Jeffrey Davidow fue embajador en México entre 1998 y finales de 2002 Testigo privilegiado en una etapa de intensa relación bilateral, el diplomático, ya retirado del servicio exterior, decidió escribir un libro de testimonios sobre su experiencia en nuestro país En un estilo ágil, sin estridencias pero directo, entre anécdotas y detalles inéditos, desmitifica acontecimientos vertebrales que marcaron su paso por la embajada, en particular, la ilusión del gobierno de Fox en un pacto migratorio que nunca estuvo cercano El oso y el puercoespín, cuya reseña adelantamos aquí con autorización del autor y de la editorial, está destinado, sin duda, a generar polémica
Es común la creencia de que los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 mataron las negociaciones migratorias de largo alcance que entablaban ese año los gobiernos de México y Estados Unidos Y que de no haber sido por eso, el gobierno de Vicente Fox habría convencido a la Casa Blanca y al Congreso estadunidense -después de torcerles el brazo- que convenía a sus intereses legalizar la estancia de varios millones de mexicanos en Estados Unidos
De haberse logrado ese éxito, se piensa, Jorge Castañeda probablemente seguiría al frente de la Secretaría de Relaciones Exteriores y sería hoy un fuerte aspirante presidencial y no un mero “agitador del cambio” De hecho, el discurso que pronunció al dejar el cargo, el 10 de enero último, parece haber reforzado la impresión generalizada de que las negociaciones se suspendieron por culpa de Osama Bin Laden
Pero para Jeffrey Davidow, lo anterior forma parte de los “mitos” de la relación México-Estados Unidos que hay que desenmascarar
En su libro El oso y el puercoespín, de próxima aparición en la editorial Grijalbo, el exembajador estadunidense en México revela que la “enchilada completa” -como solía referirse Castañeda a las expectativas mexicanas sobre las conversaciones migratorias, una forma de decir queremos todo o nada- existía más en la mente del canciller que en la realidad
Y es que no sólo era imposible dar gusto al gobierno mexicano, explica Davidow, sino que nunca hubo “negociaciones” sobre migración, al menos desde la perspectiva estadunidense Para Washington, apunta, se trató más bien de “conversaciones” o “discusiones” informales “Sencillamente, el \’acuerdo magno\’ sobre migración de Castañeda no era factible”
Si bien afirma que el tono del canciller mexicano no ayudó a las pláticas, tampoco lo culpa de su fracaso, pues debe atribuirse, dice, a factores políticos que los presidentes Vicente Fox y George W Bush no tuvieron la capacidad de anticipar cuando anunciaron -luego de reunirse en el rancho San Cristóbal, Guanajuato, a principios de 2001- que ambos gobiernos pondrían en la mesa el tema migratorio Los dos mandatarios “fueron ingenuos; no estaban conscientes de los límites de su propio poder”
Sin estridencias, pero sin ambages -un estilo presente en todo su libro-, el exembajador resume así lo ocurrido después de ese intercambio de buenas intenciones:
El 11 de septiembre interrumpió las discusiones sobre migración Estados Unidos se vio forzado a desviar su atención hacia otra parte, pero aquellos que sostienen que el acuerdo se habría concretado pronto si los terroristas no hubieran atacado están equivocados No fue Al Qaeda quien detuvo el impulso de Guanajuato, sino los problemas políticos y prácticos que hacen de la ley migratoria una de las áreas más difíciles y controvertidas de la ley estadunidense Es un campo minado para la política nacional, de modo que no propicia la negociación fácil con un país extranjero
El de Davidow es un libro que seguramente generará polémica en ambos lados de la frontera En él sostiene que los prejuicios y la desinformación de un país hacia el otro dominan la relación bilateral: “Así como Estados Unidos padece de ignorancia y arrogancia, México se distingue igualmente por un conocimiento parcial o distorsionado de Estados Unidos”
