Terrorismo anunciado

Las agencias de seguridad e inteligencia de Estados Unidos tenían suficientes datos e indicios de que Al Qaeda preparaba atentados en su territorio. Pudieron evitarlo. Pero cometieron errores y omisiones y se enfrascaron en sordas disputas burocráticas. Ello es descrito con detalle por el periodista Lawrence Wright en el libro La torre elevada, ganador del Premio Pulitzer en 2007 y cuya versión en español fue publicada por Random House Mondadori. Con autorización de esta editorial, Proceso reproduce fragmentos sustanciales.

En los tres años transcurridos desde que (en 1996) Jaled Sheij Muhammad (autor intelectual de los atentados al World Trade Center en 1993 y quien vivió en Estados Unidos) le había propuesto a Bin Laden su “operación de los aviones” en una cueva en Tora Bora (Afganistán), Al Qaeda se había dedicado a elaborar un plan para atentar en territorio estadunidense.
La idea de Muhammad consistía en realizar dos tandas de secuestros aéreos: cinco aviones procedentes de la costa este y cinco de Asia. Nueve aviones se estrellarían contra objetivos bien seleccionados, como la CIA, el FBI y centrales nucleares. El propio Muhammad pilotaría el último avión. Después de matar a todos los hombres que hubiera a bordo, haría una declaración de condena de la política de Estados Unidos en Medio Oriente; finalmente aterrizaría y dejaría libres a las mujeres y los niños.
Bin Laden rechazó esta última idea, pero en la primavera de 1999 convocó a Muhammad en Kandahar y le dio su visto bueno para poner en práctica el plan.
Unos pocos meses después, Bin Laden, Jaled Sheij Muhammad y Abu Hafs al Masri (comandante militar de Al Qaeda) se reunieron en Kandahar para seleccionar posibles objetivos. Aquellos tres hombres eran los únicos implicados. Su propósito no era sólo infligir un daño simbólico. Bin Laden creía que Estados Unidos, en tanto entidad política, podía ser destruido (…) Era natural, por tanto, que Bin Laden deseara atentar contra la Casa Blanca y el Capitolio. El Pentágono también figuraba en su lista. Si lograba destruir la sede del gobierno de Estados Unidos y el cuartel general de su ejército, el desmantelamiento real del país dejaría de parecer una fantasía.
Muhammad propuso el World Trade Center, que su sobrino Ramzi Yusef no había logrado derribar con el atentado perpetrado seis años antes. También barajaron atentar contra la torre Sears en Chicago y la torre Library (ahora llamada torre del US Bank) en Los Ángeles. Bin Laden decidió que el ataque contra las ciudades estadunidenses de la costa oeste podía esperar.
Disponían de poco dinero, pero contaban con mártires voluntarios de sobra. Cuando el plan consistía únicamente en hacer explotar los aviones en pleno vuelo no eran necesarios pilotos calificados, pero una vez que la idea evolucionó hasta adoptar su brillante forma definitiva, se vio claro que para la operación de los aviones hacía falta un grupo disciplinado y con unas capacidades que se tardan años en adquirir.
Bin Laden seleccionó a cuatro de sus hombres de más confianza para que participaran en la operación, pero ninguno de ellos sabía cómo pilotar un avión ni hablaba inglés, un requisito obligatorio para obtener una licencia de piloto. Además, ninguno de ellos había vivido en Occidente. Muhammad intentó darles clases. Les enseñó frases en inglés y recopiló folletos de escuelas de vuelo estadunidenses.
Practicaban con videojuegos de simulación de vuelo y estudiaban películas de Hollywood donde aparecían secuestros aéreos, pero la distancia entre las aptitudes de aquellos hombres y la grandiosidad de su misión debía resultar descorazonadora.
Nawaf al-Hazmi era uno de ellos. Había llegado a Afganistán en 1993, cuando tenía 17 años. Era corpulento y tenía una sonrisa fácil y atractiva. Su padre era un rico comerciante de La Meca. Su amigo de la infancia, Jaled al-Mihdar, pertenecía también a una importante familia de La Meca. Siguiendo el ejemplo de Bin Laden, estos dos jóvenes y ricos sauditas habían combatido juntos en Bosnia y más tarde con los talibanes contra la Alianza del Norte (…)
Puesto que eran ciudadanos sauditas, tanto Hazmi como Mihdar consiguieron con facilidad visados para entrar en Estados Unidos. Ni siquiera los tuvieron que solicitar en persona. La situación de los otros dos futuros secuestradores era muy diferente, ya que ambos eran yemenitas. Las autoridades de inmigración creían que los yemenitas eran mucho más propensos a desaparecer en la clandestinidad cuando llegaban a Estados Unidos, por lo que les denegaban sistemáticamente los visados.
Frustrado por la imposibilidad de introducir a todos sus hombres en Estados Unidos, Bin Laden los envió al sudeste asiático para analizar la posibilidad de ejecutar el plan de Muhammad de simplemente hacer explotar los aviones estadunidenses en pleno vuelo. En aquel momento, el gran proyecto de atentar en suelo estadunidense parecía archivado.
Fue entonces cuando Muhammad Atta y sus amigos (Ramzi Bin al Shibh, Ziad Yarrah y Marwan al Shehhi, conocidos como los “cuatro de Hamburgo”) se presentaron por primera vez en Afganistán. Llegaron de manera escalonada a lo largo de las dos últimas semanas de noviembre (1999). Abu Hafs los caló de inmediato: cultos y con formación técnica, con un dominio del inglés que variaba entre elemental y alto. No necesitaban que nadie les explicara cómo se vive en Occidente. Los visados no serían un problema. Bastaba con que aprendieran a pilotar aviones y estuvieran dispuestos a entregar su vida.
Cuando llegaron Bin al Shibh, Atta, Yarrah y Al Shehhi les dijeron que los habían elegido para una misión secreta y desconocida. Los cuatro fueron invitados a un banquete de Ramadán con el propio Bin Laden. Conversaron acerca de los talibanes y Bin Laden les preguntó por las condiciones de vida de los musulmanes en Europa. Entonces les informó que serían mártires.
Encuentro en Malasia

