Las luces del amanecer se filtraban con desidia en esa mañana helada en la que el individuo de color se encontraba sin fuerzas para levantarse. Quería quedarse tirado en cama permitiendo que las alucinaciones lo acompañaran o, en todo caso, huir. Huir de sus recuerdos, huir de sus miserias, huir de su pasado y también de su maldito presente. Ya estaba harto de volver el rostro hacia horizontes cerrados que le escupían la falta de oportunidades que le había deparado su negritud. Así como el muro que tenía frente a su ventana que cada año se descarapelaba más, así se le desgajaba el cuerpo por dentro, arrastrando consigo los rescoldos del entusiasmo por vivir. Sabía que si lograba levantarse daría traspiés pero el cúmulo de obligaciones lo envolvería en sus remolinos impidiéndole darse treguas. El ánimo en llagas le exigía reposo.
Hoy debía cumplir 42 años y no hallaba motivos para celebrarlo. Amanecía en un lecho con medio colchón muerto, sintiéndose crucificado por sus frustraciones como músico y sus desengaños como ser humano. Esta vez no había una mujer que le cantara alguna canción acurrucada en su pecho. Tampoco habría abrazos, ni pastel con velas, ni la vocecita de aquella criatura que, de haber sobrevivido, le hubiera dicho “Happy birthday, father”. ¡Qué borrosos estaban los cumpleaños festejados en Sedalia o en Saint Louis! ¡Qué lejano y cuán cercano a la vez el día que celebró su onomástico paseando con su hijita recién nacida en brazos! Se había sentido dichoso como en raras ocasiones; es más, no recordaba haber disfrutado tanta plenitud como en esos días que resultaron tan fugaces. El deceso de la nena se tradujo en una separación ríspida de la madre, quien le recriminaba su falta de arrojo y su poca hombría para reclamar sus derechos. ¡Como si los negros pudieran darse el lujo de alzar la voz! ¿No contaba su padre cómo después de azotarlo lo habían encadenado a un árbol para que los perros se deleitaran con la sangre que manaba de sus heridas, por el simple hecho de haberle reclamado al amo el potaje fétido que le habían servido?
¿No había tenido él mismo que tocar en burdeles para subsistir en esa sociedad que odiaba verse reflejada en la constatación de su racismo? ¿No se había visto obligado a ceder ante el editor de sus composiciones cobrando sólo una centésima parte de esas ventas que, además, le escamoteaban? ¿De qué le había servido su desbordante inspiración melódica y que se le considerase el rey del ragtime, salvo para enriquecer a un puñado de blancos y para divertir a los trasnochados que llegaban a los clubes de mala nota a ahogar sus penas en alcohol? ¿Acaso hubiera podido ser diferente?…
Con el rostro cubierto por las sábanas, el sujeto lanzaba suspiros que resonaban en la recamara como si procedieran de las fauces de un animal cautivo. Su humanidad sufría las convulsiones de la sífilis pero encontraba sosiego llevando las piernas sobre el vientre y entrelazando los brazos sobre el tórax. A través del vidrio roto de la ventana se colaba un chiflón que recubría la habitación con un halo de hostilidad. Desde la chimenea, un par de leños carbonizados atestiguaban la malhadada penuria, mientras que el papel tapiz que se desprendía de los muros vibraba con la ventisca de ese otoño neoyorquino que, como nunca, despedía un olor a mezquindad.
No obstante su malestar, el desolado músico comenzó a tararear una melodía que tiempo atrás se le había ocurrido sin haberla transcrito al pentagrama. El tema melódico había sido parte de una promesa que se había quedado en el vacío; como la mayoría de sus sueños. Lo había concebido durante la agonía de su segunda mujer a la hora de prometerle que si no se dejaba abatir la habría llevado a un lugar paradisiaco para transcurrir una luna de miel inolvidable o, incluso, para compartir el resto de la vida juntos. Su amadísima Freddie había sucumbido semanas después de la boda, recién cumplidos los veinte años de edad, por un catarro que degeneró en neumonía. ¡Qué frágiles eran los pulmones de las personas! Sin embargo, parecía que según la tonalidad de su piel se tornaban más débiles ante las inclemencias del mundo. Aunque, ¿Cómo hubieran podido aguantar más los de su querida consorte, si su propio padre la había acostumbrado a someterlos a la asfixia, cada vez que le tapaba la boca para que sus gemidos no delataran las reiteradas violaciones?
Con el tema melódico inundándole la cabeza el negro atinó a ordenar sus pensamientos. Así había sido siempre: la música lo apartaba de sus congojas y le infundía brios para evadir sus marasmos. Ya no iría esa mañana a las oficinas de los magnates del teatro para intentar persuadirlos de que le financiaran su descabellada idea. Había compuesto una ópera en la que el personaje femenino Treemonisha conjuraba el destino aciago de su raza mediante la educación. (1) Más le valía quedarse en casa en lugar de seguir perdiendo el tiempo en pos de conmover lo inconmovible. ¿No le había bastado su propia experiencia para afirmar que en el sino del afroamericano se conjugaba de manera perversa la indolencia del despojado con la hipocresía del negociante? ¿De veras iban a cambiar las cosas después de la cena en la Casa Blanca entre Roosevelt y el líder negro Booker Washington? Era preferible reírse de la ingenuidad de sus compatriotas y concederse un regalo inaplazable.
Se levantó de la cama tronándose los dedos antes de posar las manos en su destartalado instrumento. El teclado chimuelo no impedía el fluir de sus ensoñaciones; con el oído interno suplía las notas faltantes. Recordó la tonada y se le humedecieron los ojos. Esa pieza había aligerado las horas finales de su añorada compañera. Entre ambos habían imaginado sus largas caminatas por una playa de arena sedosa con ese fondo musical. En sus progresiones armónicas había querido infiltrar la potencia de un sol curativo que incitara al renacimiento. Había llegado el temido momento de pasarla a las pautas. ¡No podía haber mejor remedio para sus angustias que trasladarse en alas de su propia música a esa latitud benévola que tanto anhelaba!
Una vez configurada en su cabeza la composición, se dirigió a su mesa de trabajo. Con pulso firme trazó las claves y el ritmo binario del compás. A medida que los signos aleteaban en el papel, la brisa del mar se apoderaba del entorno y una fila infinita de palmeras poblaba la mente del músico. ¡Cuánto bien le hacia a su espíritu deambular por esa tierra luminosa donde la existencia podía transcurrir sin sobresaltos al amparo de la buena fe de sus honorables ciudadanos! En la partitura anotó el título y garrapateó su firma: “Solace. A Mexican Serenade” (2) by Scott Joplin. (3)
(1)La ópera citada no logró montarse en vida de su autor, alcanzado su primera grabación hasta 1976.
(2) Para escucharla pulse la ventana de audio correspondiente. (John Arpin, piano. Classical Heritage, 1996) Es de agregar que Joplin nunca salió de los Estados Unidos de Norteamérica y que el ritmo de la obra compuesta en 1909 asemeja más al del tango y la habanera, empero, así imaginó que sonaría la música mexicana. La pieza logró fama mundial a mediados de los 70 s gracias a su empleo en la banda sonora del film “El golpe”.
(3) Nacido en Texas alrededor de 1867, Joplin fue el representante más destacado del ragtime, o música a “ritmo de trapo”, que hizo furor en la última década del siglo XIX y la primera del XX. El declive del mismo dio inicio al nacimiento del Jazz. Joplín murió de una parálisis cerebral originada por la sífilis en 1917 en un hospital de Manhattan, N.Y.








