Está por aparecer el libro de Pablo Latapí Sarre El debate sobre los valores de la escuela mexicana, que aborda la polémica cuestión de las orientaciones morales en la escuela mexicana; ahí se analiza el camino recorrido por el país, se examinan críticamente las políticas de la SEP en esta materia, se comentan los “programas de valores” vigentes en 21 estados y se formulan recomendaciones de política y orientaciones pedagógicas para maestros y padres Por cortesía del Fondo de Cultura Económica y del autor, Proceso ofrece el extracto de uno de sus capítulos: Los conflictos de valor en el ámbito educativo
Bajo los estandartes, a veces engañosos, de los valores escolares, se suscitan frecuentemente conflictos que marcan turbulentamente la política educativa La formación de valores se convierte entonces en asunto político que despierta pasiones, moviliza intereses y desata ambiciones; la escuela se vuelve arena de luchas de poder entre variados actores
Estos conflictos son numerosos; para introducirnos al tema, consideraremos nueve de ellos; son viñetas aisladas de la disputa por la escuela en la actual sociedad mexicana Diversos son en cada caso los actores, las motivaciones, los valores involucrados y la trascendencia de los conflictos; a través de estos casos, nos aproximaremos a los valores en cuanto objeto de las dinámicas del poder
Los contravalores de la televisión
Sorprende que hasta ahora no se haya cobrado conciencia de la gravedad del daño que hacen a la educación nacional los valores que transmite la televisión mexicana Son contados los investigadores que estudian este asunto, esporádicos los periodistas que lo profundizan y el tema jamás ha sido objeto de preocupación del Senado o de la Cámara de Diputados; tampoco aparece, siquiera insinuado, en los documentos de la SEP que diagnostican las necesidades educativas de los niños y jóvenes o definen sus políticas
Un inofensivo artículo de la Ley General de Educación, el 74, que nunca se ha intentado reglamentar, prescribe que los medios de comunicación deben contribuir al logro de los fines de la educación y ser coherentes con los criterios normativos que la orientan; pero las empresas televisivas, independientemente de que su regulación compete principalmente a la secretaría de Gobernación y no a la de Educación Pública, se rasgan las vestiduras ante el menor intento de limitar su libertad
Día a día, la televisión inculca en los niños y jóvenes una visión de la vida carente de sentido humano y de los ideales que supuestamente deben guiar la educación; se les familiariza con funciones sociales normativas y estereotipos -de hombre y mujer, de soltero, casado o divorciado, de ancianos o personas con discapacidad, de héroes y malhechores- que obedecen a criterios discutibles o a patrones de conducta de otras culturas; se moldea el sentido de su sexualidad induciéndolos a buscar la satisfacción sexual sin reflexionar en sus responsabilidades; se les inculca persistentemente el principio de que el éxito depende del consumo, y de que es siempre el más fuerte el que triunfa; y se propone una idea de felicidad basada en valores egoístas sin referencia a la solidaridad con los demás Los noticiarios desinforman, pues su contenido no está dictado por el significado de lo que sucede, sino por el rating que logra cada noticia; la superposición de noticias de muy diversa importancia induce a la trivialización Las telenovelas y la publicidad moldean sus aspiraciones y, además, se les acostumbra a un lenguaje vulgar y ramplón La educación sentimental y de valores de varias generaciones de mexicanos se abandonó por décadas a la televisión comercial
Desde el punto de vista educativo, conviene reflexionar sobre todo en tres aspectos que destacan los estudiosos del tema Los niños y jóvenes no desarrollan su sentido crítico; la forma como se les presentan las tramas y se caracteriza a los personajes, unido a la rapidez y al carácter visual propios del medio suprime la posibilidad de cuestionamientos o de desarrollar un pensamiento matizado; el resultado de estos procesos es que la mente se acostumbra a la superficialidad y a la trivialización
