De la traición no se regresa

Julio Scherer García regresa al mundo editorial con Pinochet, vivir matando, resultado de una apasionada investigación que llevó al autor lo mismo a Santiago de Chile y a Washington, que a Madrid y París De informes documentales y de testimonios personales cargados por igual de pasión, Julio Scherer García obtuvo el material para despellejar y mostrar hasta el tuétano, en toda su perversidad, al dictador chileno, actual senador desaforado y sometido a proceso por las desapariciones dentro de lo que se conoce como la Caravana de la Muerte Pinochet, dice Joan Garcés, el abogado valenciano que estuvo junto a Salvador Allende en los momentos más dramáticos del golpe militar de 1973, “tiene el reflejo del criminal” Con autorización del autor y de la editorial Alfaguara, reproducimos fragmentos de esta pieza periodístico-literaria del fundador de Proceso
Fue fugaz e intenso mi encuentro con el general Augusto Pinochet Me recibió la mañana del 4 de marzo de 1974 en su improvisada oficina del edificio Diego Portales La Moneda había quedado como un testimonio de la barbarie Bombardeada sin resistencia desde el aire, profundos los boquetes de su mole centenaria, ennegrecida la piedra por un fuego de 20 horas, se erguía como un desecho en el centro histórico de Santiago
Pinochet despachaba en el onceavo piso de un salón de luz transparente, la ciudad bajo el dominio de los ojos, los Andes a lo lejos Los sillones eran severos, amplios y oscuros, la alfombra alta Una mesa con adornos y ceniceros se integraba al conjunto y, al fondo, pesado y rectangular, el escritorio del general se exhibía pulcro, ordenadas algunas pilas de papeles
Fernando Léniz fue la vía que me llevó a Pinochet Su colaborador entonces, ocupó la gerencia del periódico El Mercurio durante el gobierno del presidente Allende Fue la época en que emprendimos tareas comunes La principal fue la fundación de la agencia de noticias Latín, un esfuerzo para hacer oír algo más la voz quebrada de nuestro continente Viajábamos con frecuencia y nos unían los sueños Nos apartaría la vida como es, él por su lado, yo por el mío
Pinochet llevaba encima los lujos del poder La línea perfecta de los pantalones gris celeste, el brillo sedeño de la guerrera blanca, el rojo de las charreteras, bordados en hilos de oro las estrellas militares y los laureles de la victoria De arriba abajo, impecable la soberbia militar
Aún no tomaba forma el diálogo entre nosotros y sin advertencia alguna se puso de pie Regresó de su escritorio con un legajo en la mano Se trataba de editoriales y cartones de Excélsior, todos contrarios a la Junta Militar que Pinochet presidía
-Vea
Miré a Pinochet sin tomar los papeles que ponía a mi alcance
-Aquí hay maldad, calumnia
-No, general, un punto de vista que no pocos comparten
-Vea -exigió
-Conozco el trabajo de mis compañeros
Sentí su pesado rostro sobre el mío, los ojos de un azul impreciso, confundidos la acuarela y el acero
-Estoy aquí para entrevistarlo, general
Inició un monólogo: el cáncer marxista, la patria recobrada, el heroísmo de las fuerzas armadas, la fe, la justicia, la reconstrucción nacional
-Preparé un cuestionario
-Allende incendiaba el país
Otro monólogo Los buenos y los malos, los leales y los traidores, los comunistas y los demócratas, el deber del periodismo, la verdad
-Vine para divulgar su pensamiento
Súbito llegó el silencio como un aliado Pinochet accedía, ceñudo
Desde el principio fue claro que le incomodaban las preguntas y, más aún, las repreguntas sobre la marcha Poco a poco ascendía la temperatura en el salón de luz diáfana El general se impacientaba
De pronto, desde el filo de su sillón, Pinochet tomó por la fuerza las cuartillas y las retuvo Opuse resistencia, que sabía inútil No tenía derecho a tratarme de esa manera, protesté
Adujo que yo no apreciaba el honor de una conversación con el presidente de la Junta Militar En su agenda sin espacio era una deferencia insólita Elogió a Léniz Por él y sólo por él atendería el cuestionario Ya me haría llegar las respuestas por escrito
