Cuatro años de política de crecimiento a ultranza

Cuatro años de política de crecimiento a ultranza
La salida de Ibarra, consumación de la quiebra del desarrollismo
Carlos Ramírez
Por encima de susceptibilidades políticas, sin elecciones ni Presidente electo, en medio de un vacío de política económica, ante una evidente debilidad del Estado y del gobierno para controlar la economía, sumido el país en una verdadera emergencia económica y frente a una sensible desaceleración del crecimiento, el Presidente José López Portillo aceptó la renuncia de David Ibarra Muñoz, jubiló a Gustavo Romero Kolbeck y adelantó la transición gubernamental, al colocar el puente para que se asumieran medidas de largo plazo con equipo del próximo gobierno
Veinte días después del retiro del Banco de México del mercado de cambios, Ibarra Muñoz era la imagen viva de la economía nacional; en 1978 dijo a los banqueros: “debemos prepararnos, desde ahora, a la prosperidad que nos espera”; hacia fines de febrero de 1982, la política económica la hacia pública Francisco Galindo Ochoa y no el secretario de Hacienda La caída del peso, las medidas posdevaluatorias —subsidios, absorción de pérdidas de la iniciativa privada vía fisco— y las renuncias se daban en un contexto de confusión e incertidumbre, sin que alguien se preocupara —en el gobierno del derecho a la información— por explicarle al país lo que ocurría
Los días felices del país y de Ibarra Muñoz habían pasado Intolerante con la crítica y consecuente con el sector privado, política económica y responsable directo de ella vivieron una fugaz temporada de excusas Ibarra Muñoz llegó al gobierno con una bien ganada aureola de técnico formado en la escuela de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina) Agudo economista, el hoy exsecretario de Hacienda fue, sin embargo, un duro funcionario: llevó el barco, como eficaz timonel, a donde le dijeron, por encima de llamadas de atención de sectores sociales y políticos Si su formación teórica se dio en la corriente estructuralista, su gestión al frente de la Secretaría de Hacienda estuvo plagada de medidas monetaristas y de políticas justificatorias de injusticias y desequilibrios
Los años de Ibarra Muñoz —1978-82, centrales en la gestión gubernamental del Presidente López Portillo— fueron los de una particular estrategia económica: crecer a toda costa, pero con base en el petróleo y no en las riquezas de los pocos que se llevaron mucho en el boom petrolero, aún a costa de inflación y de los niveles de vida de las mayorías nacionales
Fueron, también, tiempos de posposiciones: sumidos en la euforia petrolera, se hicieron cálculos hasta para lograr superávit en la cuenta corriente de la balanza de pagos —clave de la devaluación de 1982—, al tiempo que se retrasaron demandas de justicia social como la reforma fiscal para distribuir la riqueza, reforma monetaria para tener fuentes sanas de financiamiento, política antiinflacionaria para evitar impactos sociales y reformas a los subsidios al sector privado para no acrecentar las riquezas privadas
“Es el neodesarrollismo, el neoalemanismo”, le dijo en 1980 el diputado Arturo Salcido Beltrán Ibarra Muñoz no se dio por aludido Ya desde la comparecencia de noviembre de 1979, ante la primera Cámara de Diputados de la reforma política, el entonces secretario de Hacienda disminuyó el efecto de criticas y cuestionamientos sobre la calidad de la recuperación económica, calificándolas de dardos ideológicos y no de preocupaciones nacionales Su creencia era en la economía como ciencia pura y el desarrollo de un país estaba al margen de compromisos históricos o enfoques ideológicos Era, pues, el neodesarrollismo que llevó al país a un formidable crecimiento económico, que no distribuyó la riqueza pero si ayudó a concentrar más agudamente el ingreso En la Cámara, ante un secretario de Estado refractario a las críticas, se revivió el concepto de los dos Méxicos, el petrolero y rico al lado del marginado y pobre, el país de la desigualdad
Los años de Ibarra Muñoz fueron signados por características especiales:
1978: promoción de la banca múltiple, los oligopolios y los impulsos al sector privado para producir, ante los topes salariales
1979: adecuaciones fiscales que se quisieron vender como reforma fiscal; el capital seguiría intocable
1980: Impuesto al Valor Agregado, carga fiscal sobre el consumo, de origen injusto e inflacionario
1981: reciclaje inflacionario que afectó los ingresos y niveles de vida de las mayorías
1982: devaluación monetaria como síntesis y consecuencia del fracaso de la política económica