Ahora había dos comandos diferentes para la operación de los aviones, rediseñada a gran velocidad, y cada uno de ellos debía perpetrar un gran atentado. Los miembros de la célula de Hamburgo (comandados por Atta) declararon que habían perdido sus pasaportes o que se los habían robado, para ocultar que habían viajado a Afganistán.
Mientras tanto, los cuatro hombres que habían sido seleccionados inicialmente para la operación viajaron a Kuala Lumpur. Además de Jaled al-Mihdar y Nawaf al-Hazmi había dos yemenitas: Abu Bara y Tewfiq bin Attash, que adoptó el nombre de Jallad.
Jallad era otro personaje esquivo pero muy significativo de Al Qaeda. Tenía una prótesis de metal en lugar de la pierna derecha, que había perdido luchando contra la Alianza del Norte de Ahmed Sha Massud. Aunque había nacido en Yemen, había crecido en Arabia Saudita y conocía a Bin Laden desde la infancia. Había participado en los atentados de las embajadas y en el intento fallido de volar el USS The Sullivans en el puerto de Adén, y sería el cerebro del atentado contra el USS Cole 10 meses más tarde.
A finales de 1999, Jallad telefoneó a Mih dar y lo convocó a una reunión en Kuala Lumpur. Aquella sería la única vez que estarían juntos los miembros de los dos comandos. La Agencia de Seguridad Nacional (NSA) grabó una conversación telefónica del suegro de Mihdar, Ahmad al-Hada, en Yemen –el teléfono que Al Qaeda utilizaba como tablón de mensajes–, en la que se mencionaba la futura reunión en Malasia, además del nombre completo de Jaled al-Mihdar y los nombres de pila de otros dos participantes, Nawaf y Salem. Gracias a ese mismo teléfono, la NSA disponía de información suficiente para saber que el apellido de Nawaf era Hazmi, pero la agencia no consultó su propia base de datos (…)
Por otro lado, la CIA ya tenía los nombres de Mihdar y Hazmi. Said Badib, el principal analista del príncipe Turki (jefe de los servicios secretos sauditas) ya había alertado a sus colegas estadunidenses en una de las reuniones mensuales que se celebraban en Riad de que aquellos hombres eran miembros de Al Qaeda.
Con esta información, los agentes de la CIA irrumpieron en la habitación del hotel en que se alojaba Mihdar en Dubai, donde había hecho escala de camino a Malasia. Los agentes estadunidenses fotografiaron su pasaporte y lo enviaron por fax a la estación Alec (dedicada a la lucha contra el terrorismo y dependiente de la CIA). El pasaporte facilitaba una información crucial: Mihdar tenía un visado múltiple para Estados Unidos que expiraba en abril. La estación Alec alertó a varias agencias de espionaje de todo el mundo con un mensaje que decía: “Necesitamos proseguir con los esfuerzos de identificar a estos viajeros y sus actividades (…) para determinar si suponen una amenaza real”. El mismo telegrama decía que se había alertado al FBI de la reunión de Malasia y se le habían facilitado copias de los documentos de viaje de Mihdar. Pero resultó ser falso.
La CIA pidió a las autoridades malayas que vigilaran la reunión en Kuala Lumpur, que se celebró el 5 de enero en un conjunto de departamentos apartado en un centro turístico con vistas a un campo de golf diseñado por Jack Nicklaus. El departamento era propiedad de Yazid Sufaat, el hombre de negocios malayo que había trabajado con Ayman Zawahiri (dirigente de la Yihad e ideólogo de Al Qaeda) cultivando esporas de ántrax. La reunión no fue grabada, por lo que se perdió la oportunidad de descubrir las conspiraciones que culminarían en los atentados contra el USS Cole y del 11 de septiembre (…)
Aquel mismo día llegó un telegrama a la estación Alec, procedente de la estación de Riad, sobre el visado estadunidense de Mihdar. Uno de los agentes del FBI destinados en Alec, Doug Miller, leyó el telegrama y redactó un informe en el que solicitaba autorización para avisar al FBI de la reunión en Malasia y de las muchas probabilidades de que uno o más terroristas viajarían pronto a Estados Unidos. Dicha autorización era necesaria para transmitir información secreta de una organización a otra. La respuesta que recibió Miller fue: “Este asunto no le incumbe al FBI”.
Una semana después, Miller consultó a Tom Wilshire, un subdirector de la CIA destinado en el cuartel general del FBI (…) Miller le envió el informe que había redactado y le preguntó: “¿Es un no o tengo que rehacerlo de alguna manera?”. Wilshire no le respondió nunca. Después de aquello, Miller se olvidó del asunto.