Insistí El periodista escudriña, cumple así con su deber Nada iguala al diálogo espontáneo, inapreciable como testimonio político y humano Exasperado, Pinochet elevó la voz Percibí su registro nasal Se puso de pie, yo también
Erguido y escultórico, horizontal el brazo derecho y extendida la mano, señaló hacia la puerta como quien señala al abismo
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Ocho días después, Fernando Léniz me entregó las respuestas del general “Quedarás satisfecho”, fue su augurio “Te irás convenciendo, es un hombre bueno”
Antes, había ofrecido una cena en su casa Seríamos unos veinte a la mesa, entre ellos el general Sergio Arellano Stark, comandante en jefe de la guarnición en Santiago Las señoras vestían de largo, los señores de smoking o traje negro Sobresalían las galas del general, los dorados de su uniforme El servicio era de plata, las copas de cristal, iban y venían meseros de librea blanca
El vino calentaba el ambiente y llevaba las bromas a un terreno resbaladizo Sin embargo, nadie perdía el tono La esposa de Fernando Léniz -hermosa en el marco de su espeso cabello negro, cercana y distante, aristocrática- marcaba los límites En contraste, la cordialidad de Léniz disipaba sombras y suspicacias
Amigo de Arellano Stark, había sido el puente para que yo me viera con el último canciller de la Unidad Popular, Clodomiro Almeyda Recluido en la cárcel militar del Regimiento de Tacna, en la capital, había resistido la tortura Fue de los desterrados de la Isla Dawson, el infierno helado de la Patagonia Austral, ergástula preferida de Pinochet
-Mañana a las diez -me recordó Arellano Stark
-¿Seguro, general?
-Tiene mi palabra
Con el tiempo se le conocería como “El Carnicero Stark” En el norte y en el sur, bajo su mando, “La Caravana de la Muerte” había asolado ciudades enteras en octubre de 1973 Su corpulencia era notable, impresionantes sus pupilas oscuras bordeadas por un amarillo sin luz
Ya en los postres y la champaña, la atención de todos se detuvo en la sorpresiva presencia de un ayudante militar Tieso, mantuvo ante los ojos del general una pequeña tarjeta rectangular
-Ahora vuelvo -dijo Arellano Stark
Regresó silencioso y extendió el silencio a la mesa Léniz se atrevió:
-¿Alguna preocupación, general?
-Almeyda se suicidó
Se desató un murmullo Los cómo y los asombros se mezclaron y por ahí se filtró una voz: “Traidor al fin”
-Es una broma para el periodista -se alzó la voz de Arellano Stark- Aflójese, compañero Mañana a las diez
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Temprana la mañana del día 11, Allende se comunicó con su esposa, Hortensia Bussi, y con la esposa de José Tohá, Victoria Morales Se llamaban hermanas, se decían familia A la Tencha y a la Moy, así conocidas, el presidente les había pedido calma y que por motivo alguno salieran a la calle “Lo escuché tranquilo”, recuerda la Moy
Ese martes las señoras se mantuvieron cerca del teléfono, en comunicación incesante La esperanza y la zozobra disputaban su mundo privado Pensaban que podría repetirse la revuelta del 29 de junio, sólo estrepitosa, pero sentían que los sucesos serían diferentes en esta ocasión Se tenía noticia de que los bombarderos del general Leigh volaban ya sobre Santiago
Rechazada la capitulación que la Junta Militar exigía al presidente Allende, principió la guerra de un solo lado La furia cobró su propio impulso En Tomás Moro, un estruendo aturdió a la Tencha Al bombazo siguió una descarga de metralla La casa trepidaba De las paredes se desprendieron los cuadros y cayeron pedazos de los vitrales que daban al jardín y a la piscina Impotente, sola, se tendió bajo la mesa del comedor, la cabeza inmóvil sobre los brazos cruzados
Arreciaba el fuego La destrucción hacía inevitable la visión de la muerte La Tencha buscó a su chofer y huyó de la locura Encontró refugio con Felipe Herrera, amigo de toda la vida
Cuenta la Moy:
elipe Herrera vivía a unas quince cuadras, pero yo no tenía manera de acompañar a la Tencha El toque de queda nos aislaba Después de las cuatro de la tarde el terror vaciaba las calles Los soldados tiraban a matar
Ya tarde me llamó la Tencha, dramáticamente serena Hablaba sin sobresaltos, apenas disminuida la voz Al día siguiente viajaría a Valparaíso para sepultar al presidente Los generales habían decidido por ella El funeral sería breve, sin manifestaciones políticas Así se le había advertido Inhumaría a un hombre de infeliz memoria para la nación Sólo eso
Temprano, el miércoles nos comunicamos de nuevo La Tencha preguntaba por Isabel y la Tati, pero nadie sabía de sus hijas Tampoco de Laura Allende, la hermana de Salvador, advertida por el cáncer de su fin cercano Le propuse a la viuda, mi hermana de todos los días, acompañarla a Valparaíso, pero me dijo que no “Mira, tú con tus amigos militares tienes que encontrar la manera de entrar a Tomás Moro Estoy con lo puesto, sin una muda”
Necesitaba su ropa, sus medicinas, débil de salud desde niña Quería la pulsera de oro con las medallas conmemorativas que su marido le había ido regalando: ministro, senador, diputado, presidente También me pidió los ciento cincuenta dólares que guardaba en el secreter de su pieza de vestir y su bolsa, abandonada
Comprendí su comentario amargo: “tus amigos militares” José había sido dos años y medio ministro de la Defensa Los conocíamos, los habíamos tratado
Sigue la Moy:
El mismo miércoles hablé con el general Nicanor Díaz Estrada, jefe del Estado Mayor de la Defensa No habría problemas La visita sería inmediata, no faltaba más A su certeza siguió un tiempo perdido El jueves me informó Díaz Estrada que ya había localizado al general Óscar Bonilla, ministro del Interior Pasó otro día El viernes, todo resuelto, hombres del ministerio pasarían a mi casa
En tres automóviles viejos llegaron los militares Vestían para la guerra: las botas cafés a media pierna y las suelas con estoperoles sonoros También me llamaron la atención los uniformes, diseñados para el combate en la jungla: sobre un fondo color lodo, combinaban los verdes con los amarillos, los ocres y los cafés Pasadas las cuatro de la tarde, desierta la ciudad, en unos minutos llegamos a Tomás Moro
-Señora -me dijo un oficial, custodio de la casa-, yo a usted no la puedo dejar pasar
-Lo siento Vengo con una orden escrita del general Díaz Estrada y usted me va a dejar pasar
-Así será, pero usted no entra
Intervino uno de los hombres de Díaz Estrada:
-La señora entra
-La señora no debe entrar
-Ordenes son órdenes
-Le digo que la señora no debe entrar
-¡Abra la puerta!
De los rosales en flor que flanqueaban el camino de herradura que conducía a la entrada y salida de la residencia, no quedaban ni vestigios Vi basura por todos lados, arbustos desencajados, raíces al descubierto, ramas secas con hojas verdes, montículos, agujeros Sentí un hedor
En el acceso a la residencia, hermosas piezas de talavera habían terminado en añicos Una colección de barros precolombinos, los guacos, también habían perecido Salvador los mostraba con orgullo, “vivo el ritmo musical en las manos sedosas de los artistas”, como le oí decir alguna vez
Sobre la mesa del comedor se encontraba la bolsa de piel de cocodrilo que tanto me había encargado la Tencha, regalo de la esposa del presidente de Argentina, general Alejandro Lanusse Tomé la bolsa La supe vacía
De un cuadro de Roberto Matta, por ahí tirado, más o menos de uno veinte por noventa centímetros, poco quedaba, rasgado el lienzo Admiraba la obra y la conocía bien Bajo un fondo negro se adivinaban las formas borrosas de unos tanques Puntos rojos, allá lejos, despertaban en mí sentimientos contradictorios
Por la escalera rumbo a las habitaciones de la Tencha habían rodado brazos, piernas, bustos y máscaras de armaduras antiguas, de tamaño natural Ascendía a trancos Algunos peldaños de la escalera habían sido arrancados de cuajo
