COMO UNA OLA DE FUERZA Y LUZ IV
José Antonio Alcaraz
Al planteo, por escrito, de una lectora: “¿Qué es para usted la música?”, respondo al intentar aproximarme a una definición, utilizando para ello lo expuesto en un texto anterior que llamé “Todas las músicas: la música”:
La música de concierto es una de las manifestaciones más ricas y complejas del arte y cultura occidentales; su diversidad —incluso contradictoria con frecuencia— ha obedecido, entre otros, a múltiples factores de índole histórica, estética, social, religiosa, nacional y/o política
En una definición ya célebre, Pierre Boulez (1925) —uno de los compositores más importantes de este siglo— ha encuadrado el ejercicio de la música en una actividad triple: “arte, ciencia y artesanado” Para intentar hacer más completo este concepto tan certero y darle mayor intensidad, podría añadirse: “Vehículo posible de canalización para entidades emotivas”
Este último aspecto suele ser el más tenido en cuenta y con mayor fervor consumido por el auditorio, susceptible de perder así —ni flores, ni coronas— parte de las múltiples posibilidades de aprehensión que ofrece por y en sí misma la música de concierto
Uno de los más grandes e importantes hallazgos de la música de concierto residiría en su capacidad para enunciar simultáneamente varias entidades sonoras Esta es precisamente una de sus más estimulantes opciones y características: al ocurrir en ella múltiples acontecimientos coexistentes con frecuencia no complementarios, el oyente estará en posibilidad de consumirlos sincrónicamente en una forma a la vez sintética y analítica, no centrado en una línea única, sino en las convergencias y divergencias, así como en las tensiones y relajamientos que se producen entre los distintos planos de un contexto a la vez polivalente e impar, dentro de un claro juego dialéctico No hay dos sonatas iguales; no hay dos sinfonías iguales
La música de concierto es el producto del trabajo —arte, ciencia, artesanado y expresividad— de una serie de individuos capaces de percibir cuanto reside en el ser humano: la suma de cualidades y defectos que es la base misma de su naturaleza Las revoluciones que se han operado en ella una y otra vez, lo mismo a nivel de lenguaje como de oficio o poética, no hacen sino confirmar su carácter manifiesto de actividad antropomórfica por excelencia
Por lo tanto, contra lo que mucho se ha repetido, se hace necesario declarar que vanguardia y tradición no están reñidas: son fases diversas de un desarrollo evolutivo Y, si se quiere, puede encontrarse cierta semejanza entre estas mutaciones radicales con la multiplicidad de fuentes sonoras y géneros musicales Estos últimos han surgido, en ocasiones, del encuentro con otras artes: baste citar la ópera, nacida de la capacidad de fusión entre actividades dramáticas y musicales, o bien el ballet, de su incidencia con la danza
De esta manera, la música de concierto tiene una serie de conductas duales: concreta e inconcreta, despierta lo oculto e ignorado a la vez que hace un llamado a la inteligencia, una de sus fuentes primordiales La actividad de sus creadores lucha, en consecuencia, por una parte contra el terror de la página en blanco y por la otra a favor del descubrimiento del propio yo, o bien, en términos de Clarice Lispector; de “el otro que se es”
Fijando un tanto arbitrariamente los extremos: del canto gregoriano a la música electrónica hay un trayecto múltiple y unitario, desgarrado muchas veces por luchas internas, así como varias soluciones posibles —todas válidas, de una manera u otra—; en tal itinerario son decisivos por igual saber, intuición, técnica, experimentación, equilibrio, emotividad, tanteo o estupefacción; la destreza, el equívoco, la emoción y el deseo: exactamente como en el ser humano








