Por las inescrutables vías de la amistad, esta columna recibió una publicación del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM1, donde la brillante investigadora Lilia Vieyra Sánchez sacó a la luz una composición musical de enorme interés histórico y artístico. Con la anuencia de la investigadora y con la noble complicidad del tenor Rogelio Marín Escutia y el pianista James Pullés Guitrón nos regocijamos de poder darle vida sonora al hallazgo que de manera tan generosa nos compartió el doctor Alejandro González Acosta, el amigo que transita, inescrutablemente, por las vías que conducen a todo aquello que vale la pena, dirigiéndolas al servicio de los interesados.
Con los agradecimientos pertinentes para estos cuatro personajes y con la certeza de acatar la responsabilidad divulgativa que nos atañe, es que damos la primicia de esta obra que bien merece salir del silencio, ya que procede de un asertivo intento por unir, mediante el arte y la cultura, a las dos naciones cuya memoria común rebosa todavía de desencuentros, incomprensiones y prejuicios.
Relata la doctora Vieyra: “La década de 1870 fue fecunda en cuanto a la presencia de peninsulares que emigraron a México y que, al regresar a su país natal, se interesaron en reivindicar la calidad cultural de la nación adoptiva”.
Uno de esos ejemplares españoles, en luminosa contraposición con las hordas de sujetos ávidos lanzados a “hacer la América”, fue el madrileño Enrique de Olavarría y Ferrari (1844-1919), pues en sus años de vida mexicana –acabó naturalizándose mexicano, casándose con mexicana y muriendo en México– se dedicó con un interés sobrehumano a recoger los testimonios de valor sobre los movimientos culturales y artísticos de nuestro país. De ahí surgieron, por ejemplo, su ciclópea Reseña histórica del teatro en México (1538-1911) –obra fundamental para el conocimiento de las artes escénicas patrias–, su magna Reseña de la sociedad mexicana de geografía y estadística, sus 18 volúmenes de Episodios históricos mexicanos, su participación para el IV tomo de la enciclopedia México a través de los siglos, su exhaustivo Arte literario en México y su notable publicación de Poesías líricas mexicanas (Madrid, 1878). Esta última tuvo una sorprendente acogida en España, al grado que suscitó el interés del eminente musicólogo, editor y compositor catalán Felipe Pedrell Sabaté (1841-1922), uno de los pilares de la musicología española, quien se aprestó a hacer una ulterior selección de poemas, publicándolos en la revista Ilustración Musical Hispano-Americana para suscitar el interés de aquellos músicos hispanos que podrían hallar inspiración en el impensable trabajo poético de los mexicanos.
Hemos de añadir que Olavarría y Ferrari no sólo recopiló aquello que consideró de mayor interés para sus compatriotas, quienes seguían considerando a sus excolonizados como seres de segunda incapaces de dominar la lengua de Castilla, sino que se acercó a diferentes vates activos para solicitarles que escribieran alguna composición específica para su libro de 1878. Uno de éstos, en total penumbra aún en nuestros días, fue el jalisciense Joaquín Gómez Vergara (1840-1894), un diplomático de carrera, ministro plenipotenciario de México en España durante el trienio de 1874 a 1877, que acomunaba su quehacer ministerial con la poesía y que publicaba sus epístolas desde la península en el periódico patrio El porvenir. Adicionalmente, Olavarría había ya abogado por los poetas mexicanos escribiendo un ensayo para la Revista de Andalucía –El arte literario en México. Apuntes para una historia de las letras españolas en América–, donde figuró su aprecio por la obra del tapatío en estos términos: “un gran poeta lírico cuyos romances vestía con el severo y majestuoso ropaje de la fabla española del siglo XIII, manejada con recomendable acierto”.
También nos compete agregar que Pedrell abogó de manera sistemática para dar a conocer a los mexicanos de mérito en su olvidadiza y racista Madre Patria. Así, en las páginas de la Ilustración Musical Hispano-Americana sus lectores pudieron enterarse de la figura y la obra de los literatos Francisco Sosa, Manuel José Othón, José María Vigil, Juan de Dios Peza e Ignacio Manuel Altamirano, y de los filarmónicos Ricardo Castro, Melesio Morales, Gustavo E. Campa y Felipe Villanueva. Todo esto para hermanar, repetimos, mediante la cultura, a España con Hispanoamérica (un esfuerzo editorial que, hay que enfatizar, no encontró en ejemplo similar en el México decimonónico para dar a conocer, sin los remilgos del resentimiento, a los españoles de valía entre nosotros).
Lo relevante del asunto es que el poema de Gómez Vergara intitulado “En el panteón” –reproducido en la revista dirigida por Pedrell– fue seleccionado por el compositor José Ribera Miró (1839-1921), un afamado creador de zarzuelas con una extensa obra sinfónica y religiosa entre las que destacan tres sinfonías “sobre motius populars catalans” y 152 piezas sacras, entre misas, himnos, motetes y graduales. En suma, un músico serio y prolífico a quien lo rodea el desconocimiento y el prejuicio de su propio pueblo…
Pero para que el interés de Ribera Miró cristalizara en los pentagramas, hubo de requerirse de la participación de otro intelectual que tuvo que traducir del español al catalán. Fue Climent Cuspinera Oller (1842-1921), otro compositor destacado, igualmente desconocido, con intereses literarios y que dominaba ambas lenguas.
Y para cerrar el círculo que llevaría a la gestación de la partitura que hoy resucitamos fue necesario el mecenazgo de Juan Bautista Pujol Riu (1835-1898), otro catalán que sufragó los costes para que su compañía editorial pudiera lanzar el tiraje que entraría en los hogares de los melómanos y músicos de la península (el ejemplar que rescató la doctora Vieyra se halla, como fascículo, en la Biblioteca Nacional de España).
Así pues, os compartimos, dilectos leedores, el poema de Gómez Vergara y os sugerimos la atenta escucha –mediante el código QR impreso– de la romanza creada a partir de él por Ribera Miró en la traducción al catalán de Pujol Riu… Y en esta cadena amistosa e inescrutable, la hermandad entre la otrora madre patria y la emancipada hija novohispana vibra con las buenas voluntades de Olavarría y Ferrari, Pedrell Sabaté, González Acosta, Vieyra Sánchez, Marín Escutia y Pullés Guitrón… Todo un conglomerado humano al que le ha correspondido disipar las tinieblas y acrecentar las luces de lo bueno que sí resultó del mestizaje… (la poesía y la música en primer término).
“En el panteón”
Llorando, un día aquí dejé a mi madre,
transido de dolor…
La tarde estaba triste, sí, ¡muy triste!
Tan triste como yo.
Las campanas doblaban a lo lejos,
y al ocultarse, el sol
doraba con sus últimos fulgores
de los sauces el fúnebre verdor.
El viento susurraba entre las hojas
con tristísimo son…
Y los ramos de flores amarillas
mi llanto marchitó.
Con ella vine… y la dejé ¡muy sola!
Y lleno de aflicción
solo tornéme, y en mi hogar desierto
me faltaron la vida y el calor.
Hoy vuelvo aquí después de muchos años,
este es el panteón;
pero esta tumba encierra otro cadáver
y rota está la cruz que clavé yo.
La piedra en que aquel nombre idolatrado
grabé con santo amor,
no ocupa ya su sitio… ¡Madre mía!
¡Madre de mi alma… Adiós!!!
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1 Se trata de la revista (an)ecdótica del periodo enero-junio de 2020. Vol. IV, núm. 1, pp. 73-91.