La esposa del presidente tenía para sí dos recámaras, un baño y un cuarto de vestir Entré al cuarto Del secreter habían quebrado las patas y destruido las gavetas El guardarropa mostraba la inutilidad de los ganchos desnudos Algunas prendas se habían librado del saqueo Para nada Sobre la alfombra no había una falda que combinara con una blusa ni dos zapatos iguales De las valijas que recorrieron buena parte del mundo en manos de la Tencha, no existía ni huella Busqué las medicinas Había frascos sin tapa, pastillas en el suelo, ampolletas quebradas De la recámara principal me queda el organismo descompuesto, la náusea
Una bomba había abierto un boquete en el techo, atravesado la cama y explotado en el salón principal de la planta baja
Prosigue la Moy:
En la Navidad de 1972, a menos de un año del golpe, el grupo de amigos personales (GAP) hizo a Salvador Allende un regalo deslumbrante: jugador empedernido, habían hecho llegar a su casa un ajedrez gigantesco Las piezas de madera, proporcionadas a un hombre de unos ochenta centímetros de estatura, habían sido talladas con paciencia y arte: los caballos eran caballos, los alfiles, alfiles, y la reina y el rey, monarcas De las figuras seleccionadas por Allende para mostrarlas y presumirlas, no quedaron la almena de una torre ni el cuello corto y estilizado de un peón
Por la biblioteca, el espacio íntimo de la residencia, caminé entre libros destrozados y las páginas arrancadas a miles de volúmenes Pisaba mullido como en un bosque en otoño Del salón contiguo habían desaparecido las fotografías de Salvador, la Tencha, Isabel, La Tati, los amigos, los amores de la familia Lisas las paredes, mostraban los manchones del tiempo
No hallé rastro de las colecciones de marfil, las lacas y las flores duras, obsequio de los gobiernos de China, la Unión Soviética y Corea Busqué el Cristo con incrustaciones de nácar que la madre de Salvador había heredado a su hijo Lo encontré en un sitio alto, fuera de su lugar los dos años y medio de Allende en el poder Respondí al impulso de llevármelo para la Tencha “Señora, por favor”, fue la respuesta burlona del oficial que me seguía y miraba
Continué por un pasillo y llegué a la habitación del presidente Sobre la cama, suelto el cinturón, semidesnudo, puestas las botas de guerra con sus puntas de acero, babeante, un soldado roncaba su cruda Al lado, a medio llenar, se le había ido de las manos una botella de Chivas Regal
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Victoria Morales viuda de Tohá llegó a su exilio mexicano ocho meses después del golpe militar en Chile De falda negra y blusa oscura, llevaba de las manos a Carolina y a José, sus hijos de ocho y cinco años
Rubia de piel transparente y grandes ojos pasmados, avanzaba por los pasillos del aeropuerto al paso semilento de un par de guardias de seguridad Inerte el cuerpo joven, me pareció que respiraba sin vivir
-Moy -la llamé en voz alta
Siguió de frente
-Moy -ya cerca de ella
Nos habíamos conocido en Santiago A José Tohá, uno de los tres vicepresidentes de la Unidad Popular, yo lo recordaba delgado y musculoso, de bigote y barba en punta, los pómulos salidos, erguido, muy alto Sugería al Quijote, la mirada hirviente
Quise abrazarla, se dejó abrazar y me pidió que nos apartáramos de los turistas que se internaban en el país Indicó a los niños que se acomodaran en el suelo, que tuvieran paciencia, y en un rincón me contó de su marido, de ella, de Augusto Pinochet, de la tragedia vivida Su voz transmitía un estado de estupor y vivacidad
Confinado en la Isla Dawson junto con personajes leales a Salvador Allende, la nieve y las ventiscas quebraron la salud de Tohá Fue trasladado de urgencia al hospital más cercano, en Punta Arenas, y de ahí a un hospital militar en la capital del país Asediado por psiquiatras que hurgaban en su depresión y juzgado por coroneles que entrenaban perros para las fuerzas armadas, las acusaciones caían: ladrón, asesino, traidor El golpe final sobre el moribundo descendió como una acusación más
“La viuda leyó el expediente que le entregó el fiscal, coronel Andrés Oteiza Concluía que Tohá se había ahorcado Ahí estaban las pruebas, las manchas rojas y los verdugones en la base del cráneo De 195 de estatura, el líder socialista expiró abajo de los cincuenta kilos”
