Los motivos de Alamilla y Venegas

Aunque el coleccionista Sergio Autrey se animó a impulsar la exposición Akaso a partir de los murales de Osaka, los pintores no necesariamente fueron inspirados por aquellas obras realizadas hace más de cuarenta años. Por el contrario, dicen tres de ellos, se sintieron con la total libertad de pintar lo que quisieran, sin pretensiones de coincidir como grupo, ni en concepto alguno.

Para Alberto Castro Leñero, Osaka fue sólo un referente. Cuenta que el nombre Akaso fue propuesto por su hermano Francisco, como una inversión del nombre de la ciudad japonesa, pero su motivación al pintar tuvo más relación con la búsqueda de un espacio para la expresión pictórica “porque tal vez nos sentimos como relegados”.

Germán Venegas se incorporó al proyecto de la muestra casi desde su inicio. No es un pintor cuyas obras coleccione Autrey, pero cuenta que sí le ha comisionado sobre todo retratos de sus familiares y de ahí parte su relación. Aceptó participar en Akaso por considerar que siempre hay algo nuevo que aprender en su oficio de pintor, y en este caso era una oportunidad para pintar en gran formato:

“En México es muy difícil, hablando en términos de posibilidades, llegar a pintar cuadros de esas dimensiones, creo que el coleccionismo en general no está hecho, o por lo menos no tiene la disposición de hacerse de ese tipo de cuadros, algo que es muy común en otros países: vemos la pintura neoyorkina, la italiana, la alemana, y desde la antigüedad siempre se han pintado formatos enormes. Entonces me llegó esta oportunidad y para mí era maravilloso poder darme el lujo de pintar un cuadro de gran formato.”

Dice, como Castro Leñero y Autrey, que no hubo un tema, pero al ser artistas que han trabajado en la Ciudad de México desde hace más de treinta años y tener los sentidos abiertos “de tiempo completo”, perciben lo que sucede en el entorno y por ello hay coincidencia en pintar la violencia que se está viviendo.

Su cuadro se titula Coatlicue y explica que siempre ha sentido la necesidad de acudir a las fuentes del arte precolombino “que aparentemente son de mucha violencia, de mucha oscuridad”, pero en este caso la Coatlicue habla de algo más que guerra y sacrificio, habla de la “necesidad del ser humano de entender su existencia”.

Lo que más le atrajo del proyecto, destaca, es el apoyo al trabajo pictórico “en estos momentos difíciles”, donde pese a su experiencia y labor de más de treinta años “estamos abandonados por las instituciones”. En cambio, añade, llega un coleccionista particular y decide aventurarse en un proyecto que parece una locura, con una acción en beneficio de la pintura.

Por su parte, Miguel Ángel Alamilla, autor de Las palomas asesinadas, comenta que su cuadro en realidad no tiene que ver con la violencia de hoy, ni con algún tema social, sino que en los momentos en que descansaba un poco de pintar, leía y en sus lecturas encontró esa frase que le gustó y la puso como título en su obra.

Agrega que al realizarlo no pensó en los murales de Osaka, de los cuales sabe de su existencia como de algunas otras obras de la historia del arte, pero no tuvo ninguna conexión directa con su obra.

(Para Proceso escribió la crítica de arte Raquel Tibol el texto “Gamboa y su proyecto de obra colectiva: Un destino venturoso para los murales de Osaka”, publicado en el volumen México: Su apuesta por la cultura, editado por Proceso/Grijalbo/UNAM en 2003.)

Y respecto del apoyo que se quiere dar a la pintura con esta exposición, Alamilla comenta que le parece bien porque él es pintor. Y no cree que deba haber una confrontación entre las vanguardias y la pintura. Además, opina que en las primeras hay obras extraordinarias y admira a algunos artistas, “pero bueno, yo soy pintor, y si aparece alguien como Sergio Autrey que propone un proyecto así, me parece extraordinario, bastante admirable”. (Judith Amador)