Ibarra Muñoz tuvo una doble presencia,llevada a contrapelo para justificar la política económica del Presidente de la República Por un lado, su lenguaje abierto, mesurado, conciliador y triunfalista ante los capitanes de la banca y del sector privado, en las cuatro convenciones bancarias a las que le tocó asistir, de 1978 a 1981 En sus discursos, el secretario de Hacienda destacó la estrategia de la Alianza para la Producción, sustentada en un pacto social que —el propio Ibarra Muñoz lo tuvo que reconocer— pedía sacrificios y moderaciones a los trabajadores, a fin de que los empresarios encontraran atractivas las utilidades para invertir
Pero ante los críticos, en la Cámara de Diputados, Ibarra Muñoz utilizó un lenguaje ácido, duro, irritante, poco paciente Los cuestionamientos eran desautorizados por el solo hecho de venir de la izquierda o de sectores críticos independientes Con un manejo impecable de cifras aunque con enfoques poco convincentes, el exfuncionario defendía la política del Presidente hasta con regaños y burlas, además de otras intolerancias Ante las preguntas y dudas, llegó a esconder información, tergiversar datos y ocultar realidades para no otorgar cierto grado de razón a los legisladores de la oposición y a algunos del PRI que querían saber por qué la política económica lograba altas cifras de crecimiento, pero a costa del sacrificio de los asalariados, de los desequilibrios del país, de las finanzas —deuda externa y déficit fiscal— nacionales y del enriquecimiento empresarial
En la convención bancaria de 1981, cuando se sentían presiones especulativas sobre el peso, Ibarra Muñoz tuvo los primeros problemas Dijo que “la banca es un servicio público que como tal ha de estar comprometido con los mejores intereses nacionales” Meses después, el secretario de Hacienda no supo quiénes habían sacado del país alrededor de 5,000 millones de dólares, para presionar una precipitación del peso La investigación de esa fuga fue encargada a Gustavo Carvajal Moreno, secretario de la Reforma Agraria, y se supo que los banqueros habían sido los culpables
De hecho, la política económica de López Portillo, manejada desde Hacienda por Ibarra Muñoz, no fue sólida Inflación, fisco, crédito y financiamiento estatal, subsidios y relaciones con el sector privado fueron, simultáneamente, tolerantes y justificatorias Con tal de crecer, el fisco afectó al consumo y al trabajo, y no al capital; la inflación se disparó hasta promedios de 25%; el crédito interno se encareció, la deuda externa se “brasilizó”, el déficit gubernamental se dislocó, los subsidios a empresarios se multiplicaron y el sector privado fue consentido para que invirtiera
Y, efectivamente, se creció hasta lograr, en 1979, una tasa de 9%, pero lo malo del asunto fue que la política económica no pudo distribuir equitativamente esa riqueza Si el Plan Global de Desarrollo estableció que la riqueza creada se distribuiría a través del mecanismo múltiple salarios-precios-utilidades-fisco, la realidad de las cifras y de los resultados no pudo concretar esos propósitos: las utilidades promedio fueron —cifras de la SPP— de entre 80 y 200% anual, los salarios aumentaron 22% promedio cada año y el fisco no desgravó los salarios bajos, sino que los adecuó a la tasa inflacionaria El costo del crecimiento, en suma, se reflejó en una caída de aproximadamente 30% del salario real en cinco años
Lo anterior no fue cosa de un año, sino de tres; las comparecencias del funcionario en la Cámara de Diputados fueron, al final, un juego de estira y afloja, dos lenguajes distintos, uno en busca de explicaciones y el otro a la caza de justificaciones Las definiciones de Ibarra Muñoz lo llevaron, en noviembre de 1980, a señalar que el desarrollo equilibrado es, a fin de cuentas, “una noción romántica” Sus intercambios de puntos de vista con la oposición parlamentaria aumentaron hasta el grado que en 1981 no respondió preguntas sino dijo lo que quería decir y no lo que le preguntaron
Si el fisco no pudo remontar su carácter injusto —propició la concentración de la riqueza en pocas manos, afectó el consumo nacional y no tocó las riquezas que se acrecentaron en el boom—, la política financiera tampoco pudo sanearse La deuda externa llegó, a finales de 1981, a 60,000 millones de dólares, el país pagó el año pasado 12,000 millones de dólares de intereses y servicio de deuda, además de que para 1982 necesitará más de 18000 millones de dólares para financiar el desarrollo El presupuesto federal de 1972 es la muestra de la limitación de la política hacendaria: una tercera parte del presupuesto se financiará con préstamos, en tanto que el fisco apenas aportará otra tercera parte
La agencia Latin-Reuters informó la semana pasada que México necesitará, en 1982 cerca de 30,000 millones de dólares para pagar intereses y financiar su déficit gubernamental La banca inglesa considera que los intereses serán altos Un cálculo conservador de la agencia señala que el pago de intereses por la deuda representa este año el valor del 80% de las exportaciones petroleras Es la cuenta que hay que pagar —que el país tiene que cargar por una errónea política de financiamiento del sector público
