Una característica interesante de la galería Proyectos Monclova –además de contar con una mayoría de artistas mexicanos–, es la diversidad de generaciones que configuran su establo.
Desde antes de que fuera tendencia incorporar creadores mayores con jóvenes e inclusive emergentes, la galería incluyó a Eduardo Terrazas (1936) y, posteriormente, a Helen Escobedo (1934-2010) al lado de artistas como Gabriel de la Mora (1968), Édgar Orlaineta (1972), Martín Soto Climent (1977) y Néstor Jiménez (1988), entre otros.
Dedicada principalmente a la promoción de estéticas postconceptuales trabajadas en distintos medios, ahora, en su nueva sede de Polanco en la Ciudad de México (Lamartine 415), destaca con una atractiva muestra de la escultora mexicana Ángela Gurría (1929).
Considerada como una de las dos primeras mujeres que se dedicaron a la producción escultórica en México –la otra es Geles Cabrera (1926), con quien inclusive participó en el grupo GUCADIGOSE en los años setenta junto a Mathias Goeritz, Sebastián y Juan Luis Díaz–, Gurría fue ampliamente reconocida a partir de la década de los sesenta sobresaliendo con escultura monumental y pública.
En 1968 fue una de las artistas mexicanas –la otra fue Helen Escobedo– que realizó una de las 19 esculturas para configurar el importante proyecto artístico-urbano de la Ruta de la Amistad en la Ciudad de México: Señales, una pieza conformada por dos elementos, uno blanco y otro negro, de más de 30 metros de altura que representan dos medias herraduras y que se ubicó en la glorieta de San Jerónimo rumbo hacia el sur.
Compuesta aproximadamente por 10 dibujos y 44 esculturas de mediano y pequeño formatos, la muestra Ángela Gurría: Escuchar la materia, aun cuando no tiene una intención antológica, sí permite ubicar una síntesis de su trayectoria creativa de 1960 a 2011: Su dualidad entre la abstracción, la figuración, la pesadez del volumen y la agilidad de materiales cortados en planos; sus temáticas con recurrentes elementos de la naturaleza, tanto cactáceas y figuras florales como tortugas, jaguares y múltiples mariposas; sus esculturas contundentes en piedra y sus delicadas maquetas de piezas monumentales elaboradas en plata; sus relieves semiabstractos y sus metáforas figurativas de solidaridad social.
En muchas de sus obras se evidencian dos influencias, la de su maestro Germán Cueto (1893-1975) y la de Goeritz (1915-1990). Del primero, en la abundancia de formas planas y espirales que se desenredan, como en la maqueta de su famosa escultura Río Papaloapan (1970) que, en su versión monumental en metal, durante muchos años ha estado a la entrada del Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México. Del segundo, en las composiciones formales de esculturas como la Flor del desierto (1960) en aluminio y, sobre todo, en las numerosas calaveras de los años noventa que parecen haber recortado en planos los volúmenes redondeados de Göeritz.
Además de las cactáceas realizadas en hierro forjado, laminado y agresivamente seccionado en los cantos sugiriendo las espinas, una de las piezas más ambiguas es el Xipe-Totec que, con una poética infantil y lúdica, pretende ser una metáfora de la violencia social que se inició en los años noventa. Entre lo más interesante, los espléndidos dibujos o esbozos de las calaveras y algunas esculturas, que sobresalen por una mezcla de expresividad, fuerza y sutileza. Sobre todo, un pastel en tonos térreos y azules, en el que las calaveras de grandes cuencas se alteran discretamente por sus contornos recortados.








