Evoca al folklorista: Beatriz Zalce, el ave de René Villanueva

En el mundo del rescate y la difusión del folclor mexicano la figura del músico oaxaqueño y su grupo no tienen parangón. Desde su surgimiento en 1966, él y Los Folkloristas colmaron con su incansable labor de investigación e interpretación al país entero, y tendieron puentes con una Latinoamérica herida. Hoy su compañera Beatriz Zalce, escritora y periodista, rememora la significación del ser humano a su lado, su fuerza creativa y su compromiso social imbatible.

Imborrable será la ausencia del hombre amado, si bien su duelo fue un proceso que la amada pudo superar.

A 20 años de haber muerto por cáncer, el pintor y músico oaxaqueño René Villanueva, fundador de Los Folkloristas, es recordado por su compañera en los últimos 13 años de su vida, Beatriz Zalce de Guerriff, a quien él le apodaba La Pajartita por sus ojos de laurel.

“Creo que René nos hace falta –cuenta ella vía telefónica desde su hogar cerca del Museo Nacional de las Intervenciones, con voz dulce y pausada– por la claridad de su análisis, de su pensamiento, por la congruencia entre su decir y su actuar, por su compromiso a favor de las mejores causas de todos en México, un país por el que él luchó.

“Por otro lado, era un integrante muy entusiasta de Los Folkloristas, dedicado a la recopilación y difusión musical, con enorme disciplina de trabajo y una visión precisa de hacia dónde debía encaminarse el quehacer del grupo. Un ejemplo para la juventud”.

“La ¨Pajarita”

René Villanueva falleció el 28 de junio de 2001.

Cuando a finales de 1994 publicó Cantares de la Memoria. 25 años del grupo Los Folkloristas, alma y tradición de la música popular mexicana (Planeta, 402 páginas), reproduciéndose en la portada el acrílico sobre tela Cantores Candenches, del propio folklorista (y foto del autor por Christa Cowrie), redactó en la dedicatoria: “A Los Folkloristas / A mis hijos y mis nietos / A Beatriz: La Pajarita”.

Elena Poniatowska Amor, tía de Beatriz, concluye en la presentación del tomo (“Quena, guitarra y cantor: los cantares de René Villanueva”):

Qué bueno que el canto de La Pajarita, como él llama a Beatriz Zalce, le haya inspirado la escritura de este libro que, entre las cuerdas de las guitarras de Los Folkloristas, a través de los sonidos de sus flautas, de sus quenas, al vuelo de sus sarapes y en la línea de su fructífera trayectoria, nos asomamos a la historia de nuestro bienamado y bienfregado país.

En el más reciente libro de Beatriz Zalce, Historias del Metro (Lectorum, 2019. 211 páginas), Poniatowska la describe así:

“Desde recién nacida Beatriz fue livianita, como si no quisiera ocupar espacio de tan delgada, de pelo tirando al rojo, ademanes dulces y ojos que preguntan.”

–¿Por qué la llamaba así?

–René me decía primero “Ojitos pajaritos”…

Beatriz Zalce dulcifica aún más su tono y afirma lentamente que surgió del relato “La pajarita y la sopa”, incluido en El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano, que leyó la pareja en 1989: Estaban Onelio Jorge Cardoso con su mujer a la hora de la comida, y como su hija no quería ni probar el plato de sopa servida, la madre le pidió al papá que le contara a la niña la historia de una pajarita que por no abrir el pico y dejar de comer se iba a quedar chiquita. Lacónica, la niña opina: “Qué pajarita de mierdita”.

Incluso el apelativo –narra Beatriz–“fue algo que llamó la atención al estar René hospitalizado en urgencias de Nutrición, antes de que supiéramos que tenía cáncer de pulmón –él, que nunca fumó–, cuando decía que deseaba ver a La Pajarita… y en el hospital tardaron en entender que me llamaba y así pedía mi presencia”.

Alas del corazón

Beatriz y René se conocieron en 1988 cuando ella, hija del muralista michoacano Alfredo Zalce, estudiaba periodismo en la ENEP Acatlán, donde es catedrática:

“Allí tomaba clases con el hermano de usted –dice al reportero, en referencia al fundador de Proceso, Francisco Ponce, quien impartía en la ENEP la materia de Géneros Periodísticos–, y me dijo que iban a dar unas conferencias sobre La prensa y el 68 al cumplirse 20 años del movimiento estudiantil. El tema me interesaba muchísimo, me sentía muy involucrada y fui a la conferencia, donde además iba a estar Luis Suárez, naturalmente Elena Poniatowska, Froylán López Narváez y, como moderador, René Villanueva.   