Escrito durante un año sabático en el Departamento de Estado, la obra fue originalmente un trabajo académico que el diplomático de carrera “no pensaba publicar” Sin embargo, una vez decidido a jubilarse, luego de 34 años en el servicio exterior estadunidense, Davidow vio la oportunidad de editarla sin necesidad de solicitar los engorrosos permisos que requiere todo diplomático para hacer públicas vivencias relacionadas con su labor
A Davidow le tocó ser un testigo privilegiado de una de las etapas más intensas de la relación bilateral Desde la sede diplomática de Paseo de la Reforma, trabajó con cuatro presidentes (dos de Estados Unidos y dos de México) y vivió una alternancia sin precedentes en este país Por si fuera poco, el 11 de septiembre de 2001 cayó durante su gestión
El título del libro surge de una “fábula prehispánica”, inventada por el propio autor para ilustrar los dilemas de la relación bilateral En ella, Estados Unidos es un oso, cuya fuerza, tamaño y torpeza lo llevan a aplastar a su vecino, aun cuando sus intenciones son las mejores, y que tiene una propensión a ignorarlo en sus largos períodos de hibernación; mientras que México es un puercoespín, hipersensible y siempre a la defensiva, dispuesto a volver complicada la cooperación más sencilla
El texto, de 380 páginas, está salpicado de anécdotas que aportan muchas de las piezas faltantes en el rompecabezas del período de intensos cambios que experimentó México entre 1998 y 2002
Cuenta, por ejemplo, que Fidel Castro convenció personalmente a Ernesto Zedillo -sentados en la fila trasera de un autobús-, de que México no aprobara una resolución contra Cuba en Naciones Unidas, patrocinada por Estados Unidos, y que cuando Washington reclamó duramente la decisión, “Zedillo culpó del desastre a sus subordinados” y señaló a la canciller Rosario Green como la responsable del voto
O que Manuel Bartlett “mantuvo negociaciones subrepticias con el Departamento de Justicia de Estados Unidos” a fin de encontrar una salida al citatorio para declarar ante un Gran Jurado en California y responder a las acusaciones que penden en su contra desde el asesinato del agente antinarcóticos Enrique Camarena Al actual senador se le ofreció, afirma Davidow, “la oportunidad de ir a Los Ángeles y dar su testimonio, con la garantía de que, sin importar lo que revelara en la comparecencia, se le permitiría regresar a México”, trato que Bartlett rechazó
O que tanto Fox como Labastida buscaron reunirse con el presidente Bill Clinton durante la campaña de 2000, peticiones que fueron rechazadas, dice Davidow, porque “la Casa Blanca no buscaba un papel protagónico para el presidente en la contienda electoral de otro país”
O que la detención del capo Benjamín Arellano Félix, realizada por el Ejército Mexicano, se logró luego de que autoridades estadunidenses pusieran sobre aviso a sus contrapartes mexicanas
Un abrazo mexicano que nunca llegó
Davidow arranca su relato en los días posteriores al 11 de septiembre de 2001 Dice que “la reacción mexicana ante la tragedia resaltó la ambivalencia y dualidad en el fondo de la relación” Frente al apoyo que Estados Unidos estaba encontrando en el mundo, agrega, “el gobierno de México había destacado por la falta de manifestaciones públicas de solidaridad”
Sin embargo, reconoce que, en privado, el presidente mexicano “estaba respondiendo de manera expedita a las preocupaciones de Estados Unidos mediante la revisión de posibles viajes de terroristas o de las transacciones financieras”
Resalta que mientras el presidente Fox “mantenía un curioso silencio en público”, el canciller Castañeda se dedicaba a pelear con sus adversarios políticos “En menos de un año en el cargo, Castañeda se las había ingeniado para irritar a la mayoría de sus colegas y a todos los grupos políticos significativos en el país” El lenguaje “brusco” del canciller “era maná caído del cielo para sus oponentes”, quienes acusaban a la dupla Fox-Castañeda de “subordinación a los intereses estadunidenses” Al coro de opositores, dice, se sumó el escritor Carlos Fuentes, “sin duda un buen novelista, pero un analista político mediocre y afrancesado”
