Como un homenaje al hombre que maravilló al mundo con su talento durante seis décadas, se presentan dos entrevistas realizadas a Marcel Marceau y publicadas en su momento en Proceso
México, D F, 24 de septiembre (apro)- Hace 27 años, en su cuarta visita a México, Marcel Marceau, se dio tiempo para conocer un pedazo de la historia del país, la cultura prehispánica Acompañado por la reportera María Esther Ibarra, Marceau hizo a un lado el maquillaje y visitó el Museo de Antropología, compró artesanías para su familia y conversó brevemente de su corta, pero enriquecedora experiencia Dos décadas después, en el año 2000, el llamado “mimo del silencio” volvió a México –a su “querido México”, decía–, como parte de los festejos de sus 50 años como mimo y fue entrevistado por Judith Amador Tello A continuación se presentan las entrevistas de ambos hechos, publicadas en su momento en el semanario Proceso, como un homenaje al hombre que maravilló al mundo con su talento durante seis décadas El mimo francés falleció a los 84 años de edad
María Esther Ibarra
Las manos que hacen del silencio expresión de vida en el escenario, parecen mudas, casi muertas, en el Marcel Marceau del trato cotidiano
Salvo algunas excepciones, como cuando pide un cigarro, son manos de mimo No hay en ellas un cuidado especial Su rostro tampoco es especial Y como si descansara de la mímica, sólo puede encontrarse en él pasividad o indiferencia
No hay intención de conversar con Marceau Se desea acompañarlo, verlo, caminar con él por las calles Rechaza en primera instancia, pero como si la mención de la palabra “museo” fuera una varita mágica, pronuncia, como niño el “oui” Y revierte la proposición: “Prefiero ver y escucharla”
Hace tres años, en su última visita, conoció el Museo de Antropología Ahora que va a su reencuentro confiesa: “Quiero conocer México a través de su historia, de su gente”
Porque en la gente centra toda su atención, de ella se nutre y a ella refleja ¿Qué le busca? Marceau acude a dos palabras: “su misterio”
Pocas preguntas hace acerca de la ciudad durante el recorrido, pero la va descubriendo con la mirada La detiene en un anuncio, en un puesto de periódicos, en dos indígenas, en los edificios antiguos o descuidados Y en medio del embotellamiento, ante el intenso ruido, musita en francés: “Qué horror”
En la quietud del museo sus adjetivos son siempre elogiosos: maravilloso, extraordinario, bello, excelente Se quisiera entonces romper el compromiso de silencio Asediarlo, interrogarlo frente a cada pieza, en cada sala, en cada piso, en cada lugar No obstante, su mundo de ilusiones es intocable: Marceau figura una paloma que no se deja atrapar, que se evade
¿Quién podría reconocerlo sin su blanco maquillaje, sin su sombrero de copa con una flor? ¿Quién podría identificarlo con su inmortal “Bip”?
Durante cuatro horas en la calle, en un bazar de artesanías y en el museo, sólo dos personas acertaron: una lo saludó, otra preguntó tímidamente: “¿Ese es Marcel Marceau?”
Sí, Marceau, capaz de llenar cualquier teatro del mundo, ovacionado personalmente en 65 países, tres veces en México Marceau el que busca, y encuentra, en la semioscuridad de la primera sala del museo, sin que nadie sepa quién es, aquello que lo identifica con alguna parte de su ser: las máscaras
La sorpresa de “mirarse” en una pintura de Anguiano inquieta sus manos, se transforma momentáneamente en el Marceau del teatro, y ensaya, a manera de explicación su mimodrama La creación del mundo ¡Pero no puede hacerlo! El arrebato de Marceau se suspende con una frase: “En fin”
Tres libros compra en la tienda del museo: Los tesoros del México antiguo, El Valle de México y El pueblo del sol Se pregunta: ¿Cuál será la opinión de la juventud mexicana sobre el arte azteca? Y ya para salir, exclama: “Ha sido suficiente, son tantas imágenes: venir a un museo resulta una experiencia con la vida, y sin embargo, muchas gente ve, mira, pero no observa Es la imagen del turista”
Invita un refresco que se convertirá en comida Se siente, dice, mentalmente fatigado Mentalmente, porque para Marceau el cansancio físico no existe Se dedica a observar y a comer con rapidez De vez en cuando alza la vista, atrapa una imagen que le resulta rara, y comenta, por ejemplo, ante una mesa ocupada: “Tres hombres y una mujer”
La frase remite a la pantomima El pequeño café, donde retrata todo lo que sucede en una cafetería desde que se abre hasta que se cierra
Recuperado del impacto de imágenes en el Museo de Antropología, el ánimo de Marceau se encamina al encuentro de otras Extiende la convivencia cuando solicita visitar un bazar de artesanías
