Un antihéroe: Adolfo Rogaciano Carrillo las memorias espectrales de Lerdo de Tejada

Hay en la bibliografía mexicana dos libros extraños y casi desconocidos, demasiado auténticos para ser apócrifos y demasiado apócrifos para ser auténticos: las Memorias de Sebastián Lerdo de Tejada (1890) y las Memorias de Victoriano Huerta (1915).

Todo parece indicar que el autor de estas últimas es Joaquín Piña (circa 1880-1968), un periodista de El Imparcial que todavía en los años sesenta del siglo pasado colaboraba en la página editorial de Excélsior con la sección Cartas de muertos a vivos y una columna de lunes a sábado en Últimas Noticias. Respecto a las primeras tuvimos que esperar el trágico 2011 para saber con toda certeza que su autor fue, en efecto, Adolfo Rogaciano Carrillo y para leerlas por vez primera con el prólogo íntegro que su autor escribió en 1926, poco antes de su muerte.

Las Memorias inéditas de Sebastián Lerdo de Tejada aparecieron en 1890 en El Mundo, un periódico antiporfirista de Laredo, Texas. Su director, el general Ignacio Martínez, pagó con la vida la audacia de publicarlas. Carrillo no se atrevió a estamparles su firma y las Memorias tuvieron una vida semiclandestina en las imprentas fronterizas. La revolución les dio un breve auge. Las leyeron Madero y los maderistas, y según Enrique Krauze, Zapata se divertía mucho con sus páginas. Después de 1911 sólo tuvieron dos ediciones de muy limitada circulación: Editorial Citlaltépetl (1959) y Gobierno del Estado de Tabasco (1980). Unos días antes de renunciar a la precandidatura presidencial, Alonso Lujambio dio a conocer en el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México la que podemos considerar edición definitiva acompañada de un prólogo en que, a partir de la semblanza que trazó Héctor R. Olea, se reconstruye la azarosa vida de Adolfo Rogaciano Carrillo, autor, coautor o bien falsificador de este libro insólito.

 

Duelos y exilios

 

Cuando sobre las huellas de Marcel Schwob, Julio Jiménez Rueda escribió Vidas reales que parecen imaginarias (1947) bien pudo haber incluido entre ellas, si los datos hubieran estado disponibles, la biografía de Carrillo. Nacido en Sayula, Jalisco (1855), adolescente fundó en Guadalajara La Picota, un periódico de oposición.

Ya en la capital editó El Correo del Lunes y no limitó su virulencia a los políticos. Por difamar a una mujer sus parientes le dieron una golpiza a Rogaciano. Un acre comentario sobre la cantante de opereta Louise Theó llevó al futuro gobernador del DF, Guillermo de Landa y Escandón, a retarlo a duelo en la Hacienda de los Morales. Más tarde clausuraron su periódico y él estuvo cuatro meses en prisión. En febrero de 1886 salió expulsado del país y no regresó nunca.

 

Artistas del trapecio

 

Llegó a Nueva York sin un centavo. Lerdo de Tejada lo amparó en Lenox House, la elegante casa de huéspedes en la Quinta Avenida donde el expresidente pasó su exilio. Convivieron durante nueve meses de aquel año.

El género que no tenía nombre en español y aún llamaban interviú no se basaba en apuntes ni mucho menos en grabaciones, sino en lo que la memoria retenía y seleccionaba. Quienes trataron a Lerdo de Tejada reconocen en las Memorias mucho de su voz y de sus opiniones. De ser así, es posible que don Sebastián se haya servido de Carrillo como ayudante más que como amanuense.

Su objetivo fue sepultar una bomba de tiempo que estallaría a su muerte tres años después en la cara de Porfirio Díaz y sobre todo de su excompadre Manuel Romero Rubio, el más lerdista de los lerdistas que se reconvirtió en el suegrísimo por virtud de su hija adolescente Carmelita Romero Castelló, ahijada de MRR, en ministro de Gobernación y en maestro de José Yves Limantour y los “Científicos”.

El Teatro Blanquita ocupa el sitio de la plazuela de Villamil, sede del Circo Orrín durante el Porfiriato. Allí debería haber una estatua funambulesca de Manuel Romero Rubio, clásico del triple salto mortal, maestro de maestros en el país que ha dado al mundo algunos de sus mayores trapecistas.

 

Cuentos californianos

 

Al parecer Lerdo subsidió a Carrillo para que en Cuba y en España hiciera artículos contra Porfirio Díaz. De La Habana tuvo que salir por chantajista. En Madrid lo persiguió el ministro Vicente Riva Palacio y en París el embajador Ramón Fernández, padre del amigo de Proust y abuelo de Dominique Fernández.