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Fui a Chile en mayo de 1973 “Conversemos un fin de semana Ni entrevista ni declaraciones”, me había propuesto el presidente Allende
Un ayudante me condujo al “Cañaveral”, al pie de los Andes No había manera de interesarse en la casa de reposo El mundo estaba ahí Levantado el brazo, los dedos sentían el vapor de las nubes; hacia abajo, los ojos se llenaban de un río centelleante; hacia el horizonte, la cordillera se transformaba en un infinito de roca y nieve
Allende descansaba en un sillón, reclinado el cuerpo, la cabeza sobre un cojín Su pastor alemán se alejaba y regresaba, animalazo negro de ojos dorados La quietud de esa tarde era grata, lejano el nerviosismo que acompaña la vida de los gobernantes
-¿Cómo está, doctor? -le dije doctor porque no le gustaba que lo llamara presidente
-¿Quiere un huisqui? -y miró el suyo, al lado
Contó que una vez, en el Senado, un demócrata cristiano lo llamó “pije” por sus telas inglesas, las camisas a la medida, las corbatas de seda, los zapatos italianos, su abrigo de pelo de camello Tiene usted razón, respondió Allende Pero sólo por fuera Me gusta la vida, mucho, la vida es para vivirla con ánimo abierto, sin ocultarse en rincones ni hipocresías Me gusta el licor importado y tengo ojos para las mujeres La vida es como el sol y la luna, los contrastes que dan unidad al ser humano Pero por dentro soy un luchador, treinta años en la oposición, socialista desde el primer día Me ato al rigor, a los principios que comprometen, la lealtad a los amigos De mi condición de “pije” da cuenta mi ropa, de mi condición de hombre da cuenta mi vida
Habló de la muerte sin angustia ni morbo
“Estoy en la última trinchera”, dijo, los ojos entrecerrados bajo los cristales grandes y redondos
Aún no era explícito Dijo sin decir que el espacio se le acababa
Escuché, neutra su voz: “Ya sólo hay campo para abajo”
Cenamos Estuvieron presentes su secretaria, Miria Contreras, el médico personal, Danilo Bartulín, dos personas de quienes perdí la memoria y tres auxiliares Charlamos sin conversar Habló el afecto
-Ya me voy, doctor
-Quédese a dormir
No supe qué decir Y dije:
-No traigo pijama
-Eso lo resolvemos al tiro (un ayudante regresó con una pijama de seda azul marino, bordadas las iniciales del presidente en el saco: SAG)
Me condujo a una recámara Llamaban la atención fotografías personales sobre la blancura de las paredes Una mesa exhibía papeles en orden y desorden
-No olvide que soy periodista, doctor
-Está en mi casa Puede hacer lo que quiera
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Camilo Escalona, uno de los cuatro asesores del presidente Ricardo Lagos, trabaja en el sótano de La Moneda, el búnker que fue de Pinochet Puertas de hierro gris carcelario, fúnebres y amenazantes, protegen el acceso y salida de tres pequeñas piezas y un baño exigente: espacio para el ejercicio, sauna, una plancha de piedra para tenderse y el armario para los uniformes y también los trajes y los zapatos, la ropa interior, las corbatas
El espacio mayor es para Escalona De una pared cuelga una fotografía de Allende Parece día domingo, día de jolgorio De camisa abierta, sonríe y saluda con el brazo extendido a una multitud que le corresponde La pieza intermedia comunica a las otras dos y la menor es para Arturo Barrios, jefe de gabinete de Escalona
En ella operaban los técnicos de Pinochet ocho computadoras conectadas con los salones, oficinas, baños y rincones del palacio presidencial El general estaba al tanto de las palabras y suspiros de sus ministros, de los cónclaves de los oficiales, el ir y venir de los visitantes Desde el búnker se cumplía al pie de la letra una de sus máximas: “No se mueve la hoja de un árbol sin que yo lo sepa”
Al propio Pinochet pudo parecerle excesiva la reminiscencia bíblica, quizá de mal gusto y una vez la corrigió, puntual: “No se mueve la hoja de un árbol de mi gobierno sin que yo lo sepa”