En segundo lugar, se critica, con toda razón, la carga excesiva de violencia en la actual televisión, tema muy estudiado La violencia televisiva debe considerarse tan nociva como la que ocurre en el hogar; sus efectos sobre los sentimientos y el carácter de los niños son semejantes a los de un ambiente familiar violento Independientemente de que ver escenas violentas incida o no en incrementar la propensión a actuar violentamente, ciertamente la violencia televisiva inculca la persuasión de que el más fuerte tiene la razón, de que hay que despreciar al débil y de que se vale ser cruel La exposición continua a la violencia provoca, además, sobre todo en los niños, un estado de ansiedad, miedo y suspicacia
El tercer grupo de efectos nocivos de la televisión sobre la educación se refiere a la deformación del sentido moral La moralidad de las acciones que aparecen en la televisión se percibe como vinculada a la simpatía por el personaje: que algo sea correcto, moralmente o no, que sea justo o injusto -aunque se trate de homicidios, mentiras o robos-, depende de quién lo realiza, no del hecho en sí El maniqueísmo televisivo es, además, reduccionista: los buenos no pueden hacer nada malo ni los malos nada bueno; éste es un criterio peligroso que impide comprender la complejidad de la realidad humana y forma mentalidades simplistas Por esto un especialista ha calificado a la televisión como “pésimo instrumento de socialización”
La enorme fuerza de la televisión está, pues, actuando minuto tras minuto y año tras año sobre los niños y jóvenes del país, moldeando sus criterios y sentimientos, induciéndolos a modos de vida determinados por los expertos anónimos que producen los programas, sin que se tome conciencia del profundo conflicto que esto provoca con los propósitos del sistema educativo
El derecho alocado
En abril de 2002, la Conferencia del Episcopado Mexicano se pronunció por la impartición de clases de religión en las escuelas públicas
Se ha revivido así el debate sobre la laicidad escolar por parte de su principal impugnador, con la argumentación ya conocida: el derecho humano a la libertad religiosa se extiende también al orden de la educación escolar y corresponde a los padres de familia determinar la orientación religiosa o ideológica que reciban sus hijos
En otro lugar (Latapí, P, La moral regresa a la escuela, CESU-UNAM y Plaza y Valdés, 1999), he analizado esta argumentación y la problemática jurídica y política de la laicidad escolar A los obispos les asiste la razón abstracta; pueden, además, invocar a su favor muchas declaraciones e instrumentos del derecho internacional; lo que no perciben, en mi opinión, es que su argumentación prescinde de la historia y de la realidad social y que el reconocimiento de su demanda tendría graves consecuencias aun para la propia Iglesia; es un derecho alocado
Su actual reclamo se explica por las promesas hechas por el candidato Vicente Fox a la jerarquía Las declaraciones del candidato presidencial en esta materia fueron confusas, quizás intencionalmente ()
Desde mi punto de vista personal, la exigencia de los obispos es improcedente: el derecho que reclaman es real, pero abstracto y sociológicamente contraproducente; su reconocimiento tendría consecuencias indeseables por dos razones: modificaría un acuerdo fundamental históricamente logrado que ha mostrado su eficacia para lograr una convivencia armoniosa y tolerante; por otra parte, aceptar la enseñanza de la religión en las escuelas públicas provocaría divisiones difíciles de superar, habida cuenta de la carencia de mecanismos para manejar las diferencias en instituciones públicas, como la escuela ()
La laicidad debe entenderse como protección de la libertad de conciencia de los individuos y como expresión de la imparcialidad del Estado hacia las diferentes Iglesias y modos de pensar Pero es insuficiente definirla -como lo hace la ley- como “prescindencia de la religión”; hay que elaborar más finamente su concepto y para esto he propuesto que se la conciba como “laicidad abierta” en tres sentidos: abierta a la formación moral de los educandos de modo que, sin que se recurra a ningún principio religioso, se apoye a los alumnos en su búsqueda de los argumentos racionales que fundamenten su moral; abierta a los valores culturales, también aquellos que en la historia de Occidente o del país tuvieron en su origen o tienen actualmente connotaciones religiosas, pues ignorarlos empobrecería terriblemente la identidad cultural de los educandos, y abierta a la libertad de conciencia de cada alumno, reconociendo que tiene derecho y necesidad de hacer su propia síntesis valoral en la cual pueden intervenir también valores religiosos Esto último requiere maestros de sólida preparación y sentido común
Acostumbrados a ganar:
la injerencia de los empresarios
