El general Godínez, por el ejército; Samuel Ruiz, a la cabeza del clero

El general Godínez, por el ejército; Samuel Ruiz, a la cabeza del clero
Militares y sacerdotes se enfrentan por el caso de los dos oficiales asesinados e incinerados en Chiapas
Armando Guzmán y Rodrigo Vera
SAN CRISTOBAL DE LAS CASAS – El asesinato de dos oficiales del ejército, ocurrido aquí el pasado 20 de marzo, ha provocado un fuerte enfrentamiento entre el Centro de Derechos Humanos “Fray Bartolomé de las Casas”, que dirige el obispo Samuel Ruiz, y la VII Región Militar, a cargo del general Miguel Angel Godínez Bravo, quien fue jefe del Estado Mayor Presidencial de José López Portillo
Según testimonios del Centro “Bartolomé de las Casas” y de los propios indígenas, los cerca de 400 soldados que buscaron los cadáveres de los militares asesinados sitiaron por más de una semana la comunidad tzotzil de San Isidro El Ocotal, amenazaron de muerte a las 46 familias del lugar y detuvieron y torturaron a por lo menos trece campesinos, a quienes acusaron de haber asesinado a los dos militares
Para el general Godínez, es falso que el ejército haya hostigado a los indígenas:
“Son infundios del clero Se basan en mentiras Lo hacen no sólo para salvar a los asesinos de los militares, sino para buscar liderazgo y quedar bien con los indígenas, haciéndose pasar por sus defensores”
La mañana del sábado 20 de marzo, Marco Antonio Romero, capitán segundo de la Fuerza Aérea, y Porfirio Millán Pimentel, teniente de infantería militar, decidieron utilizar su día franco para pasear por el Cerro de los Bolones, al sur de San Cristóbal de las Casas y muy cerca de la XXXI zona Militar, donde tienen a su cargo un potente radar aéreo situado en el Cerro del Extranjero
Pese a tener día franco, Millán Pimentel vestía el uniforme de la fuerza aérea, por lo que —según el ejército— los indígenas los confundieron con guardias forestales y los asesinaron, temerosos de que informaran sobre un aserradero clandestino que tenían funcionando
El propio Godínez Bravo, en una carta fechada el 31 de marzo, cuenta al obispo Samuel Ruiz los pormenores del caso:
“Ese sábado (20) ya no regresaron (los militares), por lo que sus familiares se empezaron a preocupar; como tampoco arribaron durante el domingo, dieron parte a su comandante, quien informó a la Comandancia de la XXXI Zona Militar y al Cuartel General de la VII Región Militar; suponiendo que se encontraban extraviados, a partir de ese momento se ordenó salir a la búsqueda de esos dos oficiales, la cual se llevó al cabo en forma intensa por tierra y por aire
“El jueves 25 de marzo llegamos a la conclusión de que definitivamente ya no se encontraban perdidos, sino que posiblemente hubieran sufrido algún accidente o alguna agresión En esa fecha, también se empezaron a correr rumores entre los vecinos de esa región de que los oficiales habían sido asesinados, y sus restos incinerados en la ranchería de San Isidro Ocotal, por lo cual ordené que la búsqeda se intensificara por tierra, metro a metro, y se preguntara a los vecinos, con la esperanza de que alguien nos pudiera informar sobre el paradero de nuestros compañeros; el viernes y el sábado se recibió mayor información en la XXXI Zona Militar, la cual coincidía con los rumores escuchados, hablando incluso ya de personas específicas que habían participado en estos incalificables hechos
“El domingo tuvimos el gusto de convivir con usted, en un amigable desayuno, con la firme intención, cuando menos por parte nuestra, de fortalecer nuestros lazos de amistad; platicamos de muchas cosas agradables y también de la preocupación que teníamos por nuestros compañeros extraviados; casi para despedirnos se acercaron a usted, con el respeto que impone su jerarquía eclesiástica, las esposas, hijos y familiares de estos oficiales; y para ese entonces, desconocíamos todavía que estas personas, desde ocho días antes, ya eran viudas y huérfanos; y con emoción y fe apelaron a su bondad, para que por medio de sus sacerdotes y feligreses, pudieran obtener un informe sobre el paradero de sus seres queridos
“Desgraciadamente, ese mismo domingo, pasado el mediodía, el personal de un pelotón perteneciente al 24 Regimiento de Caballería Motorizado, que se encontraba reconociendo el terreno, descubrió a un kilómetro aproximadamente de San Isidro Ocotal, en una ladera que se encuentra frente a un cerro llamado Bolita, totalmente talado, un círculo de aproximadamente un metro de diámetro, donde se notaba que ahí se había hecho un hoyo, cubierto con ramas y rastrojos para hacerlo pasar desapercibido Al comprobar el sargento del pelotón que la tierra estaba floja y alrededor se encontraba tierra recién removida, decidieron escarbar, con la amarga sorpresa de que a unos 30 centímetros empezaron a encontrar restos de carne, vísceras y huesos humanos calcinados totalmente Este terrible hallazgo, aunado a los informes y rumores que ya se tenían, me hizo decidir que nuestro agente del Ministerio Público Militar hiciera la denuncia de estos hechos ante las autoridades correspondientes