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El 7 de septiembre de 1973, cuatro días antes del golpe, Augusto Pinochet envío una carta cuidadosa a Carlos Prats, considerado el primer soldado del presidente Allende Prats merecía la confianza absoluta del Ejecutivo A Prats lo nombró orador oficial en el acto masivo de diciembre de 1972, lleno el Estadio Nacional para honrar a Pablo Neruda por la obtención del Nobel de Literatura de 1971 Por recomendación de Prats, Allende nombró a Pinochet comandante en jefe del Ejército el 23 de agosto de 1973 El consejero Joan Garcés, en cumplimiento de sus funciones, dudó de Pinochet como la mejor solución para el cargo Al presidente transmitió su intuitiva sospecha Recuerda que Allende le respondió: “Si usted me invita a su casa, yo confío en el cocinero”
La carta expresa el último límite al que llegó Pinochet Al redactarla y cubrir a Prats de elogios y reconocimiento, expresaba su fidelidad al presidente Allende No podía ser leal con uno y desleal con otro En público y en privado, Allende y Prats se comportaban como una acabada unidad humana y política
De soldado a soldado, de hombre a hombre, de amigo a amigo, Pinochet escribió el texto, elocuente, sin reservas:
Mi querido general y amigo:
Al sucederle en el mando de la Institución que Ud comandara con tanta dignidad, es mi propósito manifestarle, junto con mi invariable respeto hacia su persona, mis sentimientos de sincera amistad, nacida no sólo a lo largo de nuestra profesión, sino que muy especialmente cimentada en las delicadas circunstancias que nos ha tocado enfrentar Al escribirle estas líneas, lo hago con el firme convencimiento de que me dirijo no sólo al amigo, sino ante todo al Sr General que en todos los cargos que le correspondía desempeñar lo hizo guiado sólo por un sentido de responsabilidad tanto para el Ejército como para el país Es por lo tanto para mí profundamente grato hacerle llegar, junto con mis saludos y mis mejores deseos para el futuro, en compañía de su distinguida esposa y familia, la seguridad de que quien lo ha sucedido en el mando del Ejército queda incondicionalmente a sus órdenes, tanto en lo profesional como en lo privado y personal
Afectuosamente,
Augusto Pinochet Ugarte,
General del Ejército Comandante en Jefe
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De la traición no se regresa La infamia marca y no hay manera de confiar una segunda vez en el sujeto desleal
Pinochet pretendió cambiar las reglas inmutables y rebasar su traición Se diría fiel a sus ideas desde siempre, enemigo de Allende desde siempre Apostó a su metamorfosis
A Arturo Fontaine, director de El Mercurio y más tarde embajador en Alemania, le contó en los días de un aniversario más del golpe, en septiembre de 1977:
Ayudado por el destino fui haciendo méritos ante el presidente Allende En marzo de 1971, me tocó participar en el esclarecimiento del asesinato del exministro Pérez Zujovic y el señor Allende me felicitó El 8 de julio vino el terremoto, fui nombrado jefe de la Zona de Emergencia, salí airoso y el señor Allende me felicitó Luego vino la interminable visita del señor Fidel Castro, fui su edecán y me gané una nueva felicitación
Después, Allende le confió el honor del Ejército, comandante en jefe
Agrega Pinochet una estrella en su casaca: “En la Academia de Guerra se enseña que el gran mérito de un general es que jamás el enemigo pueda vislumbrar sus movimientos”
El 9 de septiembre de 1973, Pinochet estaba listo El Ministerio de Defensa, recinto de las fuerzas armadas, dista cien metros de La Moneda A la vista de los acontecimientos, estremece la cercanía
A Pinochet le bastaría cruzar una plaza para adentrarse en la sede presidencial Ya nada lo detendría Soñaba con los pies en el lodo Enfrentaría la traición que cometió y que lo liquidaba como hombre Sería dios