Se estableció en San Francisco, vio cerrársele todos los periódicos mexicanos y escribió lo más rescatable de su obra: los Cuentos californianos que reeditó en Guadalajara Vicente López Rojo, y la novela picaresca sin ficción Memorias del Marqués de San Basilio, acerca de un truhán mexicano de nombre Jorge Carmona. (Factoria Ediciones ha rescatado esta pieza insólita.)

Carrillo trató de que la revolución le hiciera justicia. Logró un puesto en el consulado mexicano pero no duró mucho en él por obra de sus malos manejos y sus pésimas relaciones con sus compañeros de oficina. Lisiado por un atropellamiento en 1916, diez años más tarde intentó que Aarón Sáenz, secretario callista de Relaciones, le imprimiera la edición definitiva con el prólogo en que reconoce su autoría. Stanley M. Ross lo publicó en Historia mexicana (1960) y ahora aparece completo según el original que se conserva en el archivo de Relaciones.

 

El espejo de las injurias

 

Sebastián Lerdo de Tejada (1823-1889) vivió sus primeros años un poco a la sombra de su hermano mayor Miguel (1812-1861), ministro de Hacienda con Juárez. Proclamó la Ley Lerdo que desamortizó los bienes eclesiásticos (1856) y al desmantelar sus grandes propiedades en el campo propició el latifundismo y sin quererlo coadyuvó al estallido de la Revolución de 1910. Sebastián pasó de rector de San Ildefonso a ministro juarista durante la invasión francesa.

Como presidente de la Suprema Corte, Lerdo ocupó la silla a la muerte de Juárez y su victoria fue legitimada por las elecciones de diciembre de 1872. Venció a Manuel Lozada, proclamó las Leyes de Reforma, expulsó a los jesuitas y a las Hermanas de la Caridad. Inauguró el ferrocarril a Veracruz pero no quiso que las líneas férreas unieran el país con su frontera norte. “Entre México y los Estados Unidos el desierto”. En 1876 quiso reelegirse y se vio enfrentado a Porfirio Díaz y a José María Iglesias.

Derrotadas sus fuerzas en Tecoac, abandonó el país en enero de 1877. Todos los intentos de recuperar el poder fracasaron aplastados por la mano de hierro que en 1879 lanzó la orden de “Mátalos en caliente” contra los conspiradores lerdistas de Veracruz.

Lerdo respetó la libertad de prensa y se enfrentó a una avalancha de sátiras, caricaturas y versos satíricos, sobre todo de Vicente Riva Palacio e Ireneo Paz. Las Memorias fueron un medio de devolver injuria por insulto. En ellas hasta los próceres que todos adoramos salen mal parados con más ingenio que verdad. Así por ejemplo, de nuestro querido Guillermo Prieto se dice que su obra entera huele a fritanga callejera. Riva Palacio es contrahecho y repugnante y está enloquecido por su inútil aspiración de llegar a la presidencia.

El ensañamiento es feroz contra Díaz y Romero Rubio. En páginas dignas de Ibargüengoitia se dice por ejemplo cómo al llegar a Nueva York sin hablar una palabra de inglés, el futuro suegrísimo confundió un buzón de correos con una doble alarma. Bomberos y policías acudieron en masa al llamado y tuvieron que luchar para destrabarle la mano atrapada en la ranura.

Si Carrillo hizo una protonovela sin ficción no se explica cómo tuvo acceso a la correspondencia privadísima de Lerdo, sobre todo las invaluables cartas que le dirige su ahijada Carmelita en un intento de reconciliarlo con su esposo. Lerdo no perdonó jamás. Se negó a recibir al matrimonio Díaz-Romero y al padre y suegro. Su desprecio alcanza niveles de concisión romana:

“Y no sé, en verdad, cuál de los dos será el más despreciable: si el que vendió a la hija o el que la compró.”

El descenso al abismo

 

Ante el horror sin límites de la tragedia mexicana todo descenso a los abismos del pasado se diría un triste consuelo. Por malas que fueran las cosas no eran así.

La impresión se desvanece si se repara, por ejemplo, en que la rebelión del 2 de octubre de 1871 en la Ciudadela fue sofocada en un solo día por Sóstenes Rocha y al precio de casi mil muertos. O en que el desastre de Lerdo en 1876 se debió a que todos en todos los partidos querían ser presidentes y en su ambición se anularon unos a otros. Lerdo desprecia como “llorón” a Guillermo Prieto. Y sin embargo no suena tan lejano de nosotros cuando escribe: “Patria, patria de lágrimas, mi patria”. (JEP)