La “Torre de Babel”

Los organismos internacionales fueron creados para identificar problemas, deliberar sobre ellos y negociar acuerdos que permitan establecer normas y crear instituciones que hagan posible manejarlos , resolverlos, hacer predecible su evolución. Entre los problemas más difíciles se ha encontrado siempre el de las armas de destrucción masiva, su capacidad mortífera creciente, su proliferación, sus peligros como factores que alientan conflictos al interior de los Estados y entre ellos. Desgraciadamente, las instituciones destinadas a combatirlas se han deteriorado.

La lucha a favor del desarme está paralizada en los organismos que fueron creados para ese fin. El caso más conocido es la Conferencia del Desarme (CD), con sede en Ginebra, que otrora logró importantes avances en la elaboración, por ejemplo, de la Convención para la Prohibición de Armas Químicas, o en el Tratado para la Prohibición Completa de Ensayos Nucleares. Ahora la CD lleva 15 años paralizada, incapaz de ponerse de acuerdo siquiera sobre su programa de trabajo. El resultado de ese estancamiento es dejar libre el avance del armamentismo en los países más poderosos y hacer cada vez más profunda la vulnerabilidad de quienes sufrirán el poder destructivo de tales armas.

Acabo de pasar una semana en Ginebra, embarcada en un grupo de trabajo encargado de proponer acciones para terminar con ese estancamiento tan preocupante de la CD. Los resultados de nuestro trabajo fueron muy magros y la frustración muy grande. La CD es un buen ejemplo del peligro de que las instituciones, algunas veces admiradas por sus logros, se deterioren sin remedio. De una parte, porque sus integrantes se han encerrado en un espacio de intereses nacionales que no les permiten ver y valorar la conveniencia de un adelanto global. De otra parte, porque se ha impuesto una manera irracional de hacer de las normas de procedimiento y diferencias banales el objetivo mismo de todo un organismo. En los imponentes salones del Palacio de las Naciones en Ginebra, los diplomáticos encargados de desarme pasan horas enfrascados en discusiones sin sentido sobre cómo se aplica el consenso, cómo se designa al presidente de una tarea secundaria, cómo se redacta un comunicado, cómo se pierde el tiempo, en fin, para justificar la permanencia de un organismo que ha dejado de cumplir sus funciones.

A primera vista, la parálisis de la CD está provocada por las diferencias existentes entre dos grandes grupos. De una parte, aquellos conocidos en la jerga de Naciones Unidas como los P5, es decir, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad (China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia) que, no por casualidad, son los principales productores y proveedores de armas de todo tipo al derredor del mundo. Este grupo se distingue por su indiferencia ante los cuatro temas que, en principio, deberían atraer la atención de la CD: desarme nuclear, desarme del espacio extraterrestre, compromiso de no lanzar ataques con armas de destrucción masiva sobre los Estados que no las tienen, y negociación de un acuerdo para prohibir la fabricación de materiales fisionables. Para los P5 lo único que importa es la negociación del acuerdo para prohibir la fabricación de materiales fisionables. Los motivos, señalan los analistas, residen en el hecho de que ellos ya tienen suficientes arsenales de dichos materiales.

En el otro extremo se encuentran los países que consideran la negociación de ese tratado como una amenaza a su seguridad nacional. Esta posición, encabezada por Paquistán, se defiende a partir de la situación desequilibrada en que un tratado de esa naturaleza dejaría a Paquistán frente a su conocido rival, la India, cuyo reciente acuerdo nuclear con Estados Unidos le otorga superioridad en el acceso y utilización de materiales fisionables. Sin necesariamente hacerlo explícito, son varios los países del llamado Tercer Mundo que arropan a Paquistán en esa posición. Para buen número de los países del sur,  los trabajos de la CD deben girar en torno a las cuatro prioridades de su agenda citadas anteriormente, con atención especial al desarme nuclear. Los intentos de sólo favorecer el problema del desarrollo de materiales fisionables consagran un mundo dominado por los intereses exclusivos de los P5 en materia de seguridad internacional.

Aunque las diferencias anteriores son suficientes para dificultar los trabajos de la CD, lo cierto es que por encima de ellos se encuentra la atención que se otorga a las discusiones bizantinas sobre la necesidad de consensuar cada punto o coma que se quiera acordar, la energía que se destina a elegir un presidente cada cuatro semanas, el tiempo que se dedica a reformular cada año un programa de trabajo que no se llega a implementar; el grado, en fin, en que la discusión sobre procedimientos irrelevantes ha venido a sustituir cualquier intento serio de llegar a negociaciones sustantivas dentro de la CD.

Romper esa dinámica parece imposible. El camino entonces es, para algunos, buscar nuevos foros más proclives a dar aliento a la voluntad política para detener el avance hacia un mundo más armado. Los países a favor de ese llamado son conocidos defensores del desarme, como Suecia, Nueva Zelanda, Australia, México y varios más. Su discurso, sin embargo, es todavía muy heterogéneo y no tiene la fuerza necesaria para sacar de la “Torre de Babel” a la gran mayoría de quienes tienen la responsabilidad de negociar un camino para detener los horrores que conllevan las armas de destrucción masiva. Parecemos estar condenados a seguir en esa Torre mientras al derredor los peligros aumentan. Algo de mi experiencia ginebrina me recordó a México y la situación en que se encuentran sus instituciones y procesos políticos.