Semanas antes de salir al aire ya el público de las televisoras culturales se había enterado que un nuevo programa estaba por aparecer en la pantalla de TV UNAM, los martes a las nueve de la noche y en repetición los domingos a las ocho. Se anunció y continúa, en periódicos y revistas, como el gran aporte de la temporada preelectoral. Su nombre, Observatorio 2012. Conducido por tres universitarios: Ciro Murayama, Pedro Salazar y Lorenzo Córdova.
Mucha falta hace este tipo de emisiones en un páramo informativo y de propaganda disfrazada de análisis. La obsolescencia, cada día en incremento, de noticias espectaculares sobre crímenes y latrocinios vuelve más que nunca necesaria la reflexión, a plazos mayores, de los acontecimientos diarios del país. La sucesión de escándalos y la rapidez con que se olvidan para ser sustituidos por uno reciente, abonan a la atrofia de la memoria social, de la sensibilidad humana ante el dolor, de la ausencia del Estado de Derecho. Queda una sensación de incertidumbre, de inseguridad, cuando no de terror. Esta no es analizada, a veces ni siquiera se nombra, sólo paraliza. Mucho menos se buscan explicaciones acerca del origen de la situación nacional.
Observatorio 2012 es un intento analítico, examina temas de la agenda inmediata y de aquella que se perfila para las elecciones del siguiente año. Su eficacia se ve, sin embargo, restringida por las limitaciones tanto del formato como de los presentadores. La serie está construida como una mesa redonda en dos partes: en la primera los tres guías comentan una cuestión y aportan datos para apoyar su punto de vista. Independientemente de lo dicho, en las pantallas televisivas la manera de expresar una idea resulta en mayor credibilidad, se acepta o se rechaza. El desempeño ante cámaras no es lo eficiente que se espera debido a que los conductores no conocen a fondo todos los asuntos que tratan; al abordar alguno que les es ajeno se nota en la consecuente pérdida de seguridad. La característica de ser “en vivo” requiere enorme capacidad de improvisación por lo cual la dificultad aumenta. Destaca por su aplomo Ciro Murayama.
En la segunda parte se invita a dos especialistas en el contenido objeto del programa, lo cual mejora y abona a la propuesta solidez, así como variedad. La mayoría de los convidados tienen un desempeño elocuente, saben de qué están hablando. Quizá para agregarle atractivo visual, se insertan trailers de películas, de videos, fotos, entrevistas en la calle. Al no ser orgánicas, es decir, específicamente grabadas para la emisión, las imágenes resultan prescindibles, una pérdida de minutos televisivos, pausas innecesarias.
Por lo que hace al acercamiento éste resulta poco filoso, la crítica se queda en los márgenes, hay planteamientos conservadores. No se tiran hacia el cambio profundo, cuidadosamente esbozan reformas indispensables.








