Ante la falta de equipo y herramientas para realizar su trabajo, los trabajadores de los seis panteones municipales de Guadalajara se ven obligados a aplicar herbicidas tóxicos sin mascarilla ni guantes y a exhumar cadáveres con sus propias manos.
En un recorrido por los cementerios de Mezquitán, Guadalajara, Jardín y San Joaquín, los más grandes de la ciudad, la reportera observó que los empleados laboran sin ninguna medida de seguridad, por lo que constantemente contraen enfermedades en las vías respiratorias, en los ojos y en la piel.
El 19 de abril último, los empleados del panteón Guadalajara entregaron un escrito al presidente municipal, Jorge Aristóteles Sandoval, en el cual exponen los problemas que enfrentan de manera cotidiana por la falta de equipo y herramientas adecuadas para sus faenas, como palas y rastrillos tipo araña; tampoco tienen mascarillas, ni trajes, guantes y calzado que les den protección sanitaria.
El documento también fue enviado al secretario de Servicios Públicos Municipales, Mauricio Gudiño; a los directores de panteones, José Macías Navarro; de Recursos Humanos, Javier Otal Lobo; al secretario general de la Federación General de Trabajadores del Estado y Municipios (Fegtem), Cuauhtémoc Peña, así como al presidente de la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco (CEDHJ), Felipe de Jesús Álvarez Cibrián.
Los promotores del escrito aseguran a la reportera que han pasado 16 semanas y aun no reciben respuesta de ninguno de los enterados. Por ello, recuerdan a sus superiores que, en su artículo 56, fracción IV, la Ley de servidores públicos del estado de Jalisco y sus municipios establece que son “obligaciones de las entidades públicas, en las relaciones laborales con sus servidores, proporcionar los útiles, instrumentos y materiales necesarios para el desempeño normal de su trabajo”.
Comentan también que aun cuando se les debe entregar un uniforme completo dos veces al año, sólo reciben uno cada año; por lo que respecta al calzado, dicen que lo estrenan en noviembre, cuando se celebran las festividades de día de muertos. Es en esas fechas “cuando hay supervisión de nuestros superiores y nos regañan si traemos mal el uniforme”, asegura uno de los entrevistados.
Además, los camiones que se emplean para la limpieza en los cementerios de Mezquitán y de Guadalajara tienen fallas, por lo que frecuentemente están en los talleres. Lo curioso, es que “salen peor de cómo entraron”, comentan los empleados.
Se quejan porque, dicen, pese a que manejan material infecto-contagioso no cuentan con asistencia sanitaria, como sus compañeros de la Cruz Verde y del antirrábico. Por eso, afirman, es constante que contraigan alguna infección en los ojos o en la garganta.
Señalan que las mascarillas que les enviaron son de mala calidad. Lo que ellos son especiales porque aquí en los panteones el polvo es muy intenso. “La mayoría estamos malos de los pulmones, aun cuando no fumamos; otros tenemos tos crónica”, sostienen.
En el panteón de Mezquitán la situación es similar. Ahí, ocho trabajadores se quejan porque aplican herbicida en su quehacer cotidiano sin equipo adecuado, lo que les ha provocado ronchas en la piel y daño en los ojos y pulmones.
“Mire a éste –relata uno de ellos, refiriéndose a un compañero que todos los días trae los ojos rojos y ya casi no ve–. Lo acusan de andar tomado, pero nos consta que no es así. En medicina del trabajo en el seguro social le dijeron que era por el uso del herbicida, que ya no lo usara o que por lo menos se protegiera. Pero con qué lo hacemos. No hay trajes, ni gafas, ni guantes. Desde hace ocho meses ni siquiera nos dan una mascarilla.”
“Lo peor es que cuando hace viento y estamos poniendo el herbicida se nos mete hasta por la nariz, nos cae en los brazos y en los ojos, pero a éste –apunta de nuevo a su compañero– es al que le fue pior, pues se está quedando ciego.”
El aludido asienta a todo lo que se dice sobre él. Y añade que también le hacen falta sus botas, pues las que trae puestas están rotas. Aun así, dice, “son las mejores que tengo. Se supone que nos deben de dar dos pares por año, pero nada más nos dan uno y voy a estrenar las que me dieron hasta noviembre, cuando es el próximo operativo”.
Cuándo se la reportera les pregunta por qué no exigen a sus superiores la entrega de las herramientas y útiles necesarios para realizar su trabajo, contestan que cada rato le enumeran a su jefe de campo las carencias y él le pasa la lista al administrador, quien a su vez debe pasársela al director, pero él suele responder que no hay dinero.
Los trabajadores del panteón Guadalajara cuestionan al municipio porque, dicen, no invierte los recursos suficientes para comprar las herramientas y el equipo que les garanticen seguridad durante sus jornadas. Y se preguntan: “¿cómo es que no hay dinero? Nosotros vemos que el administrador recibe grandes cantidades de dinero por todo lo que ingresa. Ellos llevan el dinero hasta en camiones?”
Además, en el escrito del 19 de abril pasado se quejan porque los fuerzan a realizar funciones que no les corresponden. Los choferes, hacen entre otras, faenas de limpieza o de mecánicos y sepultureros; todo por el mismo sueldo; algunos incluso pagan las refacciones de los vehículos de su propio bolsillo.
“Lo hacen para dar continuidad al trabajo”, dicen, y exponen que el panteón Guadalajara cuenta con “tres camiones viejos y jodidos que la mayor parte del tiempo están en el taller en lugar de estar jalando. Le digo que aquí trabajamos de puro milagro”, aseguran, y comentan que el ayuntamiento les envió un camión de redilas, pero no les sirve para transportar la basura.
Recuerdan que antes, el cementerio de Guadalajara tenía un trascabo amarillo –que los trabajadores de Mezquitán siempre reclamaron – pero eso no le importa al actual director de cementerios, Jorge Macías Navarro, quien hace como un mes se lo llevó con el pretexto de que es más necesario para la pavimentación de la ciudad.
Hoy, aseveran los trabajadores, los trascabos asignados a los panteones están en el departamento de pavimentos y se emplean para tapar los baches. Mientras, en los panteones los trabajadores realizan sus actividades con las palas que ellos mismos compraron, dicen los entrevistados.
Además de su precariedad laboral, en los panteones tapatíos la nómina es cada vez más reducida. Cuentan a la reportera que cuando alguno de ellos se pensiona o jubila la vacante se pierde; algunas veces el ayuntamiento jala las plazas para otras dependencias.
No obstante, los marmoleros de las inmediaciones aseguran que eso es falso, pues han observado que los trabajadores del panteón Jardín les faltan rastrillos de araña y sogas para bajar los féretros a las fosas.
Y aunque dicen que los sepultureros exhuman los cadáveres con una retroexcavadora, al final tienen que agarran los huesos con las manos, pues no tienen guantes. La máquina también les sirve para hacer las fosas, lo que es una gran ventaja, pues el terreno es de pura piedra.








