Sao Paulo, 18 de septiembre (apro) – El grafitti escrito con letras negras y enormes sobre un muro amarillento repite una creencia popular: “Quien las hace, las paga”
La frase no es una amenaza tardía, sino más bien la confirmación del epitafio apurado y festivo dedicado al excoronel de la policía militar de Brasil Ubiratan Guimaraes, considerado culpable de haber dirigido, en 1992, la masacre en la prisión de Carandirú, y asesinado de un balazo en el pecho el pasado 10 de septiembre, mientras descansaba en su departamento de un carísimo barrio de San Pablo
Las principales sospechosas de su homicidio son su novia (una abogada) y su amante (una jefa policial)
El 111
El excoronel Ubiratan tenía 63 años de edad, era diputado en la Asamblea del estado de Sao Paulo y aspiraba a ser reelecto en menos de dos semanas, para lo cual integraba una lista política que llevaba el número 111, cantidad que irreversiblemente lo marcó
Fueron exactamente 111 los reclusos muertos en el operativo policial dirigido por Ubiratan, en el pabellón nueve de la cárcel de Carandirú, escenario de la mayor matanza de presos en la historia de Brasil El próximo 2 de octubre se cumplirán 14 años de aquella masacre Un día antes 1 de octubre– el excoronel se sometería a una nueva prueba en las urnas
De hecho, Ubitaran siempre buscó ser legislador Le garantizaba un fuero que lo alejaba de los tribunales En 1997 fue diputado suplente por el Partido Social Demócrata (PSD) En 2002 se inscribió con el número 11190 para ser diputado estatal por otra bancada: la del Partido Progresista de Brasil (PPB) Ya elegido, reiteró esa manía buscando la reelección por el Partido Laborista Brasileño (PTB, por sus siglas en portugués) con la denominación 14111
“El 111 era el número del caballo que montaba cuando estaba en el regimiento de la caballería”, solía justificar Ubiratan, conocido como el “Coronel Carandirú” o el “Coronel Masacre”
En julio de 2000, la justicia le achacó la responsabilidad por la muerte de 102 de las 111 víctimas de Carandirú Pero siguió libre, beneficiado por ser “reo primario”, una condición que en Brasil le permitió vivir lejos de las rejas Es más, en febrero pasado, un órgano especial del Tribunal de Justicia lo absolvió
Pero la libertad le jugó una mala pasada, tanto como la reclusión se las había jugado antes a sus víctimas: el excoronel murió esperando otro juicio
Ríos de sangre
Ubiratán quien lucía un gran bigote– permaneció 34 años en las filas de la policía militar de Brasil Ya en los años 70, durante la dictadura militar, combatió contra las guerrillas en Vale do Ribeira, en Sao Paulo
Ingresó a la policía el 31 de marzo de 1964, un día después del golpe militar que instaló una dictadura hasta 1985 Con los militares en el poder, abrazó el sueño de una carrera ascendente: con poco más de 30 años comandó la Caballería, la Rota (comandos especiales) y la Policía Metropolitana
Fue como comandante de la Policía Militar que en aquel octubre de 1992 ingresó dando órdenes en el pabellón nueve de la prisión de Carandirú y transformó sus corredores en “ríos de sangre”, según el recuerdo coincidente de algunos de los sobrevivientes
En rigor, la matanza de Carandirú se volvió célebre no sólo por el número de víctimas, sino por la violencia y la actuación desmesurada de la policía “Hubo alguien allí (en Carandirú) que quiso ser superior a todo y a todos, que no siguió su obligación ni las normas militares”, sostiene Norberto Joia, uno de los fiscales que llevaron la acusación en su contra
El exmilitar había caído desmayado durante el enfrentamiento, a causa de la explosión de un tubo de televisión
Diez años después de la masacre, la cárcel de Carandirú, en la zona norte de la ciudad de Sao Paulo, comenzó a ser demolida y aun su esqueleto forma parte del caos inmobiliario de la ciudad más grande de América del Sur
Quienes sobrevivieron estaban alojados en celdas ajenas al segundo piso, donde fue el motín, y donde con ametralladoras y fusiles en mano, los subordinados de Ubiratan mataron a todos los reclusos, con excepción del ahora expresidiario Jorge Luiz de Paula, entonces preso por el delito de robo
“Tuve que esconderme debajo de los cadáveres de mis compañeros de celda para sobrevivir”, recuerda ahora De Paula, de 48 años de edad
Frente a él, Ubiratan se atrevió a defender la masacre “Si la intención hubiera sido matar, ¿por qué sólo mataríamos a 111 y no a los otros 2 mil 200 presos?”, fue la pregunta que el exmilitar utilizó como argumento en su favor, tanto en el juicio como frente al exdetenido
Y fue más lejos: reprochó a De Paula estar vivo todavía, a pesar de haber integrado aquel motín Y, por si fuera poco, hasta le prometió que, de ser reelecto este año, se dedicaría a “luchar por la seguridad pública” y “la reintegración de los presos”
No tuvo oportunidad
Doble vida
Vivió en un lujoso apartamento del barrio de Jardins, una de las zonas más caras de San Pablo No tenía guardaespaldas, pero ocultaba armas entre sus ropas y en su domicilio, en el que fueron hallados dos revólveres calibre 38 y una escopeta Vivió sus últimos días junto a dos amantes Mentiroso y meticuloso, tomó el cuidado de tener un celular diferente para atender a cada una de ellas
En los días en que el Primer Comando de la Capital (PCC) de Sao Paulo concentró la atención internacional debido a sus atentados en contra de policías, guardias privados de seguridad y personas vinculadas al servicio penitenciario del estado paulista, Ubiratan fue señalado como el principal enemigo de esa organización, integrada por reclusos considerados oficialmente peligrosos y mafiosos
El PCC nació precisamente en las cárceles paulistas, como un sindicato de presos tras el horror de Carandirú
Incluso, su jefe de gabinete, Eduardo Anastasi, divulgó que el exmilitar venía recibiendo amenazas de muerte desde hacía tiempo “Descartamos la intervención en el crimen de cualquier grupo organizado”, se apuró en aclarar el gobernador de Sao Paulo, Claudio Lembo, aun cuando el cuerpo de Ubiratan estaba caliente y como para contradecir cualquier sospecha de su entorno La policía dijo menos, pero apuntó la investigación hacia sus mujeres
La principal sospechosa es la abogada Carla Cepollina, de unos 40 años de edad, quien, admite ella misma, abandonó la casa de Ubiratan por la noche del sábado 9, un día antes del asesinato Carla salió de la casa mientras el excoronel dormía y cuando su última mentira comenzaba a ser develada
Según la abogada, se fue luego de advertir en el celular de Ubiratan una llamada de una comisaria de la Policía federal de Pará, uno de los estados de la Amazonia
La comisaria se llama Renata Madi En sus declaraciones admitió esa llamada telefónica Es más, el propio abogado de Ubiratan, el diputado federal Vicente Cascione, sostiene incluso “una relación amorosa con quien sabe qué nivel de profundidad” hay entre Renata y el exmilitar
Como diputado, Ubiratan formaba parte de la “bancada de la bala”, el sector que quería penas más duras para combatir la delincuencia El laberinto de este coronel lo encontró en medio de una disputa pasional, con una bala mortal en su estómago