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Bajo el toque de queda, Salvador Allende fue sepultado el 12 de septiembre de 1973 en el cementerio del pueblo de Santa Inés, ciento cuarenta kilómetros al norte de Santiago Custodiado el féretro por soldados, a la viuda no se le permitió levantar la tapa del ataúd y contemplar con ojos inéditos al presidente rígido Un oficial detuvo su mano “Después”, le dijo
A Carmen Paz, a Isabel y a Beatriz la Junta Militar les negó el salvoconducto para que pudieran acompañar a su madre esa mañana atroz Junto a Hortensia Bussi estuvieron su cuñada, la exdiputada Laura Allende; el comandante Sánchez, edecán del presidente, y dos sobrinos políticos Laura Allende moriría poco después en La Habana Avanzado el cáncer, Pinochet denegó la asistencia médica que ella solicitaba y que por ese tiempo la mantenía en pie
Temprano el 12 de septiembre [recuerda la Tencha], fui notificada de que debía acudir al Hospital Militar, donde pensé que encontraría a Salvador herido de gravedad Hasta ese momento no sabía de su muerte, pero al llegar al hospital recibí la orden de presentarme en el aeropuerto Los Cerrillos Dentro de un avión Catalina, en el que viajaría, estaba el féretro, cerrado
El entierro fue secreto, vigilada por los militares como criminal Sobre la tierra removida apenas pude dejar unas flores
Veinte años después de su ascensión a la Presidencia y a 17 años menos una semana de su muerte, los restos de Salvador Allende serían exhumados de Santa Inés e inhumados en el Cementerio General de Santiago Así lo habían decidido Hortensia Bussi y sus hijas No había motivo para someterse a la paranoia de Pinochet, enfrentado a un adversario que no acababa de matar En el cementerio remoto el dictador mantenía sin identificación el sitio donde se encontraba el cadáver aborrecido
A través del ministro del Interior, Enrique Krauss, Aylwin se apresuró a restar importancia a la ceremonia que preparaba la señora Allende, enlazadas la memoria y la continuidad de la vida Dijo el vocero presidencial: “Se trata de un funeral sugerido por la familia, respecto del cual el gobierno otorga patrocinio oficial, pero no un funeral de Estado”
Pinochet se había anticipado a Aylwin y Krauss: El acto cívico era, en rigor, un acto de provocación Las fuerzas armadas no rendirían homenaje al expresidente
Hortensia Bussi fue escueta: “Nos sentimos muy bien interpretados con el homenaje popular” No reclamaba honores ni quería “causar molestias”
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Ximena Ortúzar, de Proceso, vivió el funeral Acerca del responso en la Catedral Metropolitana, presentes la señora Allende y su familia, el presidente Aylwin, su esposa y el gabinete; miembros del Poder Legislativo, dirigentes de los partidos, el cuerpo diplomático y los invitados especiales (Danielle Mitterrand, Michel Rocard, primer ministro de Francia; Armando Hart, ministro de cultura de Cuba y representante de Fidel Castro), escribió:
El arzobispo Carlos Oviedo recordó que en enero de 1973, en Roma, el Papa le preguntó cómo era la relación de Allende con los obispos y que él le había señalado que el mandatario observaba gran respeto por la Iglesia en consideración a la venerada memoria que tenía de su madre (doña Mariana), una buena cristiana El Papa me escuchó interesado y, fijando en mí su mirada profunda, me dijo: “Una buena católica hace apostolado hasta después de muerta Dígaselo al presidente”
Por La Moneda y la avenida O’Higgins, congregadas miles de personas que deseaban “hacerle calle” al presidente, el cortejo pasó a toda velocidad Una anciana que esperaba desde temprano con flores apretadas en las manos, me miró llorosa: “¿Y mis flores? No vi a Allende”
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Pinochet fue desaforado por su brutalidad en el ejercicio del poder Dios entre los mortales, los mortales terminaron por desnudarlo y exhibirlo Dueño del poder; no le fueron ajenos los crímenes cometidos en nombre del absolutismo
Juzgó la Corte Suprema, frontal su razonamiento:
Si se considera la regla de la verticalidad del mando y que a la Comisión del general Arellano se la dotó de todos los elementos logísticos necesarios para llevar a cabo su cometido y que ante los excesos producidos no hubo ninguna reacción ni sanción a los responsables, debe concluirse que la orden de proceder en la forma que se ejecutó debió haber sido decretada por el propio comandante en jefe de la época
Cabe añadir que el general Pinochet tenía un claro concepto de lo que es el mando militar en la forma en que él mismo lo explica en su libro denominado “Política, Politiquería y Demagogia” publicado en 1983 En efecto, allí se expresa textualmente lo siguiente:
“En la vida militar se vive, quizá, con mayor claridad formal que en otra parte, en la permanente dinámica de mandar y obedecer En la organización militar, quien no sabe mandar no sirve Y quien no sabe obedecer tampoco sirve Por lo demás y aunque resulta un tanto drástico decirlo así, en la vida la persona que resulta más inútil es aquella que no sabe mandar ni obedecer Creo que para ejecutar bien el mando es imprescindible haber aprendido a obedecer Y obedecer en plenitud, en forma comprometida, sin vacilaciones Es mal jefe, por tanto, quien haya sido mal subalterno”
Los solicitantes de desafuero imputan al entonces comandante en jefe del Ejército, general Augusto Pinochet Ugarte, hoy senador inculpado, la responsabilidad de “autor inductor” de los hechos delictuales investigados en el proceso tenido a la vista, o sea, le atribuyen la calidad de autor de quien induce directamente a otro u otros a la ejecución de los hechos delictuales
En doctrina jurídica inducir es lo mismo que instigar o mover a otro a la realización de un hecho ilícito penado por la ley, esto es, crear en el ánimo de otro la voluntad de realizar tal hecho
Al par de su fracaso en la Corte, Pinochet apostó al futuro y perdió En sus manos los hilos del poder, se creyó imbatible: mataría y borraría las huellas de los crímenes Los cadáveres desaparecerían y sin cuerpos no habría delito que perseguir
No supo que la desaparición de un detenido no prescribe hasta que la víctima vuelve al mundo de los vivos o yace entre los muertos, identificada, reconocida En la estratagema, Pinochet construyó su propia trampa Centenares de cadáveres fueron enterrados y dinamitados, arrojados al mar, descoyuntados hasta la demencia, triturados sin piedad
Breve el camino que le quede por recorrer a sus ochenta y cinco años, la luz del general de cinco estrellas y superstar latinoamericano, sigue apagada
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Ocho años tardó Pinochet en reconstruir La Moneda, bombardeada como un objetivo militar el 11 de septiembre de 1973 A su arbitrio transformó el palacio centenario en refugio personal
Dos años y medio trabajó el presidente Allende en una pequeña oficina de cara a la Plaza de la Constitución, permanente el bullicio de la gente Fue célebre el balcón desde el que arengaba a la multitud, vociferante a favor y en contra
En el mismo segundo piso de La Moneda, Pinochet se ocultó en una pieza interior Mira al Patio de los Cañones, así llamado por las dos piezas de artillería que recuerdan la Guerra del Pacífico, a fines del siglo XIX Diecisiete años, todos los de la dictadura, permaneció cerrado el patio por razones de seguridad
Pinochet se protegía contra hombres y espectros Comunicaba a su despacho el Salón de las Camelias y también fue cerrado Cuentan en La Moneda que las flores blancas conviven con los espíritus, puras como son, sin aroma
A la derecha de la oficina del general, pequeñas ventanas rectangulares dan a otros espacios que se mantuvieron vacíos El más conocido es el Patio de los Naranjos, simple la armonía entre los árboles con fruto, la piedra color almendra que los circunda y el agua incesante de una fuente circular
Pinochet dispuso también la construcción de un elevador que lo llevara a los sótanos de Palacio Diseñó en su búnker un segundo salón para el Consejo Supremo, idéntico al oficial y formal del que todos tenían noticia Las mismas veintiún sillas, los mismos micrófonos para el presidente de la República y sus ministros, la misma mesa en vaga forma de sirena