Al menos cinco motivos explican el renovado interés de los organismos empresariales por influir en la política educativa: a) En primer lugar, su interés por que la mano de obra de sus empresas sea previamente entrenada y educada en los valores conducentes a la buena marcha de la producción: disciplina, obediencia, comprensión de la economía de mercado, orden, limpieza, responsabilidad, puntualidad, etcétera b) Desde su visión empresarial, consideran que la conducción del sistema educativo por el Estado adolece de serias deficiencias y desde su óptica privatizadora minusvaloran la enseñanza pública y están convencidos de que las instituciones educativas organizadas por ellos constituyen un ejemplo de calidad que debiera ser imitado por las instituciones públicas c) Perciben, además, la oportunidad de enormes negocios para la iniciativa privada en el sistema educativo: venta de equipos de informática y software, libros de texto con un amplísimo mercado, asesorías especializadas en planeación y desarrollo organizacional, cursos para maestros, etcétera d) A todo esto se une la posibilidad de mejorar su imagen pública presentándose como filántropos comprometidos con la educación de manera desinteresada e) Y una razón coyuntural: la afinidad con un gobierno que se autodefine como “de empresarios” en sus objetivos, intereses y procedimientos, y con el cual pueden hablar un mismo lenguaje
El empresariado es, por tanto, un actor en proceso de crecimiento en las luchas por el poder educativo En materia de formación de valores, sus intereses son muy claros y los hemos identificado en algunas de las propuestas concretas que se aplican en el país Lo que cabe preguntar es: ¿qué contribuciones hacen los empresarios a cambio de lo que demandan? No consideran su obligación de contribuir al sostenimiento de la enseñanza pública, no obstante que de ésta reciben los recursos humanos calificados que requieren como principal insumo en sus empresas En otros países, la empresa privada sostiene organismos que realizan investigaciones, promueven experimentos, proporcionan becas y premios y hacen contribuciones directas a la educación del país; en México, la situación es muy diferente, salvo muy contadas excepciones; la colaboración de los empresarios se confina al ámbito de las instituciones que controlan y en ellas claramente se advierten sus intereses gremiales
El mundo de las simulaciones
conquistadas: el SNTE y los valores
Otra batalla por los valores en la educación, más silenciosa que las anteriores, se libra en la cotidianidad de las escuelas, y en ella los actores fundamentales son los maestros en cuanto reflejan en sus comportamientos valores que contradicen los que proclama la escuela Me refiero a la cultura de la simulación que prevalece en buena parte del magisterio y es protegida y promovida por el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE); esa cultura trasciende a los alumnos de diversas maneras y los “deseduca” al presentarles conductas reprobables como normales y aun necesarias “El que no tranza, no avanza”, es norma que también se aprende en la escuela
Una larga tradición ha sancionado como aceptables muchos comportamientos de los maestros y directores que constituyen transgresiones de lo debido y se encubren con la complicidad de otros; se viola la legislación para obtener permisos a cambio de beneficios para el SNTE; se falsifican documentos a veces con anuencia de las autoridades; se otorgan comisiones y privilegios como pago de lealtades; se venden las calificaciones de diversas maneras; se trafica con las plazas; se justifican tramposamente ausencias e impuntualidades; se presentan informes que no corresponden a la realidad; se lucra con negocios no autorizados; se induce a gastos a los alumnos para beneficiar a algún interesado (por ejemplo, obligándolos a comprar determinados libros de texto); se presiona a las familias a hacer contribuciones económicas “voluntarias”, y aun se encubren delitos graves de injusticia, maltrato y violaciones sexuales
Lo grave de estas simulaciones es que quedan impunes; los alumnos y sus familias conocen muchas de ellas, pero no las denuncian por temor a represalias o porque saben que los culpables están protegidos
