Testimonio de Luis Eduardo Silva sobre una reunión en Las Lomas con Raúl, Ortiz Mena, Hank, Claudio X
Ultimátum a Córdoba a causa de Colosio: “Tú nos metiste en esto; o lo arreglas o lo arreglamos”; la respuesta: “Se puede remediar”
Ximena Ortúzar
SANTIAGO DE CHILE- Luis Eduardo Silva de Balboa salió urgentemente de México hacia Miami el 2 de marzo de 1994, con pasaporte mexicano y un nombre falsos En Miami abordó un avión hacia Chile, con su pasaporte chileno La salida, como el uso de dos pasaportes distintos, se debió —asegura— a instrucciones precisas de José Córdoba Montoya, a raíz de una reunión realizada el 1 de marzo de 1994, en la Ciudad de México, que Silva considera “determinante” Lo relata así:
“La tarde del 1 de marzo de 1994, Córdoba llegó a mi departamento, en Polanco, porque habíamos acordado vernos para conversar Lo vi preocupado Me comentó que, de paso a donde fuéramos, nos detendríamos unos minutos en cierto lugar al que le habían pedido concurrir Salimos Me llamó la atención que en esa ocasión conducía él mismo su automóvil Nos dirigimos a una casa en Las Lomas y, mientras Córdoba se reunía con un grupo de personas, yo lo esperé en una antesala Pude escuchar algunas partes de lo dicho en esa reunión que derivó en un debate acalorado
“Al cabo de unos 30 minutos, Córdoba abandonó la reunión muy ofuscado; me dijo que se cancelaba la conversación que habíamos planeado y me llevó de regreso a mi departamento Antes de despedirnos me comentó que la situación en México era muy delicada y me indicó que abandonara el país a la brevedad posible Ofreció facilitarme la salida y lo cumplió Yo salí de México al día siguiente”
Tres años después, Silva de Balboa asegura que en esa reunión se discutió lo que estaba haciendo y diciendo el candidato del PRI a la Presidencia, Luis Donaldo Colosio
No fue negociación, fue ultimátum
Luis Eduardo Silva de Balboa es sobrino del cardenal chileno Raúl Silva Enríquez, primo del excanciller Orlando Letelier, asesinado en Estados Unidos Estudió en París, donde dice que conoció a Córdoba; dedicado a actividades empresariales, entre 1991 y 1994 intervino en el proyecto industrial mexicano-estadunidense Santa Teresa, en la frontera entre ambos países, lo que le permitió reanudar su relación con el entonces jefe de la Oficina de la Presidencia y conocer a otros funcionarios mexicanos, entre ellos, Luis Donaldo Colosio; además mantuvo contactos con diplomáticos y políticos estadunidenses También se ha desempeñado como periodista
Este es el resto de su historia:
“José Córdoba condujo su auto por avenida Reforma, rumbo al lugar donde lo esperaban Anochecía Unas calles después de las vías del ferrocarril de Cuernavaca, en Las Lomas, viró a la derecha y enfiló por una calle curva Nos detuvimos frente a una casa de dos pisos, con enredaderas en sus rejas y un gran antejardín A la entrada había varios automóviles, unos seis, con sus correspondientes choferes Recuerdo que algunos de esos autos tenían vidrios polarizados Por los autos supe que allí había gente importante
“La casa tenía una gran puerta, con algunas gradas antes y unos jarrones o tinajas a ambos lados Abrió un empleado con pantalón oscuro y filipina blanca Saludó a Córdoba como a un conocido —’buenas noches, doctor’— y nos hizo pasar Refiriéndose a mí, Córdoba dijo: ‘Viene conmigo’ Me indicó que me sentara en una salita de espera El entró a una gran sala contigua, donde lo esperaban Escuché frases como: ‘Al fin llegas’ Cerraron la puerta
“Desde donde me quedé, solo, escuchaba el murmullo de la conversación, de varias voces, pero no lo que decían, salvo en los momentos en que alzaban la voz, lo que ocurrió algunas veces Comprendí que allí se discutía algo En un par de ocasiones se abrió esa puerta Una, cuando alguien abandonó la reunión visiblemente molesto y dio un portazo en la entrada principal La puerta de la sala quedó entreabierta y pude ver una mesa de grandes dimensiones —no parecía de comedor— y, al final de ella, sentado en una silla de respaldo alto, a Antonio Ortiz Mena”
—¿Lo reconoció de inmediato? ¿Cómo?
