Desde hace unas semanas el sur de la Ciudad de México alberga una obra a propósito de los 500 años de la caída de la gran México-Tenochtitlan, un mural de 43 metros cuadrados que destaca el legado de la medicina prehispánica, la herbolaria y hasta un suceso que quedará plasmado para la posteridad, el virus del covid-19.
Miembro del Salón de la Plástica Mexicana, discípulo de los artistas Raúl Anguiano, Daniel Manrique y la crítica de arte Berta Taracena, el autor Alejandro Caballero enseñó a Proceso su más reciente creación: Visiones del Anáhuac.
La obra figurativa, realizada en la tónica de la llamada Escuela Mexicana, con técnica de pintura acrílica sobre lona de algodón y mosaico, se ubica en Retorno 10, a la altura de Calzada de la Virgen y Miramontes, en la colonia Avante, en lo que será en breve la clínica Bio Ciencias de la Vida para la Salud Física y Mental, dirigida por el médico Jorge Ocampo.
Visiones del Anáhuac está dividido en tres secciones:
En la parte central, hacia el hemisferio izquierdo se despliega la imagen de Tenochtitlan, y rememora la migración hacia el Valle del Anáhuac desde Aztlán con el mítico símbolo de la fundación. Se aprecian asimismo los cerros del Ajusco y del hoy llamado de la Estrella, en Iztapalapa, en cuya cima se celebraba la ceremonia del Fuego Nuevo”, la Piedra del Sol y una cabeza olmeca en homenaje a la cultura madre.
Por encima de ella, el dios Ixtitlón, dios de la medicina, cuyo cetro frontal es como un faro que irradia luz sobre una escena de sanación ancestral. Y una curandera mexica rodeada de sus utensilios y hierbas, como gordolobo, manzanilla, peyote, marihuana y amapola.
La curandera aplica cataplasmas en los tobillos de una enferma recostada que tiene entre sus piernas un perro xoloizcuintle, pues se creía que el animal poseía propiedades tonificantes (al irradiar un calor peculiar) para reducir el dolor en las plantas de los pies y reumas. También un guajolote en la cabecera, como un elemento sensible a los presagios de muerte.
En la sección superior se despliega la figura cósmica de la serpiente emplumada, Quetzalcóatl, que se enfrenta a un dragón chino, y en medio la figura de un virus en alusión a covid-19. Hacia la parte baja, una gran cabeza del jaguar en su advocación de Tezcatlipoca, la deidad nocturna, cuyas fauces rodean la puerta de entrada al elevador de la clínica.
Legado histórico
A decir de Caballero, se trata de una propuesta personal en el marco de los 500 años de la caída de México-Tenochtitlan que “nada tiene que ver con tristeza”, relató:
“Es mi propuesta para rendir homenaje a un pueblo que nos legó historia y aprendizaje, como la herbolaria o medicina tradicional, y dado que la obra está en una clínica de salud era importante resaltarlo. Quizá habrán colegas o artistas que dirigirán sus obras hacia el enfrentamiento, pero ojalá haya el mismo número de trabajos sobre el legado.”
A la vez, la obra es un homenaje implícito a uno de sus maestros, Raúl Anguiano. Con él aprendió “en los andamios” entre 1997 y 2006, y participó en su último mural para conmemorar 70 años de la fundación del Instituto Politécnico Nacional. Al enfermarse, Anguiano le encomendó la culminación de la obra:
“Me heredó pinceles y algunos materiales, mismos que quise usar para Visiones del Anáhuac y rendirle un homenaje a través de esas herencias, pues el maestro era un amante de las tradiciones mexicanas. Además, he trabajado este mural con la ayuda de dos discípulos, para ir pasando también las estafetas.”
Ambos alumnos forman parte de la Escuela Libre de Tepito (Elitep) que Caballero fundó hace casi 11 años, una labor que atribuye a la responsabilidad social de los artistas y herencia de otro de sus maestros, Daniel Manrique, fundador de Tepito Arte Acá.
–Entonces está su trabajo personal como artista, ¿pero también su compromiso social, es decir, con los jóvenes…?
–No lo había visto así, es interesante ahora que lo comenta, el punto clave es ver hacia el futuro, de ahí lo de Visiones del Anáhuac, una visión más realista, así como la revaloración de nuestras culturas prehispánicas, de la añoranza de nuestra historia, de nuestra raíz, del mestizaje, de la hermandad. Por eso fundé la Escuela de Arte al Aire Libre de Tepito, para que lejos del discurso hubiera acción.
“Y sí, es esa hermandad con los jóvenes lo que me hace seguir al tanto. ¡Si viera usted cuántos llegan en condiciones de calle! Pero me pongo en sus zapatos porque yo pude haber sido uno de ellos, yo nací en Tepito. En mi caso es dar un poco de tiempo a las personas, darles una herramienta para defenderse, esa es mi trinchera, darle la mano al otro.”
Al día de hoy, el artista tiene unos 20 alumnos, la mayoría entre 15 y 35 años, aunque también hay tres niños y una persona de 70 años. Las clases son en la calle, en la esquina de Vidal Alcocer y Circunvalación, en Tepito, y las imparte en pequeños grupos debido al covid-19.
“En noviembre del año pasado fue una pena que por el confinamiento no pudiéramos celebrar el décimo aniversario, imposible, aun así no ha decaído el ánimo y nos seguimos reuniendo con precauciones.
“También planeamos hacer, en esa esquina donde nos reunimos, un retrato de Daniel Manrique en mosaico donde se recuerde la ‘Rue Tepito’ (calle Tepito) que existe en Francia en su honor.”
–¿Cómo se abastecen de materiales? Las pinturas pueden llegar a ser costosas.
–Lo hacemos por amor al arte, no tenemos apoyo económico de nada, trabajo en una universidad al sur de la Ciudad de México (es profesor de arte en el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de México, ITESM), y mucho del material que dejan los alumnos lo he llevado a la Elitep, telas a medio pintar, pinceles, pero con aprobación de mis coordinadores, y así, conforme me llegan cosas, más las mismas de mi trabajo que voy reuniendo, va saliendo poco a poco.
–¿Cuál es el futuro del Elitep?
–Siempre he pensado en algún momento conformar una asociación civil, pero sé que requiere tiempo, gente y esfuerzo… Es un proyecto pendiente pero espero que se vaya a lograr.
“También tengo una biblioteca personal sobre libros de arte que he ido reuniendo desde hace décadas, y me encantaría que se quedara en la Elitep. Son libros de técnica, composición, historia del arte, libros muy queridos, muy escogidos y pensados, ojalá suceda pronto. Tengo mucho trabajo por hacer para que suceda.”
–¿Y a título personal?
–Tengo pensado un mural que acompañará en diálogo a Visiones del Anáhuac, ya tengo el visto bueno de la dirección de la clínica, será sobre Cuauhtémoc, y estará basado en el poema Suave patria de Ramón López Velarde. Recita entonces algunos versos:
Joven abuelo; escúchame loarte,
único héroe a la altura del arte…
“Así que buscaré hacerle justicia pictórica, será sobre un Cuauhtémoc fuerte y guerrero, y no el prisionero que suelen representar comúnmente”.