Pocos conocen -y es conveniente citarlo como caso extremo grotesco- que la ley misma protege la impunidad: el párrafo final del artículo 75 de la Ley General de Educación (aprobado por influencia de los diputados priistas del SNTE y reproducido en casi todas las leyes estatales de educación) dice así: “Las disposiciones de este artículo (en él se han tipificado las infracciones a esta ley) no son aplicables a los trabajadores de la educación, en virtud de que las infracciones en que incurran serán sancionadas conforme a las disposiciones específicas para ellos”
La cultura de la simulación en la que se fuerza a participar abierta o sutilmente a los educandos cancela la autoridad moral que pudiera tener el maestro ante sus alumnos y nulifica su credibilidad como educador en valores éticos
Esta batalla silenciosa aún no es denunciada públicamente ni mucho menos contrarrestada con acciones decididas de la autoridad, como podría esperarse en los tiempos de transición que está viviendo el país Falta aún mucho para salvaguardar la formación de valores de los alumnos afianzando en ellos la cultura de la legalidad, la exigencia de transparencia en los procedimientos administrativos y la confianza en las instituciones públicas; las prácticas cotidianas de la escuela van en sentido contrario ()
(El capítulo comenta otros conflictos valorales que afectan a la escuela: los Testigos de Jehová, la educación de la sexualidad, las deformaciones de escuelas privadas extranjerizantes, las tensiones de la multiculturalidad y los sesgos del Código de Ética del gobierno foxista)
Los casos presentados son muy heterogéneos; unos son ejemplos de disputas por la escuela y sus alumnos (obispos, empresarios, escuelas extranjerizantes, multiculturalidad); otros pueden calificarse como conflictos en la escuela (Testigos de Jehová, sexualidad), pues en ellos la escuela viene a ser el escenario en que se confrontan valoraciones más generales sobre la libertad de conciencia o el cuerpo humano y su sexualidad; las confrontaciones que resultan son conflictos, sobre todo para las autoridades que tienen que dirimirlas
De mayor trascendencia son las situaciones descritas en otras dos viñetas: los valores de la televisión y las irregularidades protegidas por el SNTE en el funcionamiento cotidiano de la escuela En el primer caso, ni siquiera se llega desafortunadamente a un conflicto explícito; la influencia de la televisión es tan contundente y el poder de sus empresas tan incuestionado que éstas no se sienten confrontadas por la autoridad; los educadores asumen una actitud de derrota anticipada El caso de las situaciones escolares indeseables protegidas por el SNTE se asemeja al anterior en dos aspectos: su trascendencia para la formación de todos los alumnos y la indiferencia con que generalmente se las considera parecen ser ya parte de una tradición
Por estas prácticas irregulares del magisterio y por la indiferencia que muchos maestros muestran hacia la formación en valores, las escuelas básicas mexicanas atraviesan una situación de grave deterioro Varios estudios de campo realizados en situaciones urbanas y rurales muy diversas (García Salord y Vanella, 1992; Rockwell, 1995; Manteca, 1999; Molina, 1999) coinciden en describir un panorama muy preocupante del funcionamiento escolar tanto en los aspectos que conciernen al aprendizaje de conocimientos como en el de la formación de valores ()
A través de las normas establecidas para el funcionamiento de la escuela y de los comportamientos y actitudes de los maestros, se socializa a los alumnos en la cultura del no-trabajo y del menor esfuerzo; las obligaciones escolares se les imponen como un conjunto de obligaciones no explicadas, respaldadas en forma autoritaria; son escasos o nulos los momentos en que se propicia en los alumnos la reflexión, la discusión razonada y el uso de su libertad; su socialización se centra en la disciplina y rara vez se les invita a profundizar en sus motivaciones o a elaborar sus juicios morales
En este cuadro, la formación de valores es generalmente ignorada por el maestro como función de la que es responsable; éste se limita a exigir que las normas se cumplan, aunque él mismo las viole ocasionalmente y sea condescendiente con quienes las transgreden; en muchos casos predomina un ambiente de abandono de las normas
Tal es el clima escolar que describen varios estudios de la cotidianidad escolar La disputa por la escuela se dirime, más que en las controversias políticas que llenan los titulares de la prensa, en la práctica rutinaria de todos los días, y en esa práctica es el maestro el factor decisivo
Nota: En esta transcripción se han omitido, por razones de espacio, las notas al pie de página que respaldan documentalmente el texto








