Alquimista en el tejado


Antes de tocar el timbre me cercioré de haber cumplido con las recomendaciones: zapatos cómodos, una buena dotación de gaznates y, sobretodo, llevar las uñas limpias. Aguardé unos segundos. A las cinco precisas apreté el botón donde se leía Jurado. Quería hacer gala de puntualidad. Un escalofrío me recorrió el espinazo en el momento que escuché unas pisadas que descendían. Cuando se abrió el portón, una hermosa mujer profirió con acento caribeño: Nos alegra recibir a alguien de Proceso; suba con cautela porque las ramas de juncia pueden ser resbalosas…

A partir del segundo piso logré reconocer el “Dúo de las flores” de la ópera Lakmé de Leo Delibes (1) que inundaba sedosamente el cubo de las escaleras. Musité que el recibimiento no podía ser más exquisito y, en efecto, conforme nos acercábamos al último piso un aroma de nardos se agregó al ambiente. Una vez en el umbral del apartamento quise recordar las frases de saludo que tenía listas para dirigirme al legendario maestro Jurado pero el asombro invalidó el tentativo y me oí vociferando alguna oración insulsa. En balde me había esmerado para decirle algo ingenioso a un hombre célebre por sus dotes de fabulista, de oficiante de la luz, de artífice de imágenes prodigiosas, de inventor y de muralista.

Mi sorpresa aumentó cuando reparé en que los muros de la morada estaban tapizados de cuadros y que de uno de ellos emanaba la música de Delibes. Antes de que pudiera articular palabra, el maestro dijo: Apágalo, Chichay, para que nuestro amigo no se predisponga… Con ligereza felina la dama se situó frente al óleo y trazó con los brazos extendidos dos medios círculos. De inmediato se hizo silencio. Pensé comentar algo sobre el portento que se revelaba ante mi atónita mirada, mas intuí que era mejor callarme.

Me indicaron el sillón que debía ocupar para la visita y me pidieron que me despojara del gabán pues, según lo convenido, iba a resultarme estorboso. Hechas las presentaciones, mi atención se dirigió hacia una cámara de cartón que pendía de varios globos y que a lapsos regulares me fotografiaba. Tampoco atiné a decir nada, ya que el mago se adelantó: la construí para sacar fotos aéreas pero ésta resultó muy asustadiza y nunca pude sacarla por la ventana…

Me cruzó por la mente una pregunta y la clarividencia de mi anfitrión volvió a sorprenderme: Ya sé lo que está pensando y veo que el tríptico es el que más le atrae. (2) Ha hecho una elección interesante. Acto seguido, la esposa del brujo me acercó un matraz con agua de lima y me pidió que le vaciara los polvos de un sobre azul. Volqué el contenido con cierta tembladera, a sabiendas de la imprudencia de inquirir. De nueva cuenta se verificó la antelación: Pierda cuidado, el polvo de cuerno de unicornio es inofensivo; sin él no hay manera de incursionar en las telas. Aunque, a usted si podemos confiarle la verdad. Se trata de colmillo de narval molido…

Apuré el líquido con parsimonia y lo que sucedió después perforó mi comprensión: Una robusta doncella giró con levedad para apoyar un quimérico instrumento musical en un hueco del cuadro y me hizo señas para que no hiciera ruido. Simultáneamente, un león albino me lanzó un guiño de complicidad mientras un angelito verduzco se abocaba a tañer un son jarocho en su flauta iridiscente. Con el vaivén de la música las olas del plácido mar se encresparon en sintonía con las notas y la angelita del extremo opuesto de la composición le volteó la espalda a un pequeño demonio que pretendía acariciarle los pechos. Ante el rechazo, el diablillo se me vino encima para revisar la pulcritud de mis manos. Con una mueca de aprobación me aferró el cuello con su cola y sentí una extraña hinchazón interna. Al improviso, la goleta que surcaba el fondo del lienzo desvió su curso para encallar en el centro de la habitación. Un marinero con el rostro rejuvenecido del hechicero me gritó desde una escotilla: Ahora es cuando vamos a necesitar los gaznates. Déle la bolsa a la nativa y espérese a que deguste el primero. Verá como por reacción espontánea va a ponerse a tocar su instrumento. Por cada gaznate que usted le deje, la muchacha va a inspirarse por un par de horas. Haga bien las cuentas porque la sonoridad de su mandolina es la que mantiene despiertos a los adeptos a las calderas. Si llegáramos a quedarnos en alta mar sin su música correríamos el riesgo de no poder regresar nunca…

