Entrenar a la selección nacional es la condena mejor pagada del sistema penitenciario mexicano Una temporada para ahorrar dinero y vejaciones Y sin embargo, cada dos o tres años un hombre desmedido acepta la tarea de despertar las ilusiones, expone el escritor Juan Villoro en la edición 1640 de Proceso
Hugo Sánchez propuso algo aún más arriesgado: compartir el delirio Cuando era opositor de La Volpe prometió la copa del mundo para México Ya al frente de la selección, rebajó un poco sus metas pero nunca se asoció con el realismo El exagerado que anotaba goles de embrujo desafiaba a la sensatez mientras su país descreía de su grandeza
Si el Ratón Macías entendió que, para triunfar en México con simpatía, conviene presentarse como un accidente de la fortuna, un simple episodio en la inspiración de la Virgen de Guadalupe, el centro delantero del Real Madrid cantó sus éxitos como si hubiera descubierto el remate de tijera y propuso que las generaciones por venir se refirieran al lance como “huguiña”
Hugo hablaba de sí mismo en tercera persona, como un egresado de la gesta de los Insurgentes, mientras el público aprendía a admirarlo sin afecto A pesar de sus logros incomparables, se convirtió para muchos en una figura a la que da gusto odiar, el antihéroe necesario en un ámbito donde las villanías rara vez se pagan
El fracaso de Hugo en la selección es un fracaso general del futbol mexicano, desde los federativos hasta los muchos jugadores inútiles que hicieron el ridículo Sin embargo, el puesto de entrenador existe para tener un culpable certificado, destaca Villoro, Observador como pocos de la psicología futbolera, en la edición 1640 de Proceso








