“Memoria luminosa” en un presente oscuro

Utilizar y reinterpretar la historia con fines políticos no es una estrategia ni original ni exclusiva de la 4T. Apoyarse en imágenes visuales para introyectar los valores simbólico-gubernamentales cuando hay un cambio de régimen, tampoco lo es. Basta revisar la historia del arte para comprobarlo.

Lo que sí es diferente y define la identidad cultural de los gobiernos, es el modelo de producción y comunicación visual de los imaginarios que promueven: la selección de los creadores, la distinción de sus propuestas, la calidad de la aportación estética, el tipo de difusión y la pertinencia del proyecto. Aspectos que en el caso de la narrativa audiovisual Memoria luminosa evidencian la mediocridad de los servicios culturales que ofrece la gestión del presidente Andrés Manuel López Obrador. Esa es su identidad.

Organizada como parte de las conmemoraciones por los “500 años de resistencia indígena” –término que al sustituir el de caída de México-­Tenochtitlan no sólo plantea una reinterpretación de los vencidos, sino que altera la percepción histórica al excluir a los indígenas aliados de los conquistadores que también fueron vencedores–, la narración limita nuestra historia a un ­espectáculo efectista que anestesia el pensamiento sin disimular la pobreza de su propuesta visual.

La comparación con el muralismo mexicano es inevitable. Impulsado en sus inicios por el primer secretario de Educación Pública de la postrevolución, José Vasconcelos, el muralismo construyó visualmente los fundamentos ideológicos y simbólicos del nuevo régimen. Realizado en sus inicios por espléndidos pintores –Jean Charlot, Fernando Leal, Fermín Revueltas, José Clemente Orozco, Roberto Montenegro, Diego Rivera–, el muralismo interpretó críticamente la conquista dignificando la creatividad, fisonomía y cultura indígena. Comprometidos no sólo con sus patrocinadores, sino también con sus vocaciones artísticas, los muralistas crearon una propuesta de diversos lenguajes que no ha dejado de enriquecer al ecosistema artístico mexicano.

Aun cuando se apropia de imágenes de los emblemáticos murales que pintó Diego Rivera en Palacio Nacional entre 1929-1935 y 1951, Memoria luminosa no rebasa la identidad de un espectáculo simplista dirigido a públicos carentes de exigencias culturales. Realizado en tecnología de videomapping, la narrativa consiste en la proyección de animaciones, en su mayoría con formas abstractas en movimiento, sobre una maqueta que pretende reproducir, en sólo 35%, el tamaño original del recinto sagrado del Templo Mayor.

En cuanto a la poca figuración que contiene, la utilización de fragmentos pictóricos de Diego Rivera contrasta con las simplistas resoluciones de los tres Tezcatlipocas que, visualmente, recuerdan a las animaciones japonesas.

Organizada a través de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, Memoria luminosa se impone como un proyecto de la 4T oscuro, opaco y separatista. Reticentes a informar sobre el costo de la maqueta debido a que fue producida por la empresa de entretenimientos OCESA bajo un modelo de “condición de impuestos”, la secretaría tampoco ha dado a conocer las firmas que produjeron tanto el guion como la creación digital.

Dividida en tres etapas que corresponden al origen mítico, tránsito histórico y final de Tenochtitlan, la proyección termina, paradójicamente, con una secuencia de rostros mestizos, mientras una voz afirma que continúa la resistencia cultural y que los indígenas son rostro y corazón de México. Para mí, como mexicana, el mestizaje no ha sido resistencia y, a pesar de la 4T, me considero también rostro y corazón de mi país

(https://www.youtube.com/watch?v=J6csyFPP7J0).