Deuda: agonía sin fin

Deuda: agonía sin fin
Jorge G Castañeda
WASHINGTON- Gracias al acuerdo en principio —firmado al cuarto para las doce— la semana pasada, con la banca internacional, ha concluido una etapa más de la agonía sin fin que representa para el país la deuda externa y su sempiterna renegociación Huelga decir que no se trata de la última etapa: ésta se aleja cada vez más, casi se pierde en el horizonte de los pagos infinitos y de las concesiones sin límite
Si dejamos a un lado la retórica del gobierno y vemos con rigor el acuerdo celebrado en Washington entre los negociadores mexicanos y el comité bancario en nombre de los más de 500 bancos acreedores, la conclusión que se impone por su propio peso es la siguiente
A cambio de ciertas concesiones cosméticas y de un mínima reducción en la tasa diferencial que cobran los bancos como ganancia de ellos, México accedió a mantenerse dentro de la más estricta ortodoxia financiera en materia de deuda externa Y en el fondo, se armó todo el escándalo desde febrero hasta ahora, pasando por las amenazas de pagar en pesos o pagar en dólares en cuentas congeladas, hasta la propuesta de tres puntos de fines de agosto, esencialmente para volver abrir la llave de la manguera crediticia: logramos, contra viento y marea —lo digo en serio— que nos volvieran a prestar, pero no logramos que nos cobraran menos por lo que ya debemos, ni que pagáramos menos bajo cualquier forma
Olvidados quedaron los planteamientos del 21 de febrero sobre la corresponsabilidad de los acreedores y la imposibilidad de seguir transfiriendo recursos netos al exterior y el alivio significativo en la carga de intereses Se retiraron de la mesa las propuestas mexicanas, presentadas formalmente, por escrito, hace apenas cinco semanas, exigiendo una capitalización parcial de los intereses sobre la deuda anterior de 42,700 millones de dólares, la eliminación total de la tasa diferencial y la entrega del nuevo financiamiento por 6,000 millones de dólares por medio de la emisión de un cupón cero que permitiría reducir los intereses que pagarían sobre esta nueva deuda
La única forma seria de examinar lo que se obtuvo y lo que se concedió es cotejando los resultados del acuerdo con las exigencias anteriores de nuestros negociadores y con los números reales de pagos antes y después del acuerdo del 30 de septiembre En cuanto al primer criterio comparativo, es inevitable concluir que México cedió mucho más que la banca En primer término, no obtuvimos nada que siquiera remotamente se asemejara al tipo de alivio en materia de intereses que buscábamos Tomando como referencia un documento oficial del gobierno de México —la propuesta entregada al comité asesor a final de agosto, que en efecto, como dijimos aquí, no debía ser considerada al pie de la letra, sino más bien como táctica de negociación, pero que de todos modos es indicativa— el alivio en el pago de intereses significa algo así como 1,000 y 2,000 millones de dólares de reducción al año
En segundo lugar, la vinculación de los intereses, o del financiamiento, al precio del petróleo simplemente se esfumó: no quedó nada Habría quien dirá que el fondo de contingencia de 1,700 millones de dólares, al quedar ligado al crecimiento de la economía mexicana y al depender aquel en gran medida del gasto público y al ser este último una función ante todo del precio del petróleo, sí está, aunque muy indirectamente, vinculado al precio del crudo
Aunque este esquema alambicado fuera cierto —y en honor a la verdad lo es en parte— resulta igualmente cierto que es sumamente improbable que vuelva a producirse un nuevo “shock” petrolero Por una sencilla razón: está ya tan deprimido el precio actual, que, sin ser imposible una nueva caída, pocos la esperan Había que haber conseguido un seguro contra el desplome del crudo antes del desplome, no después
Por último, en lo relativo al capítulo conceptual del acuerdo, no tiene sentido plantear como gran triunfo de México haber conseguido 20 años de plazo y siete de gracia para pagar los 42,700 millones de dólares de deuda contratada antes de 1982 Por un motivo de sobra conocido: el gran problema de nuestra deuda externa no es pago del capital o la amortización del principal, sino el pago de los intereses Todo el mundo ha sabido, por lo menos desde mediados de 1982, que la parte principal de la deuda mexicana jamás sería reembolsada
A los bancos esto no les preocupa en exceso, aunque por supuesto preferirían recuperar su dinero a no recuperarlo El hecho de que igual había que renegociar el acuerdo de reestructuración multi-anual (myra) celebrado en 1985, porque según sus términos en 1987 ya había que comenzar a pagar capital, no implica que alguien pensara en 1985 que al agotarse el período de gracia México efectivamente empezaría a amortizar Volver a celebrar un buen acuerdo en lo que no cuenta —el capital— a cambio de conceder mucho en lo que sí cuenta —los intereses— no es precisamente una gloria nacional Pasar de catorce años de plazo ficticio a 20 años de plazo ficticio no está mal: es un buen triunfo ficticio