“Yo jovencita y René un hombre mayor que nació en Oaxaca el 5 de mayo de 1933. Fuimos juntos a la marcha del 2 de octubre de 1988, después colaboramos en Artes, pero no Artes de México, sino una revista muy sencilla; él escribía sobre música, yo era correctora de estilo; ahí me dieron chance de publicar algo mío. A René le encargaron escribir acerca de lo que había ocurrido en la música del 68 al 88. Yo me ofrecí a pasarle en limpio sus textos a máquina de escribir, platicamos todo el tiempo y nos hicimos inseparables.”

(Elena Poniatowska los había presentado, conforme él expresó enfermo ya, en las grabaciones que efectuó Beatriz por el año 2001: “Mire, René, es mi sobrina. Mire qué lindos ojos tiene. ¡No te pongas roja!”.)

“A mí me deslumbró este hombre tan vital –continúa Beatriz– y con grandes inquietudes artísticas. Realmente era el personaje protagónico en el grupo Los Fol­kloristas, presentaba las piezas, tomaba la palabra con la conciencia social que siempre manifestó, y descubrí que era pintor, aunque no le interesaba darse a conocer con exposiciones.”

Su tesis en la ENEP versó sobre Los Fol­kloristas. Posteriormente concluyó Estudios Latinoamericanos en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. En 2013 recibió el Premio Nacional de Periodismo.

“Los noventa –reflexiona– fue una década convulsiva. En enero de 1994 nos impresionó el alzamiento en Chiapas, René asiste a la Convención Zapatista por invitación expresa del EZLN, nos volcamos hacia el zapatismo. Ese año muere Amparo Ochoa, en febrero, algo que nos entristeció en el alma, pues René y ella eran como hermanos. Y luego empezó la espiral de violencia que ahora está incontenible. En marzo fue el asesinato de Colosio, en septiembre el de Ruiz Massieu; era una situación inédita para los mexicanos”.

En vez de amilanarse, los dos se comprometieron más con la izquierda. René Villanueva se entregó desde 1997 y hasta el final del siglo XX a clasificar el archivo sonoro que recolectó con sus grabaciones de campo en México y América Latina, unidos los dos a proyectos de preservación cultural y a la idea de René de crear la Fonoteca Nacional. Sus 15 discos integran las colecciones de Discos Pueblo y Ediciones Pentagrama. Dice La Pajarita:

“Estaría feliz de ver que su proyecto de la Fonoteca Nacional se hizo realidad, pues él lo propuso. Pero estaría apesadumbrado y protestando porque no se le dé el lugar que merece a la salvaguarda de nuestro patrimonio cultural. Al restarle presupuesto a la Fonoteca, que de por sí ya era medio exiguo, se están poniendo en riesgo colecciones y tesoros muy importantes.”

–¿Cómo procesó usted el duelo?

–La ausencia no se va, a mí me hace falta mi compañero. Pero en cuanto al duelo, me ayudó mucho, muchísimo, el escribir sus memorias para un libro que salió en 2008, Como gotas de ámbar (Pentagrama, 261 páginas).

“Es mío, son entrevistas que le hice a René. No se trataba de repetir lo que había dicho como folklorista en Cantares de la memoria, sino presentarlo a él más en lo personal y también en lo político. René dejó Los Folkloristas en el año 2000 al enterarse de su enfermedad, le diagnosticaron cáncer de pulmón y él básicamente tocaba instrumentos de aliento. Afortunadamente pudo hacer muchas cosas más, pintó bastantes paisajes y retratos, acompañado por su incansable sobrino José Carlos Bustamante, quien estuvo muy cerca de su tío abuelo. A la par, escribió libros acerca de la música de Michoacán [Beatriz nació en Morelia], de Guerrero y de la Huasteca.”

