Por los años sesenta la Prepa 2 tuvo como director al prestigiado maestro Pedro Vallín Esparza, quien reunió a maestros jóvenes, dispuestos a entregarse a la vida académica, cuya profesionalización se veía venir. Su energía y enjundia dio a la escuela la impronta de calidad que deriva de la entrega inteligente. El público la calificó de inmediato como “el monasterio de Vallín”. Este sueño terminó de manera abrupta.
Al capo universitario de antaño, Carlos Ramírez Ladewig, le molestaba la poca lealtad reportada. Cortó por lo sano. Mandó a la FEG, con el señuelo anticomunista de moda, a parar la escuela y echar a la calle al director. Los profesores defendieron a su director. Era muralla de gente convencida y dispuesta a resistir. Carlos lanzó una carta fuerte. Ordenó retener el pago del salario varios días, hasta que apareció la animosidad entre ellos. Tras semanas de retraso, Antonio Mora Luna, El Wama, fue de pagador. Puso su rifle M1 a un lado de la mesa y al otro los cheques de la nómina. Esperó a los rebeldes. Fue larga su espera, pero al fin se impuso. Empezando por los más pusilánimes, pasaron uno por uno, humilditos. La resistencia fue doblegada.
Pareciera estar ya lejano este formato de sujeción ante la disparidad ofensiva que está haciendo crisis. Pero no se ha ido. Variaron los modos, no el fondo. Se necesita indagar más profundo la mezquina situación presente para conocer los polvos de los que provienen estos lodos. La UdeG es la segunda del país en muchos rubros. No puede continuar sumida en el marasmo presente que la mantiene desfigurada. Dos dinámicas la pusieron en este brete. Una es la vía de las corruptelas locales, que gozan de cabal salud. La otra, de haberla sometido al esquema neoliberal. Démosles un repaso a estas dos figuras de deformación, por ver si escarbamos más adelante para ella alguna cura.
La prédica neoliberal fundamentalista considera que la educación pública es un fardo pesado para las finanzas del Estado y que se le deben retirar apoyos y subsidios con que le dotó el Estado de bienestar. Las Instituciones de Educación Superior, según el paradigma neoliberal, deben convertirse en entes autosuficientes o dejar de ser. Su oferta debe ser pagada por los educandos, en directo o en pagos diferidos. De no ser así, cerrarlas. Se les considera caras, de inversión ociosa o perdida. La disyuntiva plantea que la educación es una mercancía cara o resulta un despilfarro, una inversión irracional e irrecuperable. La protervia neoliberal ha sido muy denunciada ya. No es ociosa la refutación de tesis que ponen a la cultura en el filo del precipicio, pero nos llevaría lejos del punto presente.
Cuando se empezó a implantar en casa el modelito, fueron escasas las voces que lo cuestionaron. Aún no lo ha implantado a fondo el padillaje condenando la gratuidad a la sepultura, aunque poco falte. En la UdeG ya se paga casi hasta por respirar. No han perdido de vista sus impulsores el asunto de las cuotas, que será el tiro de gracia a la educación popular, pero ahí la llevan. Las buenas cuentas que rinden al panismo prevaricador les generan el aplauso tanto del gobierno instalado, estatal y federal, como el de los poderes fácticos, a quienes la prédica monetarista les sabe a coro celestial. Por eso les pasan por alto tanto arrebato, como si les dijeran “mi alma”. Y como tampoco se estila entre nosotros la discusión a fondo, el debate sobre la pertinencia de este modelo frente al que había, o a otro distinto, sigue pendiente. Nadie parece dispuesto a ponerle el cascabel al gato.
La otra vertiente, por la que le brota lo pusilánime al gremio magisterial universitario, le viene del sojuzgamiento corporativo aplicado a su interior como en los mejores años del priismo. Para garantizar la lealtad plena de la planta docente se le recluta siempre del bloque del alumnado plegado a los dicterios del capo en turno. Así era cuando la FEG. Así sigue siendo ahora con la FEU. Una de las prerrogativas de los líderes estudiantiles en turno consiste en incorporar a sus cancerberos a la nómina. Que haya los reglamentos de ingreso, promoción y permanencia que se quiera. La norma dorada para ingresar, permanecer y escalar en la planta docente no tiene nada que ver con calidad académica, superación docente y habilidades pedagógicas. Su coartada clave radica en la fidelidad canina al capo de todos conocido, de apellido Padilla y de nombre Raúl.
La modificación neoliberal inició hace dos décadas. De entonces frenaron los aumentos salariales. Se inventaron canales eventuales de remuneración. Unos en especie, como Promep; otros en metálico, como el SNI y los estímulos. La UdeG inventó su propio modelo clientelar y remunerativo para la masa de fieles, no sólo adictos, sino defensores a ultranza del modelo neoliberal, aunque les dañe. Aumentaron las plazas administrativas e inflaron los salarios de este sector al grado del escándalo presente. Los funcionarios altos y medios cobran de tres a seis veces más que un profesor o investigador calificado de la más alta categoría en el escalafón. Puede un docente poseer posgrado de alta calificación y recibir apenas 25 mil pesos mensuales, mientras que un burócrata alto, con toda su impreparación a cuestas, se levanta cuatro veces más. Una injusticia palmaria. Pero hay salida. Si muestra fidelidad lacayuna, puede pertenecer a los dos paquetes, al docente y al administrativo. Este cebo pecuniario rinde frutos atractivos y acalla conciencias.
Tal doble vía enturbia las cosas de forma dramática. Profesores de calidad, valiosos y bien formados, conviven revueltos con otros que no acatan la solfa, ágrafos incurables, simuladores de tomo y lomo. Éstos no reclaman por la deformación estructural de su esquema de lealtad. Aquellos, por la sujeción invisible que los maniata como con cinta transparente y los equipara a los improvisados, a los dispuestos a llevar nóminas a las escuelas, formar profesores, desenfundar la fusca junto a los cheques y entregarles su mesnada.
El cuadro completo arroja la aberración con más claridad. Los profesores asociados cobran apenas de 10 a 12 mil pesos al mes. Los asistentes, 6 mil u 8 mil. Los de asignatura cobran por hora de clase impartida. Una les significa apenas 50 pesos. Con semejante inopia retributiva, todavía les borran su derecho a entrar al concurso por estímulos, pues los reparten entre los que están colocados en la parte alta del escalafón. Como esta escala es trepada de muchos por mero favoritismo, hasta revulsivo resulta saberlo. Aun así los magnates universitarios hablan de movilizar a las calles huestes otra vez, para exigir que les llenen las arcas, pues no les ajusta lo entregado. Aun así hablan, sin que les llegue el rubor al rostro, de ser una universidad de altos vuelos e impartir educación de excelencia. Habrase visto.