—Porque tuve trato con él en el BID, en 1967, y meses antes de esa reunión, cuando él era presidente del Consejo de Administración de Banamex Lo conozco bien
—¿Reconoció a alguien más?
—A través de la puerta entornada vi a varias personas, unas sentadas, de espaldas a mí, otras de pie Vi un par de caras que no conocía En un momento entró en el área de mi vista Carlos Hank González, que se movía de un lado a otro y era uno de los que hablaba acaloradamente
—¿Tampoco tuvo dudas de que era él?
—Hank es inconfundible
—¿Nadie más que usted reconociera?
—Ahí no, pero al entrar reconocí los autos de Claudio X González y de Diego Gutiérrez Cortina Incluso uno de los choferes me saludó, porque me conocía
—¿Los presentes se trataban por sus títulos —licenciado, ingeniero—, o por sus nombres?
—Allí todos se hablaban con gran familiaridad Se hablaban de tú No recuerdo haber escuchado nombres
—¿Qué decían?
—No escuchaba la conversación, pero cuando la puerta estuvo entreabierta y alzaron la voz escuché frases muy concretas que me convencieron de que allí había, a esa altura, un debate Se decían cosas fuertes, incluyendo groserías Hablaban de Colosio
—¿Lo nombraron?
—No estoy seguro de que lo nombraran, pero las frases eran muy claras Se quejaban del curso y la gravedad de la situación, se quejaban de alguien En un momento recuerdo haber escuchado decir, de manera muy insolente: “Ahí tienes a tu gallo”, a lo que Córdoba contestó, enérgico: “No es mi gallo, es el candidato del partido”
—¿Cómo sabe que eso lo dijo Córdoba?
—Escuché claramente su voz y reconocí perfectamente su estilo
—¿Qué más escuchó, concretamente?
—Reclamaban: “Mira lo que está ocurriendo y lo que puede ocurrir si esto sigue” En otro momento en que las voces se alzaron —y la puerta ya había sido nuevamente cerrada— escuché decir: “Esto tiene que arreglarse ahorita O lo arreglas o lo arreglamos”
—¿Textualmente?
—Puede que no fueran exactamente esas palabras, pero el concepto fue estrictamente ese Eran frases perentorias y terminantes Me llamó profundamente la atención que alguien se atreviera a hablarle así a Córdoba A nadie escapa que fue “el hombre detrás del trono” y su autoridad era ilimitada
—¿Córdoba aceptó ese trato en esa reunión?
—No Lo escuche decir, muy airado: “Yo a usted no le permito” y también: “En mi presencia usted no se refiere al presidente en esa forma” Con el tiempo he llegado a creer que en esa junta estaba Raúl Salinas de Gortari, porque no me imagino que otra persona se atreviera a criticar públicamente al presidente y menos frente a Córdoba
—¿Usted cree que Raúl Salinas criticaba a su hermano?
—Deduzco que la molestia que sentían con Colosio la extendían a Carlos Salinas por nombrarlo candidato y no frenarlo cuando se salía del libreto —ya había habido discursos irritantes— y eso se lo enrostraban a Córdoba, a quien responsabilizaban de haber influido en el presidente para nombrar a Colosio Le decían: “Tú nos metiste en esto”, al tiempo que proferían toda clase de insultos como: “Ese hijo de la chingada”, “malparido”, “cabrón” También los oí decir: “No vengas ahora a justificarte” y “no eludas tu responsabilidad” Aún controlado, Córdoba respondía: “Esto es algo que se puede arreglar”
—¿Diría usted que el trato llegó a ser agresivo?
—Las palabras y el tono de las voces eran fuertes Además, en los pocos minutos que pude ver a los allí reunidos, desde mi ángulo, noté que el lenguaje corporal era violento Ahí no se estaba negociando nada Eso era un ultimátum
Instrucciones precisas
—Usted salió de México al día siguiente
—Por instrucciones precisas de José Córdoba Comentó que esa reunión había sido el momento más desagradable que le había tocado vivir en mucho tiempo Y agregó algo que no puedo olvidar: “Espero que cada uno de los presentes en esa reunión tenga un motivo para justificarse, llegado el momento”
—¿Son las palabras, o el concepto?