Tan dura fue la reacción, que Davidow se reunió con un grupo de senadores del PRI para decirles que “su disputa con Castañeda se estaba interpretando en Estados Unidos como un evidente antiamericanismo” Y les exigió: “Por favor, no lleven los pleitos de su familia al funeral de mi familia”
Acosado, Castañeda no tardó en caer en la provocación “Cuando la prensa le preguntó si México debería enviar a sus muchachos a morir por Estados Unidos, hubiera podido responder sencillamente que la Constitución y la práctica histórica de México prohíben el envío de tropas fuera del país En vez de ello, contestó que Estados Unidos no necesitaba la ayuda militar de México y que no la había solicitado De manera gratuita añadió: \’Y si la solicitaran, no la daríamos\'”
De acuerdo con Davidow, esa última declaración hizo caer las quijadas en Washington: “En el momento en que estábamos buscando aliados, nuestro vecino estaba por lo visto diciendo que no se nos ocurriera considerar alguna ayuda al sur de la frontera”
Apenas unos días antes, el 7 de septiembre, México había anunciado su intención de retirarse del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), que varios países de la región estaban invocando para sustentar su apoyo a Estados Unidos Davidow le había dicho entonces a Castañeda que el retiro “era una mala idea” En respuesta, Castañeda argumentó que desligarse del tratado “promovería de hecho una mayor integración militar mexicana en el terreno de la defensa hemisférica”
Agrega: “El golpe al ojo que Castañeda había lanzado se volvió tema de conversación en los altos niveles en Washington, y, mezclado con los boletines de prensa que reproducían sus comentarios de \’no enviaremos a nuestros muchachos a pelear\’, perturbó a muchos en la capital”
Aun así, Castañeda intentó enviar un mensaje de apoyo, y propuso que Fox pidiera un minuto de silencio a la multitud durante la ceremonia de El Grito Esa iniciativa se topó con la oposición del secretario de Gobernación, Santiago Creel Escribe Davidow: “No me pareció una idea brillante La celebración de El Grito es algo así como la noche de fin de año en Times Square (Nueva York) Para la medianoche, una gran parte de la concurrencia se habría embebido de mucho más que espíritu patriótico Hacerlos callar por un minuto, por el motivo que fuese, habría sido imposible”
Mientras los funcionarios mexicanos debatían cuál debía ser la mejor manifestación hacia Estados Unidos, en esos días sombríos, “no lograron entender que lo que más queríamos de ellos en nuestro peor momento era únicamente expresiones de solidaridad y preocupación”, dice Davidow “Todo lo que necesitábamos era un gesto de compasión Un tradicional abrazo mexicano hubiera bastado Confinados como estaban por sus propios complejos y juegos políticos, fueron incapaces de darlo”
Obsesión nacionalista
A lo largo de su libro, Davidow insiste en que el nacionalismo mexicano -que marca, dice, la relación con Estados Unidos- está fincado en la visión de víctimas que tienen de sí mismos los mexicanos y en un resentimiento histórico por la guerra de 1847 Ésta, apunta, es apenas una nota de pie de página en los libros de texto estadunidenses, mientras que para los mexicanos el robo de la mitad de su territorio es un “trauma nacional inolvidable”
La parte central de su argumentación tiene que ver con la duración de ese resentimiento “Ciertamente -apunta el también historiador-, la geografía ha jugado un importante papel en la permanencia del resentimiento Es difícil vivir tan cerca del actor responsable de la mayor humillación Pero la repuesta debe encontrarse no tanto en el registro histórico o en la geografía como en el empleo político del pasado La élite política que en el siglo XX desarrolló el México moderno también mantuvo y alimentó concienzudamente la imagen de la bestia de la agresión estadunidense”
Agrega: “Por generaciones, y aún hoy, el epíteto más eficaz para aplastar a un político o funcionario público mexicano es el de pronorteamericano, vendido e hijo o hija leales a la Malinche”