“Demasiado tarde”

Los servicios secretos malayos fotografiaron a unos 12 miembros de Al Qaeda cuando entraban en el edificio y mientras visitaban cibercafés. El 8 de enero, los servicios secretos notificaron al jefe de la estación de la CIA en Tailandia que tres de los hombres que habían participado en la reunión –Mihdar, Hazmi y Jallad– volaban hacia Bangkok. Allí Jallad se reuniría con autores del atentado contra el USS Cole. Pero la CIA no avisó a nadie de que había que seguir a aquellos hombres ni informó al Departamento de Estado para que incluyera el nombre de Mihdar en la lista de sospechosos de terrorismo y así poder detenerlo o ponerlo bajo vigilancia si entraba en Estados Unidos.
Tres meses después, la CIA averiguó que Hazmi había volado a Los Ángeles el 15 de enero de 2000. Si hubiera revisado la lista de pasajeros, habría sabido que Mihdar viajaba con él. La agencia no se preocupó de informar al FBI ni al Departamento de Estado de que al menos un miembro conocido de Al Qaeda estaba dentro del país (…)
Cuando Mihdar y Hazmi llegaron a Los Ángeles, el 15 de enero de 2000, supuestamente tenían que matricularse en una escuela de vuelo. Debieron de sentirse abrumados por la misión que se les había encomendado. El simple hecho de buscar un lugar donde vivir debía suponer un reto enorme, ya que ninguno de ellos hablaba inglés.
Sin embargo, poco después de llegar conocieron a Omar Bayumi, un estudiante de 42 años que iba a clase en contadas ocasiones y que recibía una asignación de un contratista del gobierno saudí. Había llamado la atención de la oficina local del FBI en 1998 debido a las sospechas del gerente del complejo de departamentos en el que vivía. Uno de los confidentes del FBI en San Diego sostenía que Bayumi era un agente del gobierno saudita, pero eso apenas tenía importancia para los detectives del FBI, ya que se consideraba a Arabia Saudita un aliado leal (…)
La CIA era la única agencia del gobierno estadunidense que sabía quiénes eran Hazmi y Mihdar y que estaban en Estados Unidos. La CIA había seguido la pista a Mihdar y Hazmi desde Kuala Lumpur hasta Bangkok, y desde allí hasta Los Ángeles (…)
Mihdar y Hazmi llegaron 19 meses antes del 11 de septiembre. El FBI tenía todas las atribuciones necesarias para investigar a aquellos hombres y averiguar qué estaban planeando, pero como la CIA no informó de la presencia de dos miembros activos de Al Qaeda, los secuestradores tuvieron total libertad para poner en práctica su plan hasta que ya fue demasiado tarde para detenerlos (…)