—Esencialmente el concepto, pero las palabras fueron muy similares Creí entender que Córdoba sentía que esa reunión nunca debió realizarse He pensado que esa frase, que ahora interpreto como un pensamiento en voz alta, quiso decir: “Ojalá los presentes en la reunión tengan luego alguna forma de negar que estuvieron allí”
—¿Esa conjetura implica el concepto de una coartada?
—Así lo sentí Cuando le pregunté a Córdoba a qué se refería con esa frase, respondió que no estaba en condiciones de anticipar las consecuencias de esa reunión Era evidente que la consideraba gravísima
—Y le recomendó a usted salir de México
—Lo antes posible Incluso me ofreció solucionarme todos los trámites Me dijo que me contactarían de su parte y que se encargarían de todo Me pidió: “Haz exactamente lo que se te indique, sin cuestionamientos”
—Y usted acató esas indicaciones ¿Por qué?
—Estaba muy desconcertado Nunca había visto a Córdoba fuera de control hasta ese día Si él decía que la situación era muy delicada y me pedía abandonar México, sentí que tenía que hacerlo Esa noche pensé que tal vez México estaba a las puertas de un golpe de Estado
—¿Por qué cree que Córdoba le pidió irse?
—Tal vez por nuestra relación, o por mi relación con Colosio, o por haber sido “testigo molesto” de esa reunión
—Salió al día siguiente
—Sí Por la mañana me llamó una de las secretarias de Córdoba y dijo que estaba todo arreglado y que me presentara en el aeropuerto, en el mostrador de Aeroméxico, con una fotografía Así lo hice Me esperaban dos personas que me entregaron el boleto a Miami y pegaron mi foto en un pasaporte mexicano
—¿A qué nombre?
—No lo recuerdo Era un nombre muy común, en todo caso Me preguntaron si llevaba mi pasaporte chileno Me indicaron guardarlo muy bien y sacarlo sólo a bordo del avión, donde debía deshacerme del que me estaban entregando Fueron muy perentorios al decirme que por ningún motivo bajara del avión con ese pasaporte encima Obedecí Destruí ese pasaporte en el avión y al pasar migración en Miami me documenté con mi pasaporte auténtico
Ese pasaporte, número 135320 —expedido por el consulado chileno en Houston— registra como fecha de entrada de Silva de Balboa a Santiago, el 3 de marzo de 1994, según el sello del servicio de migración
Veinte días después, Silva se enteró en Chile del asesinato de Luis Donaldo Colosio
Cuestión de amistad y de conciencia
—¿Por qué esperó tres años para hablar de esto?
—Quise hacerlo antes, pero el asunto se frustró En algún momento me llamó Tod Robberson, corresponsal de The Washington Post en México Me dijo que sabía de la reunión y hablamos del tema Recuerdo que me dijo que Córdoba negaba conocerme y, por cierto, negaba también la existencia de la reunión El tema quedó pendiente, pero cuando llamé a Robberson para retomarlo, su esposa me dijo que ya no quería hablar conmigo Y todo paró allí
—Y ahora usted insiste en relatar su experiencia
—Sí, porque mientras más tiempo pasa, más me convenzo de que esa reunión tuvo que ver con el fin trágico de Luis Donaldo Colosio, de quien me consideraba amigo Estoy convencido de que ese asesinato fue resultado de una conspiración Yo, sin quererlo, fui testigo de algo muy siniestro, muy tenebroso No quiero callarlo, es una cuestión de conciencia
—Siendo amigo de Colosio, ¿le advirtió lo que supuso descubrir en esa reunión?
—Intenté hacerlo La misma noche del 1 de marzo, después de separarme de Córdoba y sabiendo que saldría de México en unas horas, lo llamé a su celular Me respondió Le dije que abandonaría México al día siguiente Me preguntó si era por asuntos personales míos y le dije que no, que era por instrucciones de Córdoba Colosio opinó que debía aceptar esa recomendación Le dije que quería hablar con él, personalmente, que era muy importante que habláramos antes de irme, que tenía cosas que decirle, y me respondió: “No, ya es muy tarde” No he podido olvidar esa frase
—¿Cómo entendió usted esa respuesta?
—Mi primera interpretación fue que Luis Donaldo me decía: “Si Córdoba te dijo que salgas de inmediato, ya no hay tiempo de que hablemos”, pero también he pensado que pudo querer decirme: “Si vas a advertirme algo, ya lo sé Ya es tarde, la suerte está echada”
—¿Tiene motivos para pensar que Colosio presentía algo?
