La CIA convenció a John Kennedy de que lo mejor para acabar con la Revolución Cubana era entrenar y dirigir una brigada anticastrista para invadir la isla. Lo que no le advirtieron es que esa estrategia tenía pocas probabilidades de éxito. En abril de 1961 tuvo lugar el ataque a Playa Girón, una de las peores pifias de Washington… Tras años de exigir que esa información dejara de ser secreta, la organización National Security Archive reveló los pormenores de la Operación Bahía de Cochinos en un informe de mil 500 páginas, parte del cual Proceso reproduce en exclusiva. El 15 de noviembre de 1960 la fuerza de tareas de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) encargada de planear el asalto a Cuba que sería conocido como la operación Bahía de Cochinos, se reunió con el fin de preparar un informe para el nuevo presidente electo de Estados Unidos, John F. Kennedy. La estrategia inicial de hacer retroceder a la revolución cubana mediante la infiltración de grupos de exiliados en la Sierra Maestra y abastecerlos, por vía aérea, de armas y equipo para que pudieran “lanzarse a la guerrilla” había sido abandonada; las fuerzas de seguridad de Fidel Castro habían arrestado a los infiltrados e interceptado los suministros aéreos. Ahora el plan era una invasión en toda regla –con apoyo encubierto de Estados Unidos– por parte de una brigada de mil 500 exiliados cubanos entrenados y dirigidos por la CIA. Pero este plan también se veía con pocas probabilidades de éxito. “Nuestra idea original se aprecia ahora irrealizable ante los controles establecidos por Castro”, dice el resumen, hoy todavía secreto, de esa reunión. “Nuestra segunda idea (una fuerza de mil 500 a 3 mil hombres para controlar un pedazo de costa con pista aérea) tampoco se ve alcanzable, a menos que sea llevada a cabo como una acción conjunta de la agencia y el Departamento de Estado”. Sin embargo, cuando el director de la CIA, Allan Dulles, informó a Kennedy, no le dijo que los directores operativos de la propia agencia pensaban que la única forma en que la invasión podría tener éxito sería una incursión abierta conducida por el ejército estadunidense. Con la aprobación de Kennedy, Estados Unidos lanzó a mediados de abril de 1961 un ataque sobre Cuba, en el que intentó negar “de manera verosímil” cualquier papel. “Playa Girón” no sólo se convirtió en el acto de agresión más infame contra Cuba, sino en un perfecto fiasco para la política exterior de Estados Unidos y las operaciones encubiertas de la CIA. Tales revelaciones aparecen en Historia oficial de la operación de Bahía de Cochinos, un estudio de mil 500 páginas que llevó un decenio investigar y escribir a partir de mediados de los setenta. Durante años permaneció como top secret, resguardado en la oscura bóveda de una “SCIF” (Secure Compartmentalized Information Facility) de la CIA. Pero en el 50 aniversario de la invasión, mi organización, el National Security Archive, demandó a la CIA al amparo de la Ley de Libertad de Información para obligarla a desclasificar esta importante historia. En julio pasado, la agencia finalmente liberó cuatro de los cinco volúmenes del informe, que arrojan considerable luz sobre las políticas, las decisiones en materia de política exterior y los componentes operacionales de los esfuerzos de Estados Unidos por derrocar a Castro. El volumen uno del estudio, titulado “Operaciones aéreas”, contiene exactamente todo lo que un estudiante de historia querría saber sobre cómo armar de manera encubierta una pequeña fuerza aérea y diseñar una estrategia para lanzar desde el aire una serie de ataques contra Cuba que pretendían ser el factor definitorio del asalto. Puesto que la coartada para el ataque aéreo era que los pilotos de Castro estaban desertando y disparando contra sus propios compañeros, los aviones B-26 que la CIA proporcionó al escuadrón de exiliados eran prácticamente idénticos a los de la fuerza aérea cubana. Pero la Historia oficial revela que esta similitud llevó a un episodio de “fuego amigo” en Bahía de Cochinos. En el fragor de las