Para Davidow, “el fomento y la conservación de una mitología y un distintivo nacionales fueron centrales para que el PRI se mantuviera en el poder” Y observa que, pese a la derrota electoral histórica de ese partido en 2000, el nacionalismo antiestadunidense se ha mantenido “Aun cuando otros componentes de la mitología del PRI empezaron a venirse abajo, los mexicanos siguieron aceptando automáticamente la idea de una amenaza externa continua que provenía del norte”
La relación de México y Estados Unidos, lamenta, está metida en un círculo vicioso “Prejuicios profundamente arraigados e irreflexivos acerca de la pobreza, la corrupción y la cultura de México influyen en el pensamiento norteamericano Y la percepción de este negativismo, dañina para México, ayuda a incrementar su propia actitud defensiva Ambos lados están fuertemente sobrecargados con su propio equipaje psicológico”
Al estante de la historia
La opinión de Davidow sobre Fox no se aleja de lo que parece una impresión mayoritaria en México: es un hombre honesto y bueno, pero sin capacidad para cumplir sus promesas y con escaso colmillo político
“Para Vicente Fox resultó más sencillo convertirse en presidente de México que serlo La euforia que siguió a su victoria electoral comenzó a evaporarse rápidamente, y unos cuantos meses después de su toma de posesión, los analistas periodísticos y otras personas empezaron a expresar su insatisfacción con el gobierno foxista Hombre cálido y obviamente bien intencionado, Fox mantuvo un alto nivel de popularidad en las encuestas de opinión, pero era cada vez más claro que no podía cumplir sus promesas de cambio Poco a poco, la desilusión comenzó a profundizarse”
En la relación con Estados Unidos, el gobierno foxista apostó temprano por impulsar un “acuerdo magno” sobre migración La apuesta, se sabría después, era demasiado arriesgada
Davidow atribuye esta decisión a Castañeda, “quien había estado sopesando el asunto de los inmigrantes durante años” El canciller había advertido un “giro dramático” en el tema, a principios de 2000, cuando los sindicatos organizados de Estados Unidos dejaron de ver con hostilidad a los trabajadores indocumentados
“Castañeda le dijo a Fox que sectores muy importantes de la opinión pública estadunidense estaban cambiando a posiciones más favorables para los inmigrantes Le comentó que los sindicatos y empleadores estaban listos para aceptar a éstos como parte permanente de la vida estadunidense, y quería que Fox presionara al gobierno del norte para que hiciera lo mismo”
En noviembre de 2000, se abrió una ventana de oportunidad, a juicio del equipo de transición mexicano, cuando el texano George W Bush fue elegido presidente de Estados Unidos Durante su campaña, Bush se había referido al tema de la migración como “una oportunidad, no un problema” Para Fox y su equipo, “parecía que las estrellas estadunidenses se estaban alineando para que hubiera un gran movimiento en ese sentido”
Poco después de la toma de posesión, “Castañeda reunió a un pequeño grupo de asesores para que insinuaran a Fox que tomara la iniciativa”, escribe Davidow Ya se había programado la visita a México del presidente Bush, y Fox estaba dudoso respecto de si ése era el mejor momento de “pedirle tanto” a su invitado, a quien recibiría, en pocas semanas, en su rancho de Guanajuato “Fox fue finalmente convencido Una vez comprometido, se convirtió en el mejor promotor de ese asunto”
De tener éxito en su empresa, “Jorge Castañeda, arquitecto de la estrategia migratoria de Fox y aspirante a Los Pinos, podría recaudar la gratitud, los votos y el apoyo financiero no sólo de los migrantes, sino de quienes dependen de éstos y viven en México”, dice Davidow
Tan interesado estaba Bush en la visita, dice, que tomó una decisión sin precedentes: Asistir a una de las juntas informativas que se realizan en el Departamento de Estado antes de cada viaje presidencial