“Lo único que puedo asegurarle, por pláticas de los mismos detenidos, es que el capitán y el teniente fueron villanamente asesinados en un lugar de San Isidro El Ocotal, donde se dedican a la tala de árboles, pudiendo ser considerado como un pequeño aserradero, robándoles sus pertenencias, y posteriormente, con saña inaudita, fueron trasladados los cadáveres a una vaguada, aproximadamente a 700 metros del lugar del asesinato, donde prepararon el lugar para incinerar los cadáveres Quiero pensar, para tranquilidad propia, que ya estaban muertos, pues puede existir la posibilidad de que, incluso, hayan sido incinerados vivos donde, por espacio de ocho días, estuvieron calcinándose, en la inteligencia de que, no conformes con esto, los restos que no se calcinaron totalmente fueron trasladados a otro hoyo, que fue el descubierto por el personal del 24 Regimiento de Caballería Motorizado, donde incluso los taludes y el fondo del citado hoyo fueron cubiertos con estiércol, me imagino para conservar el calor y siguieran calcinándose
“Yo estuve en el lugar donde los incineraron y vi y oí cómo personalmente un individuo, de nombre Erasmo González López narraba, con todo cinismo, cómo los habían incinerado, indicando incluso cómo los habían acomodado en la pira; si esto no lo conmueve, lo admiro por su dureza, pero posiblemente si usted hubiera estado presente lo hubiera conmovido el momento en que uno de los elementos de la Policía Judicial del Estado encontró un anillo también quemado, el cual al rasparlo se logró ver claramente el nombre de la esposa del teniente Millán y la fecha de su matrimonio religioso, seguramente realizado en alguna iglesia de las que usted dirige; le puedo asegurar, señor obispo, que en ese momento se le doblaron las piernas a los más valientes, porque era la prueba contundente de que ahí había quedado el teniente Millán”
Para dar con los oficiales desaparecidos, hasta las estaciones radiofónicas XEWM “Radio 640” y XERA “Radio Chiapas” transmitieron spots donde se ofrecía una gratificación de 5,000 nuevos pesos a quien diera informes
Entrevistado en sus oficinas —decorada con esculturas ecuestres de bronce, con águilas de alas extendidas—, a Godínez Bravo no le cabe duda de que los restos eran de los dos militares:
“Ya lo han probado los legistas los forenses Ahí está además el anillo matrimonial Está también el dictamen donde se estipula que cercenaron los restos, que presentaban signos de golpes Al sentirse descubiertos, los asesinos, seguramente, vieron que todavía quedaban restos grandes, y los exhumaron para deshacerlos aún más y enterrarlos en otro lugar”
Con 42 años en el ejército, al que ha servido siendo agregado militar en Italia, así como en las comandancias de Toluca, Tampico y Oaxaca, Godínez Bravo asegura que sus soldados no cobraron venganza contra ningún indígena:
“Tuvimos mucho cuidado en no violar una sola garantía individual No hubo ningún abuso por parte nuestra Ni amenazas de muerte Mucho menos tortura Para evitar hechos violentos, yo y todos mis comandantes tuvimos la precaución de estar presentes durante toda la búsqueda Supervisamos toda la operación Platicamos con los campesinos Los invitamos para que nos visitaran al cuartel cuando tuvieran problemas Lo demás son infundios”
A San Isidro El Ocotal —a unos 25 kilómetros de esta ciudad— se llega por un accidentado camino después de más de una hora de viaje
Bajo la advertencia de que es un “lugar peligroso”, el corresponsal arribó a la comunidad de no más de 20 chozas de guano y madera perdidas en la inmensidad de la sierra chiapaneca, donde habitan 46 familias tzotziles dedicadas a la agricultura Ahí, de viva voz, varios de los indígenas detenidos narraron los ocho días de terror que vivió la comunidad bajo la presencia de “los ejércitos”
Los militares —dicen— sitiaron San Isidro para evitar la entrada y salida de personas Los constantes interrogatorios y las amenazas de muerte con armas de alto poder mantuvieron aterrorizada a la comunidad, principalmente a niños y mujeres
Al descubrir los restos calcinados, los militares fueron llevando a los indígenas al lugar del hallazgo para que se declararan culpables
A Marcelino Chilón de la Cruz, vendado, lo acostaron boca abajo, con la cara en un hormiguero En dos ocasiones le hicieron el simulacro de asesinato, descargando pistolas al aire
Aún con moretones en la espalda y en el ojo izquierdo, Chilón de la Cruz relata que varios compañeros suyos fueron sacados de sus casas por los cabellos, luego de que los militares tiraron las puertas a patadas
