¿Qué siente físicamente el espectador cuando vive la experiencia dancística? ¿Está consciente de sus sensaciones? ¿Sabe que su sensación influye a la del bailarín o bailarina mientras ambos están en el teatro?
Esta comunicación no verbal entre organismos es lo que más se extraña de la danza presencial; nos la recuerda el reciente libro de la bailarina Marcela Ponce Valadez, Un organismo que baila, autoetnografía sobre la relación entre la educación somática y la danza contemporánea, publicado por editorial Samsara en mayo de este año.
Mismo que tuvo su primera presentación, el 10 de junio, en la librería Jorge Cuesta, a partir de las reflexiones de la investigadora Ana Patricia Farfán, el representante de la editorial Sergio Santiago y la autora, de la cual además hubo transmisión por Facebook: https://www.facebook.com/EjadEditorial/videos/862544041309081.
Y en la segunda presentación, realizada en línea el pasado 26 de junio a través de la página del Centro Cultural Ollin Yoliztli de esa misma red social, se comentó la publicación por la maestra Clarisa Falcón, la artista de performance Laura Ríos, la danzaterapeuta Cyntia Cerón y la propia Ponce. La memoria de este evento virtual se encuentra en el siguiente enlace: https://www.facebook.com/163907928647/videos/4400127756667149.
En el recorrido de la lectura, la también coreógrafa reitera (a propósito) que las sensaciones orgánicas del bailarín y espectador son el leitmotiv en sus obras Sobre la intimidad (2011), Fatiga (2013) y Mandíbula (2017); así mismo, en la relación maestra-alumna, durante su formación en danza en México y Canadá.
Nos dice que la sensación está ligada al instante, y poder reconocerla nos lleva (con cierto cuidado) al autoconocimiento y a la autocrítica.
Ha escrito diferentes textos paralelos profundizando en el tema de las sensaciones, la percepción o escucha de las mismas (como si contempláramos el paisaje interior de nuestros propios músculos, huesos y órganos), y en sus correspondencias con la tendencia cultural. Uno de ellos se titula Problemáticas de la inclusión de la educación somática en la práctica coreográfica (2018), presentado en el Tercer Coloquio Latinoamericano de Investigación y Prácticas de la Danza, organizado entre instituciones tradicionales mexicanas, tales como el INBAL (1946), las cuales estaban modulando su paradigma ese año con la nueva perspectiva sensible (somática).
Esta noción histórica de cambio de paradigma en la educación dancística de México es narrada por Ponce en el último libro. Otro es el ensayo Atisbo de la danza periférica en la Ciudad de México (2021), seleccionado el año pasado por las direcciones de Danza, Teatro, Música y la cátedra Ingmar Bergman de la UNAM, para la compilación La necesidad de una pausa. Ensayos sobre el estado actual de las artes escénicas y la música en México, editada durante la contingencia por covid-19.
Su abordaje, desde la autoetnografía y la narración autobiográfica, sobre el cruce disciplinario entre la educación somática y la danza contemporánea, vuelve epistémica y entrañable a la reciente publicación, impulsada por el Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales (Fonca).
Y, también, nos hace ver una diferencia clara entre la danza presencial (que está volviendo a los escenarios con tiento) y la danza virtual (que continúa en plataformas en internet y redes sociales): El influjo de las sensaciones del espectador mientras contempla a un bailarín o bailarina moverse (vibrar) en el espacio escénico, es recíproco.








