus ropas, y la verdad, cuando se puede yo misma les lavo, pero cuando no, les doy agua y les presto mi lavadero y ellos mismos tienden sus prendas ahí a un lado de la vía, en los tendederos que tenemos enfrente”, cuenta la señora. Sin embargo, dice que otros vecinos les cobran 30 pesos por dejarlos bañarse o por algo de comer. No es el caso de doña Patricia:
“Yo no les cobro. Aquí vivimos modestamente; mi esposo junta cartón para sobrevivir, yo barro calles y de eso sacamos dinero. Hay veces que vienen a ver si se les prepara algo de comer y yo les cocino frijoles o huevitos revueltos… yo no les pido nada.”
Le ha tocado también ayudar a los migrantes con curaciones menores por caídas o arrastradas del tren: “A últimas fechas usted ve que bajan muchas muchachas del tren. A veces llegan todas golpeadas porque no alcanzan a subirse, y yo las dejo dormir en este tejabán. A uno le da mucha tristeza porque uno también es padre… Les doy cartones y les presto cobijas para que pasen la noche”.
La señora recuerda que a unos cuantos metros de su vivienda, hace tres o cuatro años, falleció un jovencito hondureño que cayó bajo las ruedas del tren y casi quedó partido en dos:
“Nosotros corrimos para ayudarlo. Nos pedía un poco de agua, pero no se alcanzó a salvar. Tenía sus tripitas de fuera y así lo levantaron los paramédicos. En el lugar donde falleció no existe ni siquiera una cruz. Lo digo porque soy católica y una siempre piensa en la familia cuando se trata de ese tipo de cosas tan graves.”
Acosados

Un migrante, que pide mantenerse en el anonimato, dice en entrevista que antes viajaba por el rumbo de Veracruz y Nuevo León, pero que a raíz de los crímenes contra indocumentados optó por probar suerte en la ruta del Pacífico.
“De todas maneras aquí ya me han asaltado dos veces. Además uno tiene que enfrentar a policías corruptos, aguantar el frío de madrugada, la sed y el hambre. Casi no tienes dónde bañarte y menos un sanitario. Hay veces que pasas hasta semanas enteras sin una ducha; incluso, uno de mis amigos aguantó tres semanas o cerca de un mes sin bañarse y la verdad nos apartábamos de él porque olía a puro mono.”
En Guadalajara son pocas las oportunidades de los migrantes para recibir atención. Por eso es importante la labor de la asociación FM4 Paso Libre, que entre otros servicios les ofrece comida diariamente en el número 280-B de la calle Inglaterra, cerca de donde estaba la vieja estación del ferrocarril.
En un recorrido por la zona, el reportero observó a más de una docena de indocumentados en espera de alimentos desde antes de la 16:00 horas. Afuera del comedor, tres personas esperaban la llegada de los integrantes de FM4 mientras ingerían alcohol o inhalaban de una estopa mojada con Tonsol.
Ahí mismo, un hombre a quien le decían El Venado, se quejaba del ataque de un perro callejero que, según él, se llamaba El Tamarindo. Mientras enseña las heridas a la altura de la entrepierna –en una se alcanzó a ver la pus a pesar de que la cubría con gasa y venda– trata de quitarle importancia al incidente: “Ya casi me alivio. La verdad es que el animal me agarró de mis genitales, pero alcancé a abrirle el hocico con las manos y evité que me hiciera daño en mis partes”.
Por su parte, los responsables del comedor popular FM 4 no quisieron dar sus opiniones ni datos sobre el servicio que prestan. Argumentaron que no hay entrevista sin cita previa.
No obstante, en un estudio sobre migración realizado por académicos de Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) y FM4, que se presentó a principios de este año, se indica que cada día pasan por territorio tapatío al menos 20 indocumentados.
También se confirma que la cifra tiende a crecer por la ola de violencia de la delincuencia organizada contra los grupos que toman la ruta del Golfo y del centro del país. Pero no se libran de riesgos: el estudio –desarrollado dentro del Programa Institucional Derechos Humanos y Paz– establece que 70% de los que utilizan la ruta del Pacífico padece violaciones a sus derechos humanos en el recorrido, que en promedio dura más de 22 días.
Jean Papail, investigador de la Universidad de Guadalajara, asegura que desde 2007 los flujos migratorios hacia Estados Unidos tienden a bajar por los férreos controles fronterizos, la crisis que golpea a Estados Unidos y la consecuente falta de empleo. Por lo mismo, comenta el académico, se observa una reducción de 20% a 30% en las remesas que se envían a México, cuyo monto total oscilaba entre 5 mil y 15 mil millones de dólares.