A José Hernández Méndez le dieron palo “hasta dejarme muriendo de dolor” Luego, agentes vestidos de civil, presuntamente policías judiciales, le introdujeron “puntas de juncias en el pene” para que confesara haber participado en el doble homicidio
Carmelino González López fue sacado en calzoncillos de su casa, y a su hijo José, por poner resistencia, le colocaron una pistola en la frente
—¿Sabes tocar guitarra? —le preguntaron
—No
—Que lástima Porque queremos que nos toques algo mientras violamos a tu mujer
Los hermanos Fausto y Erasmo González Hernández fueron sacados arrastrados de sus casas, ante los llantos y súplicas de sus familiares
Todos fueron conducidos al paraje donde estaban los restos calcinados Ahí continuaron las torturas y los simulacros de fusilamiento
Trece de ellos fueron arrestados la madrugada del lunes 29: Manuel Pérez Díaz, Rafel Heredia López, Agustín Heredia Jiménez, Julio Pérez Diaz, Manuel Hernández González, Ciro Gómez López, Hermelindo Hernández González, Erasmo González Hernández, Fausto González Hernández, Marcelino Chilón, Porfirio González, Lorenzo y Carmelino González López
A unos se les llevó a la XXXI Zona Militar y a otros a la antigua cárcel de La Merced En ambos sitios la tortura continuó
Según un boletín militar de ese mismo día, la mayoría de ellos se declararon “confesos” de haber participado en los asesinatos, pese a que aún no habían atestiguado ante el agente del Ministerio Público, al que fueron llevados al día siguiente
Pero por falta de pruebas, el miércoles 31 fueron puestos en libertad
Sin embargo, la Procuraduría de Justicia del Estado dejó abierta la averiguación por homicidio, e inició otra por los delitos contra la ecología que provocó el aserradero clandestino
Fue aquí cuando intervino en su defensa el Centro “Bartolomé de las Casas”, el cual —a través de la averiguación previa AL40/451/993— demandó al ejército y a la Policía Judicial del Estado por haber arrestado arbitrariamente a los indígenas tzotziles Y acusó a ambas instancias de tortura, robo y saqueo
Pablo Romo, secretario ejecutivo del Centro “Bartolomé de las Casas”, duda que los tzotziles hayan cometido el crimen:
“Los indígenas no matan con esa saña, y menos a gente desconocida Cuando se matan entre ellos, lo hacen generalmente a machetazos Además, resulta extraño que un militar use su uniforme en día franco, como lo usó uno de los asesinados Según un testimonio asentado en actas ministeriales, los dos oficiales conversaron con el conductor de una camioneta blanca poco antes de ser asesinados ¿Quién era ese desconocido? En fin, ya desconfiamos de las autoridades judiciales y militares a raíz de toda la ola de asesinatos impunes que han perpetrado en Chiapas”
—¿Supone entonces que los indígenas son inocentes?
—A nosotros no nos corresponde señalar su inocencia o culpabilidad Eso lo decidirá el juez Nosotros sólo intervenimos para evitar que se sigan violando sus garantías individuales
El religioso dominico, de 31 años y cuya barba enmarca su semblante ascético, aventura:
“Los acusan también de operar un aserradero clandestino No lo creo En los altos de Chiapas hay alrededor de 25,000 indígenas que se dedican a la tala de árboles Pero es el llamado `corte hormiga’; cortan árboles para fabricarse enseres domésticos, como sillas o mesas O para proveerse de carbón El ejército quiere aprovechar los asesinatos para dar un escarmiento a los campesinos de la zona e impedir que sigan cortando madera”
Enfundado en su uniforme verde olivo, Godínez lo desmiente:
“El clero no empezó a protestar hasta que descubrimos los cadáveres y se hicieron las detenciones Durante los ocho días de búsqueda no dijo nada, sencillamente porque no cometimos ningún atropello Y no pudimos cometerlo porque en un principio sólo los dabamos por extraviados Le puedo asegurar que entre los 13 detenidos están los asesinos Hay gente que los está acusando Lo único que le pedimos al clero es que no entorpezca la investigación de las autoridades judicia<%0>les para dar con los responsables”
—¿De qué manera la entorpece?
—Calumniando al ejército Acusando también a la policía de violar los derechos humanos Durante las declaraciones de los detenidos, no los dejaron hablar Les pidieron intérpretes dizque porque no sabían hablar español, siendo que lo dominan perfectamente bien Afuera de las oficinas del Ministerio Público juntaron como a unas 300 a gentes que protestaron en contra nuestra ¿Es mucho pedirles que dejen continuar la investigación?
Mientras tanto, en muchas calles de esta ciudad se leen pintas en las que se acusa a Samuel Ruiz de proteger a los asesinos “Obispo cómplice”, dice la mayoría de ellas
—Alguien está orquestando una campaña en nuestra contra No sabemos quién —concluye Pablo Romo