En él escoge dos muñecas de trapo para sus hijas, un alhajero que regalará a su esposa, objetos decorativos, como dos pares de candelabros de barro y cuatro calabazas rosadas transformadas en estuches De ser posible se llevaría hasta un gran Árbol de la Vida, pero le resulta pesado
Es difícil saber si Marceau es un solitario, un hombre muy sencillo o un huraño Se esperaría ver siempre a su alrededor artistas, gente de la pantomima Los que lo buscan siempre son los periodistas, y él parece contentarse sólo con ser uno más entre los hombres en la calle
Por ello camina, encorvado, mirando normalmente hacia el piso, de pronto, con las manos en los bolsillos Un traje beige y camisa del mismo color, un poco más tenue y abierta en el cuello Un reloj digital en la bolsa del saco, que le recuerda algo con su “bip-bip-bip” Mirada color aceituna Tiene 57 años Su cuerpo es delgado ¿Solitario o sencillo? Quién sabe ¿Y qué pensar de él cuando deja unas monedas en el sombrero de un músico ambulante? Acaso generoso o, acaso mejor, tocado en su interior por la orfandad de un artista callejero
Hacia las cinco de la tarde Marceau, quien durante todas estas horas ha dejado correr el tiempo sin preocupación, apura la despedida: está transitando ya en el espacio de ese otro mundo donde seguramente él puede modelar la realidad a su antojo: mundo donde es el mejor, el más perfecto
Marceau en su cincuentenario
Judith Amador Tello
Mimo de tiempo completo y pintor por hobbie, Marcel Marceau vuelve a su “querido” México A este país que le gusta recorrer amparado irónicamente en el anonimato que le da su cara limpia de maquillaje
Con 76 años de edad, el llamado “mago del silencio” celebra un cincuentenario dedicado a la pantomima, arte en el que se inició desde su juventud y al cual se dedica 300 noches al año
Todo un agasajo nacional con el creador de su personaje Bip Como parte de la celebración, realizó varias presentaciones en México, entre ellas en Puebla, Distrito Federal, Monterrey, Chetumal y Cancún
Discípulo de Ettiene Decroux, el mimo nacido en Estrasburgo, Francia, llegó de nueva cuenta con su bienamado Bip, el hombre de los pantaloncillos con tirantes y sombrero de copa, a quien ha identificado con Don Quijote en sus batallas quiméricas contra los molinos de viento de la vida
“Es también un poco como el Charlot de Chaplin, en el sentido de que representa a un hombre común y corriente Es un personaje solitario, rodeado de gente invisible, con la cara blanca, el sombrero y la flor, de acuerdo con la tradición de la escuela de pantomima francesa del siglo XIX, llamada la escuela de pantomima blanca”
Tan misterioso como su propio personaje, Marceau no deja saber si es solitario o huraño, pero le gusta observar, descubrir con la mirada Se dice que cuando no actúa, las manos-mariposa de este hombre de ojos color aceituna se vuelven casi nada, como inertes
En una de sus visitas a México declaró a este semanario que la pantomima es un arte difícil:
“Porque no sólo se trata de sustituir palabras por gestos Nosotros describimos sentimientos, actitudes, metamorfosis, metáforas, parábolas, fábulas y ése es uno de los misterios de nuestro arte No puede ser explicado, tiene que ser visto”
Agregaríamos: hay que vivirlo
Para él, quien descubrió la importancia del movimiento corporal en las películas mudas y en artistas como Charles Chaplin, Buster Keaton (El actor cara-de-palo) y los personajes de El Gordo y El Flaco con Laurel y Hardy, el silencio no es una ortodoxia de la tradición mima griega y romana, sino una aportación a la expresión del cuerpo De ahí que no cualquier mimo de Coyoacán que blanquee su cara e imite a los paseantes de alguna plaza pública sea sinónimo de la elasticidad y la fortaleza que requiere esta disciplina
Marceau piensa que puede describir situaciones divertidas o dramáticas, realistas o de ficción, sin emitir palabra alguna, y así abordar aspectos de la vida cotidiana o problemas del mundo actual, incluyendo la política
“La política no significa, para mí, pertenecer a un partido dijo a Proceso Política es pelear por la justicia social, por la igualdad de derechos, es estar en contra de los racismos, los chauvinismos, contra cualquier ortodoxia Mi política es el humanismo, la hermandad, y trato de proyectarla en mi arte”
Amigo de México –“ya no recuerdo cuántas veces he vuelto a amar en escena”, dice–, el genio de Marceau ha marcado a los mimos locales, desde Juan Gabriel Moreno, Shanti Oyarzábal, Rafael Pimentel y Alfonso Virchez, en los años setenta y ochenta, a los recientes trabajos de Antonio Esparza o de Alberto Lomnitz, con su teatro para sordomudos
El programa que Marceau ofreció en su gira por nuestro país incluyó las pantomimas Bip domado, Bip músico y El fabricante de máscaras Pero para este creador del “arte blanco”, las sorpresas y los ramilletes de la experimentación siempre están en el orden del día