La reunión privada de los dos presidentes, en el rancho San Cristóbal, estaba programada para durar 20 minutos, pero se prolongó hasta casi una hora Cada mandatario tenía su asunto prioritario en mente: Para Fox era la migración; para Bush, la serie de quejas acerca del incumplimiento de México del tratado para compartir el agua del río Bravo
“El tema migratorio se convertiría en el sello perdurable de la reunión de Guanajuato Cuando terminaron con el asunto del agua, Fox desvió la conversación hacia su tema prioritario, la migración, o, más precisamente, el estatus de millones de mexicanos que viven ilegalmente en Estados Unidos”
Bush estaba “deseoso de manifestar su apoyo a Fox” y aceptó la propuesta mexicana de crear una comisión de alto nivel para llegar a soluciones La comisión fue integrada por los secretarios de Estado y de Justicia de Estados Unidos, Colin Powell y John Ashcroft, así como por Castañeda y Creel “Todos en Guanajuato entendieron el significado simbólico: ningún presidente expondría a sus mejores hombres en una empresa de dudoso éxito”
Sin embargo, agrega, “a pesar del gesto de Bush de ayudar a su amigo, el tiempo demostraría que los verdaderos resultados de la reunión en Guanajuato no estaban muy alejados del típico enfoque del gobierno estadunidense frente a un problema intratable: formar un comité y estudiar dicho problema hasta que caiga en el olvido”
El entusiasmo mexicano por un “acuerdo magno” -o la “enchilada completa”- no estaba anclado en la realidad política de Washington, expone Davidow El Partido Republicano se oponía terminantemente a una legalización amplia, entre otras razones porque la amnistía de 1986 había beneficiado sobre todo a sus rivales demócratas en la elevación del número de votantes
Kart Rove, el asesor político más cercano a Bush, compartía ese punto de vista Pese a ser uno de los principales impulsores de los esfuerzos de los republicanos por atraer votantes hispanos, “calculó que cualquier medida que pudiera tomarse como legalización de extranjeros indocumentados provocaría que el presidente perdiera el apoyo de su base política”
La nueva realidad política mexicana, continúa el autor, “hizo entendible que Fox y Castañeda pusieran la legalización como prioridad en la agenda migratoria Tenían menos interés en las propuestas para agrandar y mejorar el programa de los trabajadores temporales”, como los que estaba dispuesto a empujar el gobierno de Bush
Decidido a no dejar morir la posibilidad de un “acuerdo magno”, Fox visitó Washington a principios de septiembre de 2001, unos días antes de los ataques terroristas y algunas semanas después de que los representantes de Estados Unidos ante la comisión de alto nivel habían pospuesto la entrega del primer informe sobre los trabajos
Durante la recepción en la Casa Blanca, el presidente mexicano “lanzó una bomba retórica”, recuerda Davidow: “Castañeda rescribió de prisa el discurso, originalmente lleno de fórmulas protocolarias, que pronunciaría Fox en la ceremonia de bienvenida Lo puso en términos que lo hicieron sonar a ultimátum \’Debemos y podemos llegar a un acuerdo sobre migración antes de que finalice este mismo año\’, declaró Fox”
El discurso “nos dio una sorpresa mayúscula tanto a la Casa Blanca como a mí Fox había establecido una nueva fecha límite, imposible de cumplirse”
En la reunión con sus respectivos equipos, Bush dijo a Fox que no había consenso en el Congreso estadunidense y que las conversaciones tendrían que moverse lentamente A cambio, propuso convencer a los legisladores de aprobar un programa de trabajadores huéspedes que beneficiaría a unos 200 mil mexicanos al año
Relata Davidow: “El mexicano agregó entonces que se necesitaban 500 mil, pero ninguno de los presidentes conocía a fondo los detalles y datos específicos que habían encomendado a sus equipos Y dado que carecían de bases para discutir los pormenores, terminaron hablando sin escucharse La conversación siguió de manera torpe y se desvió a otros temas sin llegar jamás a una conclusión sobre el asunto migratorio”
El 11 de septiembre pondría el último clavo en el ataúd de la “enchilada completa”, que para entonces ya estaba bien muerta