—En un par de ocasiones me comentó que Diana Laura, su esposa, le había advertido los riesgos a que se exponía Al parecer ella estaba preocupada, temerosa
—¿Colosio también?
—No tuve esa sensación
Córdoba, de París a México
—¿Cómo era su relación con Córdoba?
—Lo conocí en los años 70, en París, y nos reencontramos en México, durante el gobierno de Salinas de Gortari, cuando ambos ocupábamos cargos importantes: el suyo es bastante conocido; yo, en ese momento, era el presidente ejecutivo del Proyecto Industrial Santa Teresa y, como tal, representante de los intereses del gobierno estadunidense ante el gobierno mexicano Sin embargo, mi relación con Córdoba rebasó el ámbito de las negociaciones de Santa Teresa
—¿Fueron amigos?
—No diría tanto No fuimos amigos en París, donde yo estudiaba derecho y él estaba ligado al ámbito universitario, pero fuimos “buenos conocidos” Ocurre que yo era amigo de Jacques Attalí, asesor de el entonces presidente francés Francois Mitterrand, y Attalí era amigo de un hijo de refugiados españoles al que todos conocían como “Pepé Cordobá” No recuerdo haber escuchado jamás en esos años que Córdoba fuera mexicano Nos reencontramos en México, 16 años después
—Cuando Córdoba era parte del gobierno
—Exactamente En rigor, mi designación como presidente de Santa Teresa se debió a mi conocimiento personal de Córdoba Ocurre que el senador republicano Pete Dominici, parte interesada en el proyecto, al enterarse de que yo conocía a Córdoba, me instaló en ese cargo para aprovechar mi relación con “el hombre fuerte” del gobierno mexicano —así lo veían— y tratar de conseguir la aprobación del proyecto en el lado mexicano Y por ese motivo me comuniqué con Córdoba Tuvimos varias entrevistas para tratar el tema del proyecto y a partir de eso él comenzó a invitarme a conversar de vez en cuando, a solas y en lugares que llamaba “no visibles”, es decir, restaurantes o cafés alejados del centro y poco frecuentados por personalidades del quehacer político
—¿Cuáles eran los temas de que hablaban?
—Actualidad, política mexicana y estadunidense A Córdoba le importaba mucho saber detalles acerca de la postura de Estados Unidos frente a la firma del TLC, porque él quería la firma a ultranza de ese tratado
—El sabía que usted estaba bien conectado
—Evidente El sabía perfectamente que yo mantenía relaciones habituales con funcionarios de la embajada de Estados Unidos, con legisladores estadunidenses y hasta con agentes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) Yo le resultaba útil
—También a la contraparte, ¿no?
—Por cierto Yo estoy muy consciente de que unos y otros me utilizaron Fui termómetro y barómetro de ambas partes Por el tema de Santa Teresa, yo manejaba información privilegiada, por un lado, y buenos contactos por el otro Ambos intentaban mandarse mensajes a través mío, sin decírmelo explícitamente
—¿Recuerda algún tema de especial interés de los estadunidenses?
—Les importaba sobremanera saber si era viable una reforma constitucional que allanara el camino a la reelección de Salinas
—¿La idea les gustaba?
—¡Les fascinaba! Para ellos, Salinas era el mejor presidente mexicano del siglo, una garantía Querían saber cuánto sabía yo de ese tema Y lo que yo sabía, a través de Córdoba, era que a Salinas la idea lo entusiasmaba y Córdoba lo alentaba
—¿Alguien supo que Córdoba y usted mantenían una relación frecuente y personal?
—Creo que nadie, excepto sus colaboradores cercanos, que me vieron muchas veces con él Córdoba es muy cauteloso Siempre eligió lugares discretos donde vernos e incluso insistió más de una vez en que nuestra relación era estrictamente privada Es evidente que siempre habló conmigo off the record
Confianza y pasaporte
—¿Diría usted que Córdoba le tenía confianza?