Dos lágrimas sinceras

En el libro de sus memorias ella redacta al inicio:

René Villanueva me llenó de música, de palabras, de colores, de besos. Como gotas de ámbar es un largo “te amo” que empezamos a tejer juntos, a mediados del año 2000, cuando ya sabíamos que padecía cáncer terminal. Día tras día, a mañana tarde y noche, a lo largo de un año lo entrevisté… René pudo corregir las primeras setenta cuartillas de más de mil…

Por las últimas páginas, él se va despidiendo:

Tania Libertad, que ha sido generosísima conmigo, tenía mucha ilusión de venir a mi cumpleaños, pero no pudo porque participaba en un recital maratónico. En esas condiciones, que yo conozco y son muy difíciles, encontró la manera de comunicarse conmigo y avisarme. Esas son cosas que no se olvidan. Hablan de su finura y de su corazón.

Estuvieron Carlitos Tovar, el Popis, con un repertorio cubano y de toques de santería que no tienen igual; Los Folkloristas casi completos y tocando como nunca, como siempre; Gabino Palomares, mi compadre Rubén Ortiz, jalisciense de Mixcoac, Ernesto Anaya, el Mozart mexicano, el Negro Ojeda. Olguita Alanís, bellísima con su huipil oaxaqueño. Cada vez se vuelve más profunda nuestra amistad, nuestro cariño.

Llegaron mis paisanos de Oaxaca: Herbert Rasgado, Mario López, ellos que participaron en aquel concierto Un abrazo, René cuando me estaba muriendo… Modesto, mi hermano, Modesto López, se los trajo junto con Ramoncito Sánchez, no hay disco en el que él no tenga una intervención. Una de las participaciones más encantadoras fue la de Chucho Gil. Todos los Farías, empezando por Haydee y Enrique, estaban felices con los sones de su tierra.

Por la noche, cuando ya me había retirado a mis aposentos, llegó Jesusa Rodríguez a saludar y darme el abrazo, venía de Cuernavaca e iba de volada porque se tenía que maquillar para su función. Esas cosas las agradece uno al doble, son regalos de cariño que recibo.

El doctor Juárez se dejó venir desde Zacatecas. Llegó de amigo, estuvo de público pero al final le salió lo médico y me ordenó reposo con las piernas en alto para bajar el edema y se puso a darte indicaciones.

Me siento cansado y muy débil. Estoy bien hinchado, incluso mi cara, antes ovalada, ya es casi redonda. Me duele la cadera, no aguanto quedarme parado un momentito y camino con mucha dificultad. Extrañas esos días en que andaba como pepita en comal. Me siento frente al caballete y me paso horas pintando, oyendo música, a solas conmigo mismo, haciendo balances. Temo una recaída. La vida me ha dado todo pero tiene un límite, y camino con mucha dificultad.

Le doy gracias a mi muerte catrina por haberme dado varias oportunidades más; le doy gracias porque la muerte es el primer paso hacia los reencuentros. Ella nos reunirá, entonces sí, para siempre, Pajarita. Entretanto confía en la gente, confía en la vida en vez de temerle. (…)

Pinto un cuadro que se llama El vuelo de La Pajarita. No es un retrato. Es mi más profundo anhelo: que despliegues tus alas, que vueles hacia otros cielos, que escribas. Yo iré hacia el sol, hacia lo eterno. La muerte es parte de la vida. Me voy con la serenidad de quien ha cumplido su labor. (…) Anuncio mi muerte con ocho días de anticipación (…) Te pido el concierto número dos. Me miras, como siempre me veo en tus ojos, adivinas mi pensamiento: Los Brandenburgo de Bach. (…) Te miro con los ojos muy abiertos, te miro y me voy llenando de ti, te miro para llevarte conmigo para siempre. Tu voz mezclada con Bach, tu voz diciéndome Adiós, compañero, adiós mi René, amantísimo.

Y más adelante:

Calladamente, agradezco que Hugo Gatell, a quien tanto quiero, haga mi acta de defunción. Son las 18:15 del jueves 28 de junio del 2001. Una luz intensa. Un disparo de flash. Completas mi iconografía, eternizaste cada momento de mi vida desde que entraste a ella, y ahora los primeros momentos de la muerte… me sumerjo en el mar de tus ojos, Pajarita…

–¿Qué es lo que más extraña de René?

–A René.

“El estar escuchando su voz –acepta por último Beatriz–, en las grabaciones que le hice para Como gotas de ámbar, el estar transcribiendo, el estar editando la información, me permitió hacer más paulatina una separación que fue tajante.”