“El chico de los recados”

A finales de octubre, los yemenitas detuvieron a Fahd al-Quso, el camarógrafo de Al Qaeda que se había quedado dormido y no había grabado en video el atentado (contra el barco USS Cole). Quso admitió que él y uno de los suicidas habían entregado en Bangkok 5 mil dólares a Jallad, el cerebro del atentado del Cole al que le faltaba una pierna. Dijo que el dinero era para comprarle a Jallad una prótesis nueva. El FBI recibió la transcripción de la conversación un mes más tarde.
Ali Sufan (agente del FBI de origen libanés) recordó haber oído el nombre de Jallad a un confidente que había reclutado en Afganistán. El confidente había descrito a un combatiente con una pierna de metal que era emir de una casa de huéspedes en Kandahar y al que llamaba el “chico de los recados” de Bin Laden.
Sufan y John O’Neill (jefe de la sección de Antiterrorismo del FBI) enviaron por fax la fotografía del pasaporte de Jallad al confidente afgano, que hizo una identificación positiva. Ese fue el primer vínculo real que se pudo establecer entre el atentado del Cole y Al Qaeda.
Sufan se preguntó por qué el dinero salía de Yemen cuando estaba a punto de ejecutarse una operación de gran envergadura. ¿Era posible que hubiera otra operación en marcha de la que no sabía nada? Sufan envió la fotografía de Jallad a la CIA y pidió información sobre él y sobre si podía haber habido una reunión de Al Qaeda en la región. La agencia no contestó a esta petición, que se le había formulado con claridad. El hecho de que la CIA ocultara información sobre el cerebro del atentado del Cole y la reunión en Malasia, cuando el FBI había preguntado directamente, obstaculizó los intentos de hacer justicia por la muerte de 17 marinos estadunidenses (caídos en el ataque al barco).
(…) Sufan obtuvo permiso para interrogar a Fahd al-Quso (…) Tras varios días, Sufan consiguió que Quso admitiera que se había reunido con Jallad y con uno de los terroristas que atentaron contra el Cole en Bangkok, donde se habían alojado en el hotel Washington. Quso confesó que su misión consistía en transferir 36 mil dólares de los fondos de Al Qaeda, no los 5 mil dólares que había mencionado anteriormente, y que el dinero no era para comprar una pierna nueva a Jallad. Ahora parece evidente que aquel dinero se utilizó para comprar boletos de avión en primera clase para los secuestradores del 11 de septiembre, Mihdar y Hazmi, y para su sustento cuando llegaran a Los Ángeles unos días después, algo que habría sido obvio entonces si la CIA hubiera informado al FBI sobre los dos miembros de Al Qaeda.
Los agentes del FBI examinaron los registros telefónicos para verificar la historia de Quso. Encontraron llamadas realizadas entre el hotel Washington de Bangkok y la casa de Quso en Yemen. También se percataron de que había llamadas a ambos lugares desde un teléfono público de Malasia que justamente se encontraba al lado del edificio de departamentos donde se había celebrado la reunión. Quso le explicó a Sufan que en un principio se suponía que tenía que reunirse con Jallad en Kuala Lumpur o Singapur (al parecer, confundía las dos ciudades). Una vez más, Sufan envió un teletipo oficial a la CIA. Además, mandó una fotografía del pasaporte de Jallad. ¿Significaban algo aquellos números de teléfono? ¿Existía alguna conexión con Malasia? ¿Algún vínculo con Jallad? De nuevo, la agencia no tenía nada que decir.
Si la CIA hubiera respondido a Sufan facilitándole la información que solicitaba, el FBI se habría enterado de la reunión de Malasia y de la conexión con Mihdar y Hazmi. El FBI habría sabido, como ya sabía la CIA, que los miembros de Al Qaeda estaban en Estados Unidos y que ya llevaban allí más de un año. Puesto que ya había una acusación formal contra Bin Laden en Nueva York y Mihdar y Hazmi estaban relacionados con él, el FBI habría podido vigilar a los sospechosos, colocar micrófonos en su departamento, interceptar sus comunicaciones, clonar su computadora o investigar a sus contactos: todos los pasos esenciales que podrían haber evitado el 11-S.

