Corea: la última frontera

No suficiente con los tambores de guerra que cada vez suenan más fuerte en torno de Irak, con el combate al terrorismo internacional, que ha tenido logros magros y más bien creado un clima de represión general, mientras ocurren graves atentados Ahora, desde hace un mes, se ha dado un creciente enfrentamiento entre el régimen comunista de Pyonyang y el beligerante gobierno de Washington Y la situación muy pronto podría escalar hasta el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas
Aunque el Departamento de Estado y el propio George W Bush se han empeñado en dejar claro que Estados Unidos no pretende atacar a Corea del Norte ni derrocar a su líder máximo, Kim Yong Il, sino solamente obligarlo a cumplir sus compromisos internacionales –y considera que esto se puede alcanzar por medios diplomáticos–, la posibilidad de que estallen acciones armadas no es del todo imposible
En los primeros días de la crisis, el siempre dispuesto secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, dijo inclusive que la Unión Americana podía combatir y ganar en dos frentes al mismo tiempo (Irak y Corea del Norte) No ha vuelto a hablar, pero otros han empezado a preguntarse si los norcoreanos no representan un peligro mayor para la seguridad y los intereses norteamericanos que el mismísimo Saddam Hussein
Así lo expresó nada menos que el presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, Joseph Biden, secundado por un sinnúmero de académicos y analistas políticos Y no casualmente los dos semanarios más importantes, Time y Newsweek, plantearon esta interrogante en su última portada
Y es que la República Democrática Popular de Corea no es sólo una de las últimas reliquias comunistas que cuenta con armas nucleares, sino que previsiblemente lanzaría su primer ataque contra Corea del Sur, donde Estados Unidos mantiene todavía unos 40 mil efectivos y a la que lo liga un convenio militar, que lo obligaría de inmediato a sumarse a las acciones bélicas Sería, por definición, la última batalla de la confrontación Este-Oeste, aunque pudiera sonar anacrónico
Cuando en junio de 2000 se reunieron por primera vez los jefes de Estado de las dos Coreas –Kim Dae Yung (Sur) y Kim Yong Il (Norte)– muchos hablaron de una reunificación al estilo de Alemania y de la necesidad de derribar también el muro que las divide Y no hablaban en forma simbólica, ya que además de la división ideológica, política, económica y militar, la península coreana se encuentra efectivamente separada por un muro de hormigón armado que, a lo largo del paralelo 38, recorre 240 kilómetros de costa a costa
A diferencia de lo que ocurrió en Berlín, donde fue el gobierno germanoriental, presionado por los soviéticos para evitar la emigración masiva hacia Occidente, el que levantó la muralla, en la península asiática fueron los surcoreanos la que la construyeron, a instancias de los norteamericanos, que querían a toda costa evitar la “infiltración comunista” Como sea, ambos fueron el producto de la división del mundo en bloques hegemónicos, resultado de la enemistad surgida entre los Aliados al terminar la Segunda Guerra Mundial
En el caso de Corea, su ubicación geográfica entre China y Japón –que siempre disputaron su territorio– fue el antecedente de una historia cuyos capítulos siguen escribiéndose Después de derrotar a chinos y rusos, en 1905 los japoneses ocuparon militarmente la península, ocupación que no lograría revertirse sino hasta 1945, cuando el avance de las victoriosas tropas soviéticas ayudaría a la resistencia local a replegar a los invasores hacia el Sur
Con la derrota nipona ante los estadunidenses un poco después, las cosas, sin embargo, habrían de complicarse Washington no estaba dispuesto a permitir que Moscú determinara la situación coreana y ocupó la zona situada al sur del paralelo 38, supuestamente para “desarmar a los japoneses” Un movimiento de fin de guerra que se presumió como temporal, persistió y es el que mantiene divididas a las dos Coreas hasta la fecha
La historia intermedia es conocida En el Norte se estableció una dictadura militar de orientación comunista, encabezada por Kim Il Sung, quien dirigió a las guerrillas antiniponas desde 1932 Las tropas soviéticas se retiraron, pero mantuvieron su apoyo al nuevo régimen En el Sur, los estadunidenses promovieron otro gobierno de corte militar, profundamente anticomunista y represivo, presidido por Syngman Rhee, con el que pactaron un acuerdo de seguridad En este marco, los efectivos de Washington nunca abandonaron el suelo coreano
La disputa por cuál de los dos regímenes representaba legítimamente al pueblo coreano ante la comunidad internacional habría de llevar poco después a la llamada Guerra de Corea (1950-1953) Pese a la participación directa de las tropas norteamericanas, el Norte se impuso y obligó tanto a Washington como a Seúl, la capital del Sur, a la firma de un armisticio Nunca se selló la paz, por lo que, según la normativa bélica, las partes continúan técnicamente en guerra
Así, aunque no volvió a haber hostilidades abiertas, alrededor de la zona de demarcación se concentran, entre ambos bandos, más de millón y medio de efectivos Corea del Norte desarrolló, además, una costosa industria bélica, que incluye armamento nuclear Corea del Sur, gracias a su “pacto de defensa mutua”, cuenta con el respaldo del armamento y las tropas estadunidenses ahí estacionadas
