El geógrafo Luis Valdivia es contundente en su diagnóstico: el crecimiento desordenado de la zona metropolitana de Guadalajara la hace cada vez más proclive a la catástrofe. Según el especialista de la UdeG, a los hundimientos en algunas zonas debe sumarse la proliferación de colonias sobre barrancas y zonas de relleno no aptas para vivienda, así como las inundaciones cíclicas provocadas por las lluvias. Eso, dice, es una combinación letal.
Además de la mala planeación y la ausencia de ordenamiento territorial, la zona metropolitana de Guadalajara (ZMG) padece en forma cíclica hundimientos, deslizamientos e inundaciones, sobre todo en temporada de lluvias, sostiene el geógrafo Luis Valdivia Ornelas, al tiempo que advierte que la degradación urbana “es una bomba de tiempo” que puede estallar en cualquier momento.
Titular de la cátedra sobre geografía de los riesgos en la Universidad de Guadalajara, el especialista asegura que innumerables colonias viven al filo de la navaja, en particular las de la barranca de Huentitán y las que “cada año se ven sumergidas entre aguas negras y pluviales”, como Santa Paula y Briseño, explica a Proceso Jalisco.
Algunas avenidas y pasos a desnivel de la ZMG también son ejemplos de la falta de planeación: cada año, sobre todo en estas fechas, ponen a temblar a los tapatíos por los estragos que causan las lluvias, indica Valdivia. Y lo peor, subraya, es que el alto riesgo de sismicidad mantiene en la zozobra a la población.
“Hemos estudiado la ZMG, sobre todo Tonalá, Tlaquepaque, Zapopan y Guadalajara y algunas áreas de la ribera de Chapala. Sabemos que durante décadas las autoridades dejaron el crecimiento urbano en manos del mercado; y éste arrasa con todo. Su divisa es ganar dinero a costa de lo que sea”.
Por lo que atañe a las zonas más proclives a las inundaciones, además de las dos ya mencionadas, Valdivia añade los valles de Atemajac, Tesistán y Toluquilla; así como la colonia La Punta, en Tonalá; algunas de Atemajac, así como el área de Plaza Patria-Acueducto, la zona de Plaza del Sol y varias avenidas del centro de Guadalajara. “Es increíble que cada año se inunde la calzada Independencia”, exclama el entrevistado.
Valdivia recuerda que aun cuando en junio de 2010 los directivos del Sistema de Intermunicipal Agua Potable y Alcantarillado (SIAPA) y de la Comisión Estatal del Agua (CEA) anunciaron una inversión de 8 mil millones de pesos para obras de infraestructura hidráulica para toda la ZMG, las irregularidades persisten.
En cuanto a hundimiento de fincas, la problemática se agudiza en Mezquitán, al norte de la ZMG, donde es frecuente el surgimiento de grietas sobre el pavimento que afectan a los inmuebles; lo mismo sucede en El Deán, al sur de la ciudad, así como en Lomas del Sur, en Tlajomulco, y en la región de la Cuenca de El Ahogado.
Le preocupa que aun cuando esta situación afecta directamente a los propietarios, sobre todo a los de escasos recursos, no se haga nada para castigar a los constructores, por las malas obras realizadas, y a los políticos que las avalaron.
Vivir bajo el agua
Luis Valdivia sostiene que las anomalías se han vuelto crónicas. Los habitantes de la ZMG llevan más de dos décadas con esa amarga tradición. Y se queja porque, dice, aun cuando los problemas son macros, hay pocos estudios sobre esta situación, lo que lo obligó a formar un equipo para identificar las causas y hacer un diagnóstico.
“En los setenta se manifestaron los primeros efectos de la descomposición en la ciudad y hoy se han extendido a otros puntos, como la Cuenca de El Ahogado, Tesistán y Tonalá, donde hoy las inundaciones son habituales”, explica.