batallas libradas el 17 y 18 de abril de 1961, los operadores de la CIA dispararon erróneamente desde un barco de transporte contra uno de sus propios aviones. “No podíamos distinguirlos de los aviones de Castro”, habría confesado el operador Grayston Lynch, según el informe. “Acabamos disparando a dos o tres de ellos. Los atacamos porque cuando se acercaban a nosotros sólo se veía una silueta… y nada más”. Pese a que la Casa Blanca de Kennedy exigió a la CIA que se asegurara de que la mano de Estados Unidos no saliera a relucir en la invasión, funcionarios de la agencia en Washington autorizaron durante los combates a pilotos estadunidenses volar los aviones de los exiliados sobre Cuba. Instrucciones secretas citadas en la Historia oficial consignan que los estadunidenses podían pilotar los aviones, pero sólo sobre la franja costera y no tierra adentro. “Los tripulantes estadunidenses no deben caer en manos enemigas”, advertían las instrucciones; y, si lo hacen, “Estados Unidos negará cualquier conocimiento de ello”. Cuatro pilotos estadunidenses y su tripulación murieron cuando sus aviones fueron abatidos sobre Cuba. La Historia oficial contiene correspondencia privada con miembros de la familia de algunos de ellos. Este volumen también revela que los estrategas de la CIA estaban preocupados por el hecho de que el uso de bombas de napalm contra la isla pudiera generar un escándalo internacional de grandes dimensiones y provocar indignación en países como México. Inicialmente, este tipo de bombas sólo estaba planeado para usarse sobre una base militar de Cuba. Pero cuando las fuerzas de Castro empezaron a imponerse a los invasores, los estrategas levantaron la restricción sobre el uso extensivo del napalm “en beneficio de cualquier cosa que pueda revertir la situación a favor de las brigadas”. Más de 200 cubanos murieron en el ataque, incluyendo a voluntarios que realizaban tareas de alfabetización en las pequeñas localidades costeras. Antes de que se iniciara propiamente el ataque, la CIA, con el apoyo del Pentágono, solicitó permiso para romper con sus aviones la barrera del sonido y lanzar sobre La Habana una serie de “estruendos a gran escala”, una táctica psicológica que se había empleado con éxito en el derrocamiento de Juan Jacobo Arbenz en Guatemala, en 1954. “Estamos tratando de crear confusión y cosas por el estilo”, afirmó uno de los principales estrategas de la invasión. “Pensé que sería una cosa sensacional, sabe. Romper todas las ventanas en el centro de La Habana… distraer a Castro”. En un intento desesperado por mantener la fachada de un “desmentido verosímil” del involucramiento de Washington, el Departamento de Estado denegó esta solicitud como “muy obvia del estilo de Estados Unidos”. La diplomacia de la CIA El volumen 2 destaca un aspecto de las operaciones de Bahía de Cochinos que no ha merecido mayor atención previa: personal de la CIA actuando como representantes diplomáticos de los Estados Unidos de América. Resulta que en los países de Centroamérica que estaban siendo utilizados como plataforma de ataque contra Cuba el jefe en turno de la estación local de la CIA era mucho más poderoso que el embajador estadunidense. Curiosamente, el informe no proporciona detalles de las pláticas sostenidas por la agencia con funcionarios mexicanos que permitieron a los líderes políticos del exilio cubano asentarse en la Ciudad de México y utilizar brevemente Isla Mujeres como base aérea para preparar el ataque. Pero sí ofrece nuevos datos sobre las negociaciones para mantener la cooperación de Guatemala, donde la principal brigada de exiliados cubanos era entrenada por la CIA, así como los turbios acuerdos realizados con el general Anastasio Somoza y su hermano Luis, entonces presidente de Nicaragua. La Historia oficial destaca que el personal de la CIA simplemente asumió las funciones diplomáticas del Departamento de Estado en ambos países. “En el caso de Guatemala, para efectos prácticos, el embajador estadunidense se volvió ‘inoperante’, mientras que en Nicaragua se dio la situación