Ahora bien, en lo tocante a los números reales, duele tener que afirmar que funcionarios tan competentes, honestos y rigurosos como Francisco Suárez Dávila, por lo menos en su primera entrevista televisada con Abraham Zabludovsky, el martes 30 de septiembre en la noche, no fueron del todo precisos en los cálculos Según Suárez, la rebaja en la tasa diferencial sobre la deuda “vieja” de uno y un octavo ó 120 puntos a 13/16 ó 80 de punto representa un ahorro anual de 300 millones de dólares, o sea, sobre los 20 años de plazo de la deuda, 6,000 millones de dólares Siendo esa la cantidad nueva contratada ahora, estamos a mano: nos dan 6,000 millones por un lado, nos ahorramos 6,000 millones por el otro, todo queda igual Más allá de la farsa ingenuidad que encierra esto (los 6,000 millones que nos dan ahora no son gratis: hay que pagar intereses desde 1988 sobre el total de los 6,000 millones, al son —con la tasa líbor actual— de 480 millones de dólares anuales), hay demasiada acrobacia en los números
México se ahorraría 300 millones de dólares al año si —y este es el meollo del asunto— y sólo si la reducción de 40 en la tasa diferencial se aplicara al total de nuestra deuda actual de 75,000 millones de dólares con la banca privada (75,000 millones multiplicados por cuatro de uno por ciento / 300 millones) Incluso si se aplica la reducción —no se debe, pero todo se puede intentar— al total de los que deberemos a finales de 1987, a saber aproximadamente, 107,000 millones de dólares, el ahorro es aún mayor: casi 430 millones de dólares al año Pero no es el caso: la reducción se aplica únicamente a los 42,700 millones de dólares en cuestión, y el ahorro, entonces, a penas supera los 130 millones: 136 millones, para ser precisos
El cálculo que hizo el Wall Street Journal es muy sencillo, en 1987, con el viejo diferencial de 1 1/8, México hubiera pagado, por concepto de diferencial sobre los 42,700 millones de deuda, 4916 millones de intereses Obviamente, este no es el total: recuérdese que pagamos líbor (hoy 7%) más el diferencial Con la nueva tasa de 13/16 pagaremos el año entrante 355 millones de diferencial, además de la tasa líbor; es decir, 136 millones menos Este año será un poco menos debido a la baja en las tasas de interés Sobre 20 años, que nunca llegarán, porque dentro de uno o dos o tres años habrá que volver a comenzar todo el ejercicio, el ahorro total suma 2,700 millones de dólares En 1985 México desembolsó 9,900 millones de dólares por concepto de pago de intereses Si durante 20 años pagáramos lo que pagaremos este año de intereses entregaríamos algo así como 160,000 millones de dólares Pero eso sí: nos ahorraríamos 2,700, es decir, 17%
Por donde se le busque, la negociación quedó dentro de los parámetros tradicionales Sí nos prestaron más, pero no pagaremos realmente menos, y, sobre todo, seguimos endeudándonos para pagar los intereses sobre lo que ya debemos Aceptando que tanto este año como en 1987 entren al país algo así como 5,000 millones de dinero fresco (que suman 10 y no 12, porque es dudoso que los 12,000 millones pactados se puedan desembolsar en su totalidad tan rápido), es preciso recordar, que en intereses pagaremos, como mínimo, 8,000 millones de dólares en 1986 y otra vez en 1987 O, sea, que seguimos con una transferencia neta de recursos de más de dos o casi 3,000 millones de dólares por concepto de deuda
La pregunta que no es posible no formular, en la que todos tenemos que meditar y que no tiene caso escamotear, salta a la vista Dados los ataques, arteros de los que ha sido —y seguirá siendo— víctima el gobierno, sus integrantes, sus instituciones, su aparato de seguridad y más que eso, el propio Presidente de la República, desde los Estados Unidos, en lo tocante al narcotráfico ¿Era factible obtener mejores condiciones en materia de deuda externa? ¿Se le puede pedir más a un gobierno tan golpeado? ¿Tenemos conciencia de las consecuencias de una acción unilateral de México en lo de la deuda, bajo estas condiciones? ¿Qué tan explícito fue el señor Edward Yoe durante sus reuniones tanto en Washington como en México con altos funcionarios mexicanos, tanto ahora como durante el verano, sobre las represalias norteamericanas en caso de una suspensión de pagos? ¿Existe alguna relación entre la campaña contra el gobierno de México en el asunto de narcotráfico y la deuda externa? Estas son las preguntas sin respuestas a las que todos —gobierno críticos y país— tendremos que encontrar contestación en los años que vienen