Nadie ha descrito el desgarramiento de la caída de la gran Tenochtitlán como lo hizo Elena Garro en el siglo XX, un texto solamente equiparable a los relatos de los mismos sobrevivientes. Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (1568) y Miguel León-Portilla, compilador de la Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la conquista (1959), registraron ese choque brutal entre dos imperios, dos cosmovisiones similares en algunos aspectos, pero en otros tan distintos.
En “La culpa es de los tlaxcaltecas” (La semana de colores, 1964), Elena Garro no sólo abordó el tema de esa caída, sino que renovó la cuentística en lengua española mediante el manejo del tiempo, la construcción de una narrativa anticonvencional y el rescate de la mitología prehispánica.
La autora conocía la obra de Díaz del Castillo, el soldado de Hernán Cortés, y seguramente leyó las narraciones de los subyugados recogidas por León-Portilla a finales de los años cincuenta. Quizá la combinación de ambas y, sobre todo, la lectura de las segundas, hayan sido un punto revelador en la escritura de su relato.
En “La culpa es de los tlaxcaltecas” Elena Garro rompe cronologías para instaurar atemporalidades. Laura es la dama azteca que no puede soportar la caída de Tenochtitlán, la muerte de sus padres y hermanos, y huye y se transporta al México actual. Su cobardía es traición a la raza y a la historia. Sin embargo, en ella persiste la magnitud de su deslealtad y la conciencia del pasado: “–Yo me enamoré de Pablo en una carretera, durante un minuto en el cual me recordó a alguien conocido, a quien yo no recordaba. Después, a veces, recuperaba aquel instante en el que parecía que iba a convertirse en ese otro al cual se parecía. Pero no era verdad” (Porrúa, 2006, p. 15).
El relato se inicia con la espera de Laura en la cocina de su casa, en el México presente. Ahí retoma con Nachita, la cocinera, sus encuentros con su primo marido. Recuerda la guerra, la derrota inevitable y los celos atroces de Pablo, en espera de que acabe el tiempo, de que llegue el instante verdadero en el que junto con su esposo indio se convertirán en uno solo.
El tiempo es el de la memoria, sin presente, pasado ni futuro, como la carretera en la que Laura se enamoró de Pablo Aldama, y en la que el tiempo se dio la vuelta completa para transformarse en el tiempo mítico; en el tiempo infinito del amor que rebasa conciencias y traiciones, para develarnos el tiempo del destino. Como si se diera una venganza histórica más que humana al presente. El tiempo y el amor son uno solo, dice Laura, y en este trastocamiento temporal, en esta fusión de realidad y fantasía, se entrega la metáfora del amor. Relato de índole amorosa e histórica repleto de sensaciones, de pasados intuidos, donde el lenguaje poético guarda palabras llenas de reminiscencias, de vestigios. Es el reencuentro de dos seres en la dimensión mítica, sin tiempo, paralela a la traición y derrota continuas, intemporales.
En un diálogo con Helena Paz Garro, la poeta me comentó: “Con ‘La culpa es de los tlaxcaltecas’ renace la epopeya azteca. Mi mamá es la primera que lo hace. Después lo hicieron otros pero de una manera muy cursi, o muy unilateral y acartonada. Es la única que recrea, con una intuición extraña, el drama de la caída de la gran Tenochtitlán. Lo hace sin rabia contra los españoles o desprecio contra los indios. Pero los mexicanos modernos no se sienten aztecas, como describe a su marido, el señor Pablo, que había aprendido a ser vencido. Este texto no está sacado de una vivencia. Es una intuición increíble de Elena Garro, porque parece muy real. Uno lo vive. Llora” (Ibid., pp. XII-XV).
Elena Garro formula el regreso a nuestras raíces prehispánicas al anteponer a los valores creados con la conquista, los principios de esa civilización arrasada por la brutalidad de los nuevos habitantes. Propone no olvidar nuestro legado primigenio, sino rescatarlo, revalorarlo y no vivir únicamente bajo los preceptos de la herencia europea; es decir, no olvidar que somos seres mestizos, producto de varias cosmovisiones. Cuando Laura, su alter ego, se marcha con su marido indio, simbólicamente encarna ese volver a nuestras raíces originarias.
A 500 años de la caída de la gran Tenochtitlán, vale la pena leer “La culpa es de los tlaxcaltecas”, pues Elena Garro rescata la mitología de los antiguos mexicanos y la convierte en páginas memorables de la literatura, para que nos contemplemos y reconozcamos en ella