opuesta: todo lo que sugería la agencia recibía la bendición del embajador”. Entre las revelaciones relativas a las actividades diplomáticas de la CIA se cuentan las siguientes: –Al asistir a Washington a la toma de posesión de John F. Kennedy en enero de 1961, el general Anastasio Somoza se reunió en secreto con el director de la CIA, Allen Dulles, para discutir la creación de una “JMTIDE” – el nombre codificado de la base aérea que la CIA quería utilizar en Puerto Cabezas para lanzar el ataque sobre Cuba. Somoza externó abiertamente la necesidad que tenía Nicaragua de dos créditos para el desarrollo por un monto de 10 millones de dólares. Subsecuentemente la CIA presionó al Departamento de Estado para que apoyara estos créditos, uno de los cuales era del Banco Mundial. –El presidente Luis Somoza pidió garantías de que Estados Unidos seguiría respaldando a Nicaragua una vez que se supiera que los Somoza habían apoyado la invasión. Somoza dijo al representante de la CIA que “hay algunos liberales de pelo largo en el Departamento de Estado que no están a favor de los Somoza y aprovecharían con beneplácito esta situación para abochornar a su gobierno”. –El presidente de Guatemala, Ydígoras Fuentes, dijo en repetidas ocasiones a oficiales de la CIA que quería que “personal del ejécito y la fuerza aérea guatemaltecos participen en las operaciones aéreas contra la Cuba de Castro”. –El dictador de la República Dominicana, Rafael Leónidas Trujillo, ofreció el territorio de su país para apoyar la invasión. A cambio quería que Estados Unidos le garantizara que podría “vivir el resto de sus días en paz”. El Departamento de Estado rechazó la oferta; Trujillo, cuya represión y corrupción estaban radicalizando a la izquierda dominicana, fue posteriormente asesinado por grupos apoyados por la CIA. El volumen 3 del informe confirma que asesinar a Castro era el secreto más celosamente guardado de la estrategia de invasión. Un pequeño grupo de oficiales de alto nivel de la CIA buscó utilizar parte del presupuesto destinado a ésta para pagar la colaboración de mafiosos estadunidenses dispuestos a matar a Castro. En una entrevista con el historiador de la CIA, el exjefe de la fuerza de tareas asignada a la invasión, Jacob Esterline, dijo que J.C. King, cabeza de los asuntos del Hemisferio Occidental, le pidió dinero de ese presupuesto. “Esterline recuerda que, como jefe/w4, en una ocasión se negó a darle un cheque en blanco al coronel J.C.King, jefe de la División del Hemisferio Occidental, porque éste se negó a decirle para qué sería usado el dinero. Esterline refiere que King sin embargo obtuvo los fondos de la Oficina de Finanzas, y que el dinero fue utilizado para pagar a tipos de la mafia”. Como tantos otros, obviamente este plan de asesinato fracasó. Pero los operadores de la CIA no se dieron por vencidos. La Historia oficial también consigna que quienes planearon la invasión discutieron extender “la Operación AMHINT para emprender un programa de asesinatos”, aunque proporciona pocos detalles al respecto. En noviembre de 1960 Edward Lansdale, un especialista en contrainsurgencia del ejército estadunidense que más adelante concibió la Operación Mangosta, le envió a la fuerza de tareas de la invasión una “LISTA DE ELIMINACIÓN” de 11 funcionarios cubanos de alto rango, entre quienes se encontraban Ernesto Che Guevara, Raúl Castro, Blas Roca y Carlos Rafael Rodríguez. ¿Quién perdió a Cuba? El programa de asesinatos era uno de los secretos mejor guardados de la CIA, una agencia que prefiere ocultar los registros de su pasado, sobre todo cuando se refieren a sus fracasos más sonados. Arrancarle de las manos a los “segurócratas” de la agencia los documentos de Bahía de Cochinos tomó decenios. En 1998, el National Security Archive recurrió con éxito a la Ley de Libertad de Información para obtener de la CIA su documento más secreto sobre la invasión: el informe de 1961 de su propio inspector general, que acusaba a la agencia de una operación que fue “más allá de su responsabilidad y de sus capacidades”. Entre