México, D F, 24 de septiembre (apro)- Doña Cándida Candor de todo mi respeto: a su pedido en carta a este buzón, le respondo que puede usted dormir tranquila, ya que no tiene por qué andar por la calle de la amargura, pues en modo alguno vivimos en una “oportunocracia” ni los seres humanos somos por naturaleza oportunistas, de arribistas dispuestos a triunfar a toda costa prescindiendo de todo escrúpulo
Los que tal creen y afirman, como los jovenzuelos cuya plática escuché en transporte público, están equivocados, son unos resentidos o pérfidos críticos ¡Decir que la culpa de que se viva en una “oportunocracia” y que la gente sea oportunista se debe a que la sociedad en que vivimos alienta e impulsa la libre competencia y premia con el éxito al que gana, al que vence en la misma! ¡Qué disparate! Si bien se mira y analiza, no queda más remedio que aceptar que la competencia, tanto entre los individuos como entre las naciones, en vez de ser un obstáculo, es un camino virtuoso para el desarrollo de unos y otras
La libre competencia entre los individuos, por más que digan los sentidos, los perdedores en la misma, no aniquila la identidad, la personalidad de cada uno de nosotros, sino todo lo contrario, pues el ejercicio de la misma, unido a la posibilidad de ganar fama, gloria, dinero al ser un ganador, de triunfar, de alcanzar el éxito, se convierten en acicate de nuestra desidia, espuela de nuestra pereza, en aguijón de nuestra voluntad, lo que nos lleva a esforzarnos por ser mejores competidores, a o lo que es lo mismo, a dar lo mejor de nosotros, de lo que somos Hay que advertir y admitir que la libre competencia entre los individuos, al alentar, estimular e incluso obligar a poner en juego todas las posibles facultades de cada cual para conseguir metas propuestas, hacen más eficaces y competentes en la lucha por la vida a cada persona, y el país que cuenta con más ciudadanos eficientes y competentes, ¿no es ciertamente un país más eficaz y competitivo? Mi estimada doña Cándida, por favor, reflexione y juzgue si digo verdad o no
Si se admite lo que hasta aquí he escrito, ¿puede por ello decirse que vivimos en una meritocracia, es decir, que vivimos gobernados por los que más méritos tienen para hacerlo? De ningún modo, gracias a Dios, ya que ello nos libra también de que vivamos en una caquistocracia, esto es, gobernados por los peores De ello nos libra la razón de que los hombres, como sus obras, no son perfectos, y a todo hay quién gane, lo que demuestra una vez más el refrán que dice: “No hay mal que por bien no venga” ¿O no es así?
En lo personal, considero que no se puede negar que vivimos en un mundo plural, incluyente, igualitario y respetuoso de las particularidades de las minorías e incluso de los individuos, de las más raras y hasta absurdas, como lo demuestran los infinitos programas de preguntas y respuestas o de competencia de esto o aquello que tanto abundan en los medios, sobre todo en los electrónicos, donde los participantes pueden mostrar y exhibir sus conocimientos, el ingenio o habilidades específicas y así alcanzar popularidad, aunque la misma sea efímera por lo general, y de paso llevarse apreciables premios en dinero o en especie
Por si lo anterior fuera poco, están los famosos y populares libros de récord, donde se registran las proezas fuera de serie que lleve a cabo cualquier hijo de vecino, como puede ser el devorar el mayor número de hot-dogs en el menor tiempo, quien se deja las uñas o bigotes más largos, quienes hacen la enchilada más grande o quien mantiene en el aire, sin dejarla caer al suelo, una pelota utilizando únicamente los pies y la cabeza; qué pareja se da el beso más largo o quién es capaz de hacer la cara más fea
Usted, mi estimada doña Cándida, dirá si todos estos ejemplos y otros parecidos que sería largo numerar, no muestran y demuestran que en verdad vivimos en un mundo plural, incluyente, igualitario y respetuoso de las particularidades individuales ¿O acaso puede negarlo?
Y lo más importante, estos ejemplos igualmente muestran y demuestran que la libre competencia entre los individuos y el éxito como meta y premio de la misma, no hacen a los humanos oportunistas, sino que, al hacer e incluso obligarlos a poner en práctica todas sus potencialidades, tanto psíquicas como físicas para alcanzar el éxito, los hace realmente mejores y más dignos de mérito La sociedad, el sistema político y económico que esto establece, propicia y lleva a cabo, bien merece que se le llame meritoarquía
Con la esperanza de que la presente le sierva para salir de la calle de la amargura en que se encuentra, mi estimada doña Cándida Candor, queda a sus pies su seguro servidor
DOCTOR MAX P DANTE