En este contexto, hablar de reunificación cuando en el 2000 se dio el “encuentro de los Kim”, pareció todavía prematuro, aunque ese deseo ha estado presente en ambos lados, desde muchos años atrás De hecho, desde 1972 existe ya una declaración conjunta Norte-Sur, que se pronuncia por trabajar en este sentido Desde entonces, sin embargo, sólo se dieron algunos tímidos acercamientos, pequeños intercambios y muchas propuestas de diálogo, que siempre se vieron abortadas por tensiones geopolíticas extranacionales
Ello no obstante, en 1991 se produjo un breve encuentro de dos delegaciones en la parte Norte, que a pesar de su bajo nivel y sus pocos resultados dio la pauta de que renacía la voluntad de cambiar el estado de cosas En este clima, surgió en 1994 el acuerdo entre Estados Unidos y Corea del Norte, que a cambio de que ésta última congelara su programa nuclear, ofrecía por parte del primero asistencia técnica para reorientar sus reactores a la producción de energía civil y, al mismo tiempo, cubrir sus necesidades de petróleo
Ya entusiasmada, la administración de Bill Clinton anunció el final de las sanciones económicas impuestas por su país a los norcoreanos y hasta se previó la elaboración de un programa de incentivos, que caminara en forma paralela a la distensión Las expectativas no eran vanas Durante los años anteriores el mapa bipolar se había desdibujado y la división de las dos Coreas bajo argumentos de Guerra Fría resultaba un anacronismo; y, en términos más pragmáticos, era demasiado onerosa para todas las partes, Estados Unidos incluido
Corea del Norte, que mantuvo un desarrollo aceptable gracias a su equidistancia con la URRS y China, que le reportó beneficios económicos y tecnológicos de ambas, se vio severamente afectada por el derrumbe soviético y la creciente orientación china hacia los mercados occidentales Y pese a su cerrazón informativa, en los últimos años se filtraron noticias de una debacle económica, multiplicada por catástrofes naturales, que en algunas zonas alcanzaría niveles de hambruna La muerte del caudillo histórico, Kim Il Sung, en 1994, y el ascenso al poder de su hijo, Kim Yong Il, de extraño perfil, dejó además traslucir problemas de liderazgo
Corea del Sur, que a pesar de su historia de constantes asonadas militares, fraudes electorales, corrupción y represión logró una exitosa expansión económica, que lo llevó a convertirse en uno de los “Tigres” del sureste asiático, entró también en los últimos años a una espiral de crisis financieras El deterioro en los altos niveles de vida de la población empezó a generar tensiones políticas y sociales; y las relaciones con el mercado global y los organismos financieros se tornaron más difíciles
La mesa para la distensión estaba puesta Pero llegó la administración Bush y todo empezó a tambalearse Aunque se dijo dispuesta a dialogar con el régimen norcoreano, criticó a Corea del Sur por su “exceso” de apertura y volvió a condicionar cada paso Después vendrían los atentados del 11 de septiembre y Corea del Norte, junto con Irán e Irak, pasaría definitivamente a formar parte del “eje del mal”
La lógica de esta homologación no es muy clara Norcorea no es un país musulmán ni parece tener relación alguna con la red de Al Qaeda y sus atentados Su pecado, en todo caso, sería vender armas y tecnología convencional o nuclear a países o grupos que eventualmente podrían atacar intereses estadunidenses El secretario de Defensa, Rumsfeld, de plano la catalogó como “el mayor distribuidor de misiles sobre la faz de la tierra” Pero aun así, la posición de Estados Unidos ha sido contradictoria
En diciembre, por ejemplo, la armada española, en el marco de su participación en la guerra antiterrorista, detuvo en el Océano Indico a un buque sin bandera, de nombre “So San”, que debajo de toneladas de cemento transportaba 15 misiles tipo Scud, con sus respectivas ojivas, y numerosos tambos de ácido nítrico El revuelo cundió, cuando se supo que el cargamento era llevado de Corea del Norte hacia Yemen Pero después que el gobierno yemenita aseguró que sólo lo había adquirido con fines defensivos (sería un aliado de Washington en un ataque contra Irak), los estadunidenses, que ya se habían hecho cargo de la situación, lo dejaron seguir su camino
No obstante, la confrontación siguió su curso Pyonyang acusó a los norteamericanos de “piratería” y anunció que había reiniciado su programa nuclear porque Washington había suspendido los envíos de petróleo acordados en 1994 La administración Bush dijo que realizó tal suspensión, porque el gobierno de Kim Yong Il había violado dicho convenio al iniciar un programa nuclear alterno con uranio, en lugar de plutonio
El caso es que en pocos días la crisis escaló casi al punto de la ruptura Los norcoreanos desconectaron las cámaras de vigilancia y rompieron los sellos colocados por Naciones Unidas en cuatro instalaciones nucleares y empezaron a transportar combustible para los reactores Luego los inspectores de la Agencia Internacional de Energía Atómica fueron expulsados del país, con lo que el diferendo pasó del plano bilateral al multilateral
Ahora, Corea del Norte enfrenta un plazo para recapacitar y evitar que su caso sea llevado al Consejo de Seguridad de la ONU Washington ha amenazado con renovar las sanciones, lo que ha sido interpretado por Pyonyang como una “declaración de guerra” Mientras, se ha desatado una frenética actividad diplomática por parte de Corea del Sur, Japón y China, que serían los más afectados en caso de que estallara la violencia Ni qué decir si esto sucediera en forma simultánea a un ataque a Irak Un escenario ciertamente riesgoso, aunque algunos analistas opinen que Corea del Norte “sólo busca llamar la atención”