Supuse que las velas de la embarcación eran de adorno y que habían sido pintadas para que los eventuales pasajeros amainaran sus miedos a perderse para siempre; no obstante la advertencia, decidí embarcarme. Los gaznates deberían bastar para un día entero. En cubierta fui presentado al capitán Adojuhr, quien me entregó una resina de ámbar para taparme los oídos en caso de que alguna sirena anduviera en vena de juergas y se pusiera a cantar a nuestro paso. Me enteró de la ruta prevista y de la lentitud con la que transcurría el tiempo a bordo. En ese instante reapareció el maestro con pinceles y paleta y se dispuso a ilustrarme su vida.

Con el viento de levante silbando a babor comenzó a plasmar el relato: había nacido en la otrora Ciudad Real de Chiapa y fue criado por unas tías malévolas. A los 8 años le prendió fuego a su casa y escapó en busca de horizontes más luminosos. De adolescente se alistó en un circo en donde se encargó de la custodia de un león viejo y desdentado. Desde que tuvo memoria, la aprehensión de imágenes había palpitado en su alma pero los senderos para su captura le resultaban muy trillados. Un afán libertario lo hizo enrolarse en la Marina y al cabo de tres años de navegar por el Pacífico sus ansias pictóricas adquirieron forma y vigor. Esporádicamente acudió al Taller de Gráfica Popular, sin embargo, en su ánimo se impusieron los llamados para solidarizarse con los desposeídos. Trabajó con fervor para el Instituto Nacional Indigenista llevando muñecos de guiñol a las comunidades más marginadas de su Estado y tomó las armas para unirse a la revolución cubana. A cargo de una ametralladora maltrecha apostada en el Teatro Nacional de la Habana, debía disparar contra los aviones yankees para impedir que duplicaran su heroica hazaña de Hiroshima. Por repartir propaganda “subversiva” fue encarcelado en Guatemala y se libró del fusilamiento por los buenos oficios de su mujer y sus amigos. Poco a poco su talento hizo implosión ramificándose en la pintura, la docencia y la fotografía.

A medio trazo de un dibujo que recreaba sus últimos modelos de cámaras sin lente, sonó la alarma: nos habíamos quedado sin música pues el diablillo le había arrebatado los gaznates a la mandolinista y los carboneros ya estaban cerrando los ojos… Adojuhr enfiló la proa hacia el apartamento con la esperanza de reprender al malhechor. Intentos vanos, porque de vuelta en tierra firme comprobamos que sus diabluras habían causado desfiguros en la composición del tríptico. La nativa lloraba y el león quería consolarla con sus patas delanteras; la pareja de angelitos le hacía trompetillas al renegado, mientras éste trataba de abrir un boquete en la tela…

Una sonora carcajada del eterno aprendiz de alquimista me incorporó al asiento mientras Chichay se aseguraba de que mi transmutación espiritual hubiera concluido con éxito. Antes de abandonar su vivienda me repitieron que no dudara en recurrir a su auxilio cada vez que la existencia me confinara entre las sombras de la desesperanza. Los miré a los ojos y sonreí; al fin y al cabo, Carlos Jurado pensaba vivir hasta los 110 años y en sus planes figuraban creaciones inauditas. Las puertas de su morada seguirían orientándose hacia la luz y al abrirse irradiarían mayor solaz a una humanidad hendida por la pesadumbre.
(1)    Para escucharla pulse la ventana de audio. Dúo de las flores del acto 1 de la ópera Lakmé de Leo Delibes (1836-1891) sobre un libreto de Edmond Godinet (1828-1888) (Mady Mesplé, soprano. Danielle Millet, contralto. Orquesta sinfónica de Paris. EMI FRANCE, 1971)
(2)    La obra en cuestión aparece en el libro Carlos Jurado –O la constancia de la luz– (Obra reunida) José Antonio Reyes Matamoros, editor.