—Así lo sentí Una vez que llegué a su oficina en Los Pinos me comentó lo molesto que estaba con Proceso por un reportaje en que se cuestionaría su calidad de “doctor” Eso lo irritó mucho Según Córdoba, ese reportaje venía en el número siguiente de la revista, y hablaba de ese número como si lo hubiera leído Ante mi sorpresa, su secretaria, Miriam Tato, me aclaró que los teléfonos de Proceso y de su director, Julio Scherer, estaban intervenidos y me enseñó una grabadora con dos enormes carretes de cinta magnetofónica instalados allí, en los dominios de Córdoba “Ahí quedan grabadas las conversaciones que entran y salen de Proceso, y luego las verifican”, comentó Córdoba redondeó el comentario diciendo que eso se hacía en todos los países del mundo, por razones de seguridad Esa anécdota demuestra que me tenía confianza
—Tanta como para asignarle tareas o misiones públicas
—Efectivamente Me incluyó en una gira del secretario de Comercio, Jaime Serra Puche, con un grupo importante de industriales mexicanos que viajaron a Japón, Taiwán y Hong Kong para promover las inversiones asiáticas en México
—¿A esa gira fue usted como mexicano?
—Sí, con pasaporte mexicano, pero a mi nombre Para ello se le dio la nacionalidad a mi madre y luego a mí, como hijo de mexicana Esto lo gestionó Córdoba
—¿Alguna vez comentó que la candidatura de Colosio era conflictiva?
—Sí, claro, porque Colosio generó problemas dentro del gobierno muy tempranamente después de su destape Tengo la impresión de que Córdoba pensó que podría manejar a Colosio como manejaba a Salinas, pero Colosio era un hombre tremendamente independiente
—Y a partir de eso ¿Córdoba quiso desandar lo andado?
—El quería una salida negociada Era su oficio: él sacaba y ponía gobernadores, sacaba y ponía ministros Personalmente lo escuché dar órdenes precisas a Fernando Solana y regañar a Pedro Aspe Y nadie osaba contradecirlo
—Y en virtud de esa confianza, ese día de marzo lo llevó a usted a la reunión
—Creo que no sabía a lo que iba, pero sí, lo entiendo como una muestra de confianza
—Y por eso se sintió en condiciones de indicarle que abandonara México ¿Dónde vivía usted habitualmente?
—En Santa Teresa Y aunque había dejado de ser presidente ejecutivo del proyecto unos meses antes, seguía viviendo allí
—Pero usted, en lugar de irse allá, regresó a Chile
—Efectivamente
La última llamada
—¿Cómo y cuándo conoció a Colosio?
—Creo que en 1992 Yo era ya presidente ejecutivo de Santa Teresa y él era titular de la Secretaría de Desarrollo Social Uno de los escollos más fuertes era el temor que tenían los ecologistas sobre el impacto ambiental que el proyecto provocaría en la zona Colosio era uno de los más interesados en el tema Nos entrevistamos al respecto y hablamos largamente Surgió entre ambos una gran empatía Creo que influyó en él el hecho de que yo fuera chileno Colosio sentía un gran interés por la situación chilena
—¿Tenía reservas acerca de Santa Teresa?
—Muchas Y acerca del TLC, muchas más Le preocupaba principalmente la pérdida de soberanía que pudiera significar para México la firma del tratado Hablábamos muy seguido, de política, de economía, de sus inquietudes
—¿Y eso se mantuvo siendo él candidato?
—Se mantuvo Nos comunicábamos desde donde estuviéramos, por su celular, pese a que le advertí lo que supe por boca de mister Palmer, agente de la CIA: que a partir de Arizona los servicios de inteligencia estadunidenses controlaban las llamadas telefónicas de México de unos cien personajes importantes, principalmente las cursadas a través de celulares Pero Colosio no dejó de hablarme por eso, lo que demuestra que, al menos en ese momento, no veía moros con tranchetes
—¿Por qué asegura usted que mister Palmer era agente de la CIA?
—Porque así me lo informó Allen Sessions, tercer hombre de la embajada estadunidense, cuando me dijo que nos entrevistaríamos con miras a lograr mi objetivo frente al gobierno mexicano
—¿Se veían algunas veces?
—Nunca Pienso que Colosio, estimándome, prefirió no ser visto conmigo, porque Santa Teresa, que en un momento fue el arquetipo de la modernidad y el proyecto emblemático de la cooperación mexicano-estadunidense, terminó siendo un estigma No era sano para un candidato a la Presidencia de México exhibirse con alguien ligado al proyecto que representaba la presencia estadunidense en territorio mexicano, en el más negativo de los sentidos Nuestro medio de contacto fue su celular
—A ese celular lo llamó usted esa noche del 1 de marzo
—Sí A ese celular lo llamé
—¿Volvieron a hablar después de esa noche?
—No Nunca más