Escuela de pilotos

Un agente del FBI de Phoenix, Kenneth Williams, envió una inquietante comunicación electrónica a la oficina central, a la estación Alec y a varios agentes de Nueva York. “El propósito de esta comunicación es avisar a la oficina central y a Nueva York que cabe la posibilidad de que exista una iniciativa coordinada por Osama bin Laden para enviar a estudiantes a Estados Unidos con el propósito de que se matriculen en universidades y escuelas de vuelo civiles”, decía la nota.
A continuación, Williams advertía a la oficina central que era necesario elaborar un registro de todas las escuelas de vuelo del país, entrevistar a los instructores y elaborar una lista de todos los estudiantes árabes que hubieran solicitado visados para recibir formación como pilotos.
Se imprimió y distribuyó el informe y Jack Cloonan fue uno de los agentes (de la CIA) de Nueva York que lo leyó. Hizo una bola con él y lo lanzó contra la pared. “¿Quién va a hacer las 30 mil entrevistas? –le preguntó al supervisor de Phoenix–. ¿Cuándo vamos a tener tiempo para eso?” (…)
A mediados de agosto, una escuela de vuelo de Minnesota se puso en contacto con la oficina local del FBI para expresarle su preocupación por un estudiante, Zacarias Mussawi, que había hecho preguntas sospechosas sobre las pautas del tráfico aéreo en los alrededores de Nueva York y sobre si se podían abrir las puertas de la cabina durante el vuelo. La oficina local no tardó en averiguar que Mussawi era un islamista radical que había estado en Paquistán y probablemente en Afganistán. Los agentes creían que podía ser un pirata aéreo suicida en potencia. Como era un ciudadano francés cuyo visado ya había expirado, el Servicio de Inmigración y Naturalización lo arrestó. Los agentes del FBI encargados del caso solicitaron permiso a la oficina central para examinar la computadora portátil de Mussawi, permiso que les denegaron porque no pudieron mostrar indicios razonables para efectuar el registro.
Cuando el supervisor de Mineápolis insistió a la oficina central, le dijeron que estaba tratando de “enervar” a la gente. El supervisor respondió con tono desafiante que estaba “intentando evitar que alguien coja un avión y lo estrelle contra el World Trade Center”, una extraña premonición que sugiere que aquellas ideas estaban empezando a tomar forma en el inconsciente de quienes leían los informes sobre las amenazas.
Es probable que Mussawi tuviera la intención de participar en una segunda tanda de atentados de Al Qaeda después del 11-S, muy probablemente en la costa este. Si se hubiera permitido a los agentes de Mineápolis investigarlo a fondo, habrían descubierto su conexión con Ramzi bin al-Shibh, que le enviaba dinero. Mussawi tenía una carta de recomendación de la empresa Infocus Tech, firmada por Yazid Sufaat. Pero aquel nombre no significaba nada para el FBI, puesto que la CIA mantenía en secreto la información sobre la reunión de Kuala Lumpur que se había celebrado en el departamento de Sufaat. El FBI no comparó las advertencias de su oficina de Mineápolis con la de Kenneth Williams, de Phoenix. Como era habitual, no compartió la información con Dick Clarke (coordinador de Antiterrorismo en el Consejo de Seguridad Nacional) y la Casa Blanca, por lo que nadie tenía todas las piezas del rompecabezas. l

Este texto fue publicado originalmente en el número 1749 (9 de mayo de 2010) de Proceso.