El deterioro se observaba, de hecho, a fines de 1977 Pero paralelamente a la agudización de conflictos, desequilibrios y desigualdades, el lenguaje oficial era crecientemente alentador:
1979: ante los primeros signos de la crisis dentro de la prosperidad —o la riqueza para pocos—, Ibarra Muñoz le dijo a Carlos Sánchez Cárdenas: “el país, señor, pese a todo, progresa, aunque a veces la palabra nos choca, pero la evidencia la estamos viviendo todos nosotros”
1980: ante el temor y la denuncia de todos los partidos de que el crecimiento económico en el sexenio expandía y fortalecía a los grupos privados comerciales, industriales y financieros, el entonces secretario de Hacienda habló de miedos bucólicos y declaró que las empresas grandes eran claves en el modelo de desarrollo de López Portillo
1981: ante la crisis, ya inocultable —deuda, inflación, déficit en la balanza de pagos, deslizamiento del peso, concentración de la riqueza en las pocas manos de siempre, además de serios desajustes estructurales que advertían la caída del peso de tres meses después—, Ibarra Muñoz dijo que la economía mexicana era “intrinsecamente sana” y con “excelentes perspectivas a mediano y largo plazos”
En la comparecencia de 1981 fue el acabose Ante las impugnaciones de la oposición comunista y la denuncia de que no les entregaron con anticipación el texto del funcionario, Ibarra Muñoz fue igualmente prepotente: olvidándose de que la obligación de informar era del secretario de Estado, alegó que no tuvo con anticipación la pregunta y comentarios de Gerardo Unzueta y por tanto no respondió
No obstante las llamadas de atención, el proyecto económico siguió adelante y llegó hasta donde pudo llegar: no pasó más allá del 17 de febrero de 1982 A partir de esa fecha, la crisis se manifestó con sus características parciales: enriqueció a los especuladores y depauperó a las mayorías La devaluación sintetizó la fragilidad de la política económica de López Portillo, bajo la responsabilidad de Ibarra Muñoz Fue la crisis anunciada por sindicatos, partidos, oposición, críticos y comentaristas
En noviembre de 1981, el Congreso del Trabajo presentó un contrainforme económico al país de Ibarra Muñoz: caída del salario real, del nivel de vida de los trabajadores y del poder adquisitivo de los ingresos; concentración de la riqueza: abandono del campo; inflación creciente, disminución del salario en el producto, para beneficio del capital; 45% de desocupación y subocupación; la vivienda es insuficiente, el transporte resulta insuficiente, la oferta de productos básicos es inflacionaria y cara Coincidentemente con la comparecencia de Ibarra Muñoz, el CT dio su visión del país El funcionario dijo a Gerardo Unzueta, que manejó criterios, enfoques y conclusiones similares a las del CT:
” no veo cómo usted puede afirmar que el empleo se deteriora, que la distribución del ingreso sufre un proceso semejante Nunca antes del empleo había crecido tanto Nunca antes la incorporación de los marginados a la vida moderna del país había sido tan intensa, seguramente vemos datos distintos o hablamos de paises diferentes”
Al final, el país fue el mismo Lo que cambió fue la visión del país y de la realidad de sus problemas Esto se evidenció con la devaluación del peso; todos los problemas reiteradamente señalados durante los años anteriores estallaron simultáneamente, además de que los consentidos del régimen los empresarios, contribuyeron con la especulación a derrumbar la moneda mexicana El retiro del Banco de México del mercado es una de las prácticas recomendadas por el Fondo Monetario Internacional De acuerdo con versiones de funcionarios y economistas, Ibarra Muñoz había sugerido devaluar la moneda en 30% en enero La baja fue en febrero y el peso perdió más del 60% su valor
Hubo, al final, tres devaluaciones: la del peso, la aceptada de si mismo por el Presidente de la República y la de Ibarra Muñoz El problema que debaten los especialistas y los sectores sociales y políticos con la necesidad de redefinir una nueva política económica, pues —dice Jaime Alejo, investigador y economista— la devaluación era una necesidad, pero, lamentablemente, con la devaluación no se podía obtener —la política económica seguiría siendo la misma— mucho La tragedia del peso fue la tragedia de la política económica y de Ibarra Muñoz El relevo del secretario de Hacienda se dio en medio de un vacio de política económica, al día siguiente de que el Presidente de la República pidió la solidaridad empresarial no por él sino por el país