las causas del fracaso se asentaban los malos manejos, la mala planeación, un trabajo de inteligencia deficiente, presunciones erróneas, filtraciones masivas y “no advertir al presidente que el éxito se había tornado dudoso”. De manera similar tomó años obtener una copia totalmente sin censura del informe de la Comisión Presidencial, encabezada por el general Maxwell Taylor, quien también depositó la culpa del estruendoso fracaso en los conciliábulos de la CIA. La Historia oficial de la operación de Bahía de Cochinos tiene un enfoque muy diferente. De hecho puede leerse como una defensa oficial de la CIA. Su autor, el historiador en jefe de la CIA, Jack Pfeiffer, consideró que su misión era exonerar a la agencia de culpa y dirigir la responsabilidad hacia la Casa Blanca de Kennedy. En las 300 páginas de introducción del volumen 4, Pfeiffer asienta que históricamente a la CIA se le ha hecho una “acusación falsa”, por “una decisión política que selló la derrota militar de las fuerzas anticastristas”, en una referencia clara a la decisión del presidente Kennedy de no proporcionar cobertura aérea abierta o enviar marines a Cuba después de que las fuerzas de Castro arrasaran a la brigada de exiliados entrenados por la CIA. De acuerdo con Pfeiffer, este volumen presentaría el primer y único examen detallado del trabajo y las pesquisas de la Comisión Taylor, que estaría basado en el informe completo. Su objetivo sería ofrecer “una mejor comprensión de en quién recae verdaderamente la responsabilidad por el fiasco”. Para asegurarse de que el lector entienda cabalmente su perspectiva, Pfeiffer concluye su estudio con un “epílogo” que consiste en un párrafo retomado de una entrevista que Raúl Castro le concedió en 1975 a la periodista Teresa Gurza, del diario mexicano El Día. “Kennedy vaciló”, afirma Castro. “Si en ese momento hubiera decidido invadirnos, podría haber ahogado a la isla en un mar de sangre, pero habría destruido la revolución. Fue una suerte para nosotros que vacilara”. La Historia oficial de la CIA parece no aceptar que Kennedy no podía autorizar el retorno de la “diplomacia de las cañoneras” al Caribe por una simple y obvia razón: una invasión no provocada de Cuba sería vista como ilegal e ilegítima por la comunidad internacional y amenazaría la estabilidad y los intereses de seguridad de Estados Unidos de muchas formas. En países latinoamericanos como México, el ánimo de las fuerzas nacionalistas y antiimperialistas de la izquierda se encendería, amenazando el futuro de regímenes proestadunidenses. El propio estudio de la CIA registra que funcionarios del Departamento de Estado temían que Estados Unidos fuera expulsado de la ONU y de la OEA si se lograra probar con claridad el papel de Washington en el derrocamiento del gobierno de Castro. Todavía peor: los soviéticos podrían tomar dicha invasión como luz verde para invadir Berlín, escalando gravemente las tensiones de la Guerra Fría en Europa. De entrada, es precisamente por eso que la CIA, una agencia creada para ejercer la política exterior de Estados Unidos en la nebulosa zona de la negación, fue encargada de realizar esta misión. “Sabréis la verdad y la verdad os hará libres”, reza la famosa máxima religiosa que, irónicamente, está inscrita en el vestíbulo de mármol de las oficinas centrales de la CIA en Langley, Virginia. Al retener por decenios esta historia como rehén de los dictados del secretismo, la CIA logró evitar un debate amplio sobre el significado de estos acontecimientos. Y aún hoy, el archivo completo del ataque de Estados Unidos contra Cuba todavía no está desclasificado. La pregunta es cuándo, si es que alguna vez se conocerá finalmente toda la verdad. (Traducción: Lucía Luna) *Peter Kornbluh es investigador estadunidense, autor del libro Bay of Pigs Declassified, especialista en Cuba de los Archivos de Seguridad Nacional, organización con sede en Washington que lidera la campaña para desclasificar documentos sobre la política y las operaciones de Estados Unidos hacia Cuba que aún se mantienen en secreto.








