Si bien por su novedad y gran impacto estético las experiencias inmersivas cautivan a los espectadores exaltando su sensibilidad y anestesiando su pensamiento… no es lo mismo una propuesta de arte inmersivo que un espectáculo con tecnología inmersiva.
Las experiencias que se presentan actualmente en la Ciudad de México reinterpretando obras y entornos de artistas tan morbosamente famosos como Vincent Van Gogh y Frida Kahlo no son arte, sólo son un espectáculo que utiliza digitalmente imágenes de obras pictóricas, poéticas y entornos de dos artistas turísticamente muy populares.
A diferencia de estas experiencias que con tanta facilidad sacuden las emociones de los espectadores, el arte inmersivo se conecta con todo su ser abarcando pensamiento, sensibilidad y contemplación. Estructurado a partir de temáticas que son relevantes para la humanidad, el arte inmersivo concientiza sin preguntar, propone sin responder y emociona sin estrujar.
Sobresalientes en esta nueva disciplina del arte, el teamLab de Tokio destaca por su vocación, concepto y poética inmersiva. Dedicado desde 2001 a “explorar nuevas relaciones entre la gente y el mundo a través de la investigación de nuevas relaciones entre el arte digital y las personas”, el teamLab ha mantenido el fundamento de que “la expresión puede liberarse de la materia física, y la transformación puede convertirse en el sujeto de la expresión”.
Y exactamente esa es su propuesta artística: sin materiales físicos que estructuren las imágenes, y con proyecciones de elementos y formas naturales de vegetales y animales que se transforman a través de suaves movimientos repletos de luz, color y sonidos. En sus inmersiones, la única figura humana es el espectador, al cual se obliga a transitar despacio, entre pisos, techos y paredes intervenidos con composiciones en constante transformación.
En su propuesta el arte, la ciencia y la tecnología se fusionan a través de numerosos profesionistas como artistas, matemáticos, ingenieros, animadores, programadores y arquitectos que trascienden la racionalidad de sus disciplinas, atreviéndose a incursionar en territorios que rozan la espiritualidad.
En 2018 se abrió el considerado primer museo de arte inmersivo: el Mori Building Digital Art Museum –conocido como teamLab Borderless–, en Odaiba, Tokio. Además de los distintos proyectos que presentan en ese recinto, en 2020 intervinieron la naturaleza de parques japoneses evidenciando que todos los seres vivos estamos conectados: al tocar un árbol, se pintaba lumínicamente de un color que se reproducía en otros árboles.
Y también, a diferencia de los espectáculos como el de Frida inmersiva que utiliza la tecnología para pintar digitalmente y sin sentido brochazos en la pared, en este museo la zona didáctica se concentra en evidenciar las conexiones de los seres humanos con el universo pintando también digitalmente. Con una excelente información, su página hace un recorrido minucioso por toda su trayectoria: https://www.teamlab.art/es/art/.
Otro proyecto recientemente inaugurado es la intervención del danés Jakob Kusk Stensen en la famosa discoteca tecno Berghain de Berlín. Convertida desde este mes de agosto en un centro de arte, sus espacios contienen imágenes un tanto distópicas de los pantanos que configuraban hace cientos de años el medioambiente de la ciudad de Berlín.
Y por último Miami, con su también recientemente inaugurado centro de arte inmersivo Superblue, en donde teamLab introduce al espectador en un entorno repleto de nubes.
Mientras esto sucede, en la Ciudad de México nos asombramos con la vulgaridad de espectáculos inmersivo-comerciales.