Según el entrevistado, las inundaciones que azotan a la ZMG son producto de una combinación de variables letales: las intensas tormentas en esta zona donde las cuencas concentran mucha agua (factor natural) y una urbanización desordenada que lleva décadas sin tomar en cuenta las características geográficas; además, la infraestructura es obsoleta y la basura azolva las alcantarillas.
Por ello, expone, “no deben sorprendernos los funestos resultados sobre todo por la desaparición de los cauces que drenaban esa agua acumulada”; entre los cuales enumera el de San Juan de Dios, el de San Ramón, que era parte de El Osorio, así como El Arenal-Chicalote, centro comercial Plaza del Sol y la colonia Ciudad del Sol, zona que anualmente sufre desde que se urbanizó completamente.
E insiste: “El agua busca su camino y siempre lo encuentra. Ahí era un río y ahora es un desastre. Ese es otro ejemplo de que cuando se emprenden proyectos de urbanización sobre alguna microcuenca se corre el riesgo de darse un balazo en el pie”.
Valdivia alude también a la Cuenca del Ahogado, sobre todo el Valle de Toluquilla, que tiene 500 kilómetros cuadrados. “Era zona agrícola y para tal vocación había todo un sistema, nueve presas y tres vasos, todos tenían sus arroyos. Pero a las autoridades se les ocurrió urbanizar el territorio en la década de los noventa. Se hicieron hara kiri porque el suelo no está diseñado para uso urbano”.
Subraya que las obras hidráulicas en el Valle de Toluquilla no soportan las cargas pluviales tan altas. “Los canales no están en pendientes, ni tienen capacidad para tanto volumen de agua y es común que los dos arroyos de Tlaquepaque y Zapopan y el de Tlajomulco se desborden”.
Además, el suelo del Valle de Toluquilla es volcánico, al igual que el de Guadalajara. “Es casi pura piedra pómez, cuya porosidad le permite absorber y retener el agua. Pero la urbanización le dio al traste”, indica Valdivia.
Dice que lamenta la “política de olvido” de las autoridades en materia de redes hidráulicas. Recuerda que la última actualización viene de los setenta y aun cuando ha habido algunas interconexiones posteriores, hasta ahora no existe una política de Estado en esa materia; eso es dramático.
Para él, los políticos tienen una lógica torcida: “La situación es desastrosa (sobre todo porque pese a lo que opinan las autoridades), con colectores no se solucionará el problema. Se necesitan ductos gigantes que saquen agua. Una inversión de este tipo es elevada, pero como las obras no lucen, porque son subterráneas, simplemente nadie las hace”.
En junio de 2010 el director de la CEA, Héctor Castañeda, dio a conocer un proyecto que, expuso, contribuirá a aliviar la catástrofe en Toluquilla. El paquete de 45 actividades abarcaba la recuperación de los vasos en nueve presas (algunos de ellos ya fraccionados, como el de la colonia Chulavista, que ya ha sufrido inundaciones); así como la demolición de construcciones que obstruyen el agua, acciones en el vaso de la presa, la liberación de cruces sobre el canal de Las Pintas y acciones en el río Santiago.
El funcionario organizó una conferencia de prensa el día 21 de ese mes para hablar de los avances en el desazolve de varias presas, así como del retiro de puentes que obstaculizan cauces y del reforzamiento de la cortina en la presa del Ahogado, entre otras. El problema es que el rescate de esta zona implica una inversión de 4 mil 200 millones de pesos –poco más de la mitad de lo que se destinará a toda la ZMG–, según trascendió.
Por su parte, el SIAPA aplicó tandeos en 462 colonias de la ZMG entre el 14 de marzo y hasta 29 de abril último con el propósito de restaurar parcialmente el canal de Las Pintas.
El 26 de abril, el gerente de Producción del SIAPA, José Luis Gutiérrez Gómez, informó en rueda de prensa que se destinaron 17 millones de pesos para evitar que las aguas residuales lleguen al arroyo natural.
Valdivia insiste: “Hay incapacidad progresiva. Estamos en una situación de emergencia; urge un replanteamiento. El problema no es de ingeniería, por lo tanto no se resuelve sólo con ductos y conexiones; el problema es de ordenamiento territorial.
“No han aprendido la lección: nunca deben alterar las condiciones de sistemas naturales, por eso ya no se puede resolver con inyecciones de dinero, a menos que sean proyectos multimillonarios. Desgraciadamente el daño ya está hecho”.
Al filo de la navaja
Los tapatíos también están molestos porque, dice el geógrafo Luis Valdivia, muchos de los inmuebles que habitan están construidos sobre terrenos inestables.
Relata que desde principios del siglo XX y hasta la década de los cuarenta las barrancas comenzaron a ser rellenadas con cascajo y remanentes de las obras de construcción de las entonces modernas avenidas modernas de la ciudad.
Lo peor, dice Valdivia, fue cuando a los desarrolladores urbanos se les ocurrió construir sobre esos rellenos. Así sucedió en la colonia Alcalde Barranquitas, donde los problemas surgieron de inmediato.
“Hoy a los límites de la barranca hacen terraplenes (rellenos para nivelar terrenos); algunos asentamientos llegan al límite físico del valle, como en Colimilla, que es una zona tectónica, muy susceptible por la inestabilidad de esos suelos”, explica.
Otro ejemplo es el del fraccionamiento Urbi, ubicado en el camino a Matatlán, y que se construyó sobre un basurero del mismo nombre, por lo que presenta hundimientos y fallas estructurales (Proceso Jalisco 248).
“El costo social es importante y los constructores han sido fríos, lo único que les importa es el dinero y por eso construyen donde sea. Ya no es sólo el riesgo natural, sino también la irresponsabilidad.
Los deslizamientos son otro problema que provoca la voracidad del mercado. El perímetro de la ceja de la barranca está prácticamente urbanizado. El riesgo de que las colonias y las familias que ahí residen se vayan al barranco es elevado y nadie hace nada.
–¿Esta problemática afecta sólo a los pobres? –se le pregunta.
–Sin duda ellos son los más vulnerables, aunque el problema afecta a todos. En Puerta de Hierro, por ejemplo, hay hundimientos incluso más costosos, obviamente porque las fincas valen más. La diferencia es que los habitantes de esos fraccionamientos suntuosos tienen dinero para salir adelante.
Valdivia y su equipo elaboraron un mapa de riesgo a partir del cual propondrán un diagnóstico general que, dicen, se publicará en forma de libro.
El volumen tendrá un apartado histórico en el que relatarán los vaivenes del desarrollo urbano para que los lectores entiendan los problemas que hoy los aquejan, así como un capítulo sobre las áreas propensas a los fenómenos naturales o a riesgos derivados de la mala planeación urbana.
Valdivia destaca que hay una variable que se ha olvidado: el riesgo sísmico de la región. “Basta con ver las condiciones geológicas. Estamos en un sistema de fallas que cruza El Salto, bordea Tonalá, continúa en el norte de Guadalajara, Huentitán, Zapopan, San Cristóbal y finaliza en Tequila”.
Recuerda que Jalisco ha sufrido tremendos sismos, como el de 1870, con epicentro en San Cristóbal de la Barranca; la cercanía con Guadalajara es evidente. Otro movimiento telúrico importante fue el del 3 de junio de 1932, con una intensidad de 8 grados Richter, quizá el más fuerte en la historia de México.
–¿Qué pasaría con todas esas colonias si ocurre un temblor?
–Sería terrible. Muchos sufrirían, dependiendo de la zona y de la calidad de sus viviendas. Por desgracia, te repito, en Guadalajara están todas estas zonas con rellenos y agua somera y con materiales de mala calidad. Y esto